Un heredero, una esposa inesperada y un amor prohibido desafían un imperio.
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Capítulo 1: Un encuentro inesperado
El comienzo...
Oriana.
—¡Vamos, por favor! ¡No te estoy pidiendo que hagas un milagro, solo que me des un café!
Presioné nuevamente el botón de la máquina expendedora y esperé unos segundos. Nada. Ni una gota de café, ni siquiera un sonido que indicara que aquel aparato tenía intenciones de cooperar.
Cerré los ojos y respiré profundamente.
No podía creer que estuviera perdiendo una batalla contra una máquina.
—No me hagas esto hoy —murmuré, apoyando las manos sobre los bordes del aparato—. Llevo toda la mañana trabajando, tengo dos clases pendientes y un trabajo de pintura que entregar. Lo único que necesito es un café. ¿Es mucho pedir?
La máquina respondió con un extraño ruido metálico.
La miré con desconfianza.
—¿Eso significa que vas a funcionar?
Otro ruido.
—Perfecto. Estamos avanzando.
Volví a presionar el botón, esta vez con un poco más de fuerza. La máquina hizo un sonido parecido al de una tos y, finalmente, dejó caer el vaso de plástico.
Sonreí triunfante.
—¡Lo sabía! ¡Sabía que podías hacerlo!
Sin embargo, mi alegría duró poco. El vaso estaba vacío.
Me quedé mirándolo durante unos segundos.
—No puede ser...
—Creo que la máquina acaba de ganar la discusión.
La voz masculina a mis espaldas me hizo girar de inmediato.
Un hombre estaba de pie a unos pasos de mí, observándome con una sonrisa divertida. Era alto, de hombros anchos y vestía una camisa con las mangas ligeramente dobladas hasta los antebrazos. Llevaba unos pantalones oscuros y un reloj elegante que llamó mi atención por un instante.
Pero fueron sus ojos los que realmente me desconcertaron.
Tenía una mirada intensa, de esas que parecían detenerse demasiado tiempo en las personas.
Y estaba sonriendo.
Una sonrisa que, por alguna razón, me hizo sentir como si acabara de descubrirme haciendo algo vergonzoso.
—¿Se puede saber qué es tan gracioso? —pregunté, frunciendo el ceño.
Su sonrisa se amplió.
