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COMPRADA POR 50.000 DÓLARES El Mafioso Y La Estudiante

COMPRADA POR 50.000 DÓLARES El Mafioso Y La Estudiante

Status: En proceso
Genre:Mafia / Posesivo
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Gino Esparza es el líder mafioso más temido de la ciudad. Frío, implacable y acostumbrado a imponer su voluntad, no acepta un no por respuesta. La piedad no existe en su vocabulario… hasta que una tarde sus ojos se encuentran con los de una joven estudiante de mirada turquesa.

Candance tiene dieciocho años, una deuda que no le pertenece y un sueño que nadie le arrebatará: estudiar Finanzas en Oxford. Cuando unos usureros intentan llevársela para cobrar cincuenta mil dólares, Gino paga la deuda y la lleva a su mansión.

Ella jamás imaginó convertirse en la mujer de un mafioso tan peligroso. Él le ofrece lujos, protección y un amor tan intenso como posesivo. Pero Candance no nació para vivir encerrada ni permitirá que otro decida su destino.

Gino puede comprar su deuda, pero jamás su voluntad. ¿Tendrá Candance el valor de escapar de la jaula del hombre que podría destruirla… y al que ha comenzado a amar?

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La cena de las sombras

El reloj del vestíbulo marcó las ocho de la noche cuando escuché el timbre. El sonido me atravesó como una descarga eléctrica. Me puse de pie de un salto, con el corazón golpeándome tan fuerte que temí que se oyera en toda la casa. Gino apareció en la escalera, impecable en su traje oscuro, y se detuvo frente a mí, tomándome del mentón con firmeza.

—Recuerda cada palabra que te dije —dijo, bajando la voz hasta que solo nosotros la escuchamos—. Sonríe. Asiente. No hables más de dos palabras seguidas. Y si alguno te incomoda, no lo demuestres. Mírame a mí. Solo a mí. Porque si te veo asustada, si te veo incómoda, no me importará que estén aquí. Te sacaré de la sala y no volverás a ver la luz del sol en esta casa durante semanas. ¿Quedó claro? No me falles esta noche. Es importante para mí. Y lo que es importante para mí, debe serlo también para ti.

—No te fallaré —susurré, con la garganta seca—. Seré buena.

—Más te vale —soltó mi barbilla y abrió la puerta principal con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Caballeros, pasen. Están en su casa.

Tres hombres entraron. Altos, de miradas afiladas, hablando entre ellos con confianza que se sentía peligrosa. Me quedé de pie junto a la silla de Gino, consciente de que todos me observaban. Gino tomó mi cintura con un brazo, apretando con una presión que me hizo saber que no era un gesto de cariño, sino una advertencia pública.

—Esta es Candance —dijo, como si estuviera presentando una pieza de mobiliario—. Se queda conmigo. Si necesitan algo, pídanmelo a mí. Ella no toma decisiones. Ella solo acompaña. Siéntense.

Cené en silencio absoluto. Pasaba la comida, servía el vino, retiraba los platos cuando Gino me hacía una señal apenas visible con la cabeza. Cada vez que uno de los hombres me dirigía la palabra, miraba a Gino primero, esperando su permiso para responder. Y cada vez lo encontraba observándome, evaluando si cumplía con su estándar de invisibilidad educada. En más de una ocasión sentí que me temblaban las manos al servir, y me concentré con todas mis fuerzas en no derramar ni una gota, sabiendo que un solo error podría significar semanas encerrada sin luz ni compañía.

Pero lo peor no fue el silencio. Lo peor fueron los comentarios que creían que yo no entendía.

—Tienes buen gusto, Gino —dijo uno de ellos, un hombre mayor con cicatrices en las manos—. Joven, callada, bonita. Obediente, supongo. No se queja, no pregunta. Perfecta. Cuánto te costó? Quizás quiera una igual para mi casa.

Me helé. Miré a Gino, esperando que me defendiera, que dijera que no era mercancía, que era una persona. Pero él se rio, levantó su copa y dijo con total naturalidad:

—Incalculable. Pero si buscas una, puedo conseguirte. Hay muchas como ella que necesitan un techo y un hombre que las ponga en su lugar. No es difícil de encontrar a alguien que acepte lo que se le da con gratitud. Ella sabe quién la mantiene con vida. Eso es suficiente para mí.

Las lágrimas ardían tras mis párpados, pero bajé la cabeza rápidamente para que no las vieran. No me miró para ver si estaba bien. No se disculpó. Simplemente siguió comiendo como si no hubiera dicho algo que me destrozaba por dentro. Y en ese momento comprendí que para él no había diferencia entre lo que decía en público y lo que pensaba en privado. Que yo era un trofeo, una posesión, algo que exhibía para demostrar que tenía todo bajo control. Que mi dignidad era el precio que pagaba por su estatus ante esos hombres. Y que si alguno de ellos quisiera llevarme, probablemente solo tendría que pedirlo y él consideraría si valía la pena el intercambio. No importaba lo que yo quisiera. Nunca importó.

Cuando por fin se marcharon, me quedé de pie en el comedor vacío, recogiendo los platos con manos que no dejaban de temblar. Gino cerró la puerta y se giró hacia mí, esperando ver en mi rostro aprobación o alivio. Pero cuando vio mis ojos llenos de lágrimas que ya no podía contener, su expresión se endureció al instante.

—¿Qué tienes ahora? —preguntó, cruzándose de brazos—. Todo salió bien. No te pidieron nada. No te hicieron nada. ¿Por qué esa cara de funeral? Pareces incapaz de soportar una sola noche sin derrumbarte. Eres débil, Candance. Demasiado débil para este mundo. Y esa debilidad te hace fea.

—Me trataste como si no fuera nada —conseguí decir entre sollozos, dejando un plato sobre la mesa con temblor—. Como si pudieras regalarme, venderme, cambiarme por lo que quisieras. ¿Soy eso para ti? ¿Un objeto que muestras a tus amigos?

Se acercó a mí, paso lento, seguro de sí mismo, hasta que me tuve que recostar contra la mesa para no caer hacia atrás. Me tomó por los hombros y me sacudió levemente, con impaciencia.

—¿Y qué esperabas? ¿Que les dijera que eres la dueña de la casa? ¿Que eres mi socia? No eres nada de eso. Eres mía. Y cuando estás conmigo, reflejas lo que yo decida que eres. Si decido que eres mi silencio, callas. Si decido que eres mi adorno, te quedas ahí bonita. No te humillo. Te protejo manteniéndote pequeña. Cuanto menos importante seas ante ellos, menos probable es que alguien intente usarte para lastimarme. ¿No lo entiendes o eres tan tonta que solo ves lo que hierve tu orgullo herido?

—No quiero ser protegida así —lloré—. Prefiero que me dejes ir. Prefiero la calle a ser tratada como si no tuviera nombre.

Su agarre en mis hombros se volvió más firme, casi doloroso. Se inclinó hacia mí y su voz bajó a un susurro peligroso.

—Nunca digas eso. Nunca. Porque un día podría creerte. Y si te dejo ir, no habrá vuelta atrás. No me pidas que te pierda y luego vengas llorando a mi puerta cuando descubras que allá afuera nadie te mira como persona tampoco. Allá afuera eres presa. Aquí eres mía. Y ser mía te mantiene viva. Deja de llorar. Lávate la cara. Y agradece que soy yo quien te tiene, y no cualquiera de esos hombres que acaban de salir por esa puerta. ¿Crees que te tratarían mejor? Te destruirían en una semana. Yo al menos te dejo respirar. Te dejo leer. Te dejo mirar por la ventana. Sé que no es suficiente para tu pequeña mente soñadora, pero es todo lo que vas a obtener. Acostúmbrate a ello. Porque no cambiaré. Y tú no tienes a dónde ir. Así que elige: acepta esto que te doy o pásate la vida llorando por algo que nunca existió. Tu dolor no me conmueve. Tu obediencia sí. Y sin ella, no eres nada para mí. Nada.

Me soltó con desprecio y se marchó del comedor, dejándome sola entre los restos de la cena, con el sonido de sus pasos alejándose por el pasillo y el peso de sus palabras aplastándome el pecho. Me deslicé hasta el suelo, abrazándome a mí misma, y lloré en silencio para que no me oyera. No porque él tuviera razón, sino porque tenía razón en lo que más dolía: no tenía a dónde ir. Y lo sabía. Y él lo sabía. Y esa era su victoria completa. Que podía humillarme frente a extraños, minimizarme, tratarme como una posesión… y yo todavía tendría que despertar a la mañana siguiente en su casa, bajo sus reglas, sin nadie que me defendiera. Y lo más aterrador de todo era que empezaba a creerle que ser suya era mejor que cualquier alternativa. Y mientras creyera eso… nunca sería libre. Ni siquiera cuando la puerta estuviera abierta.

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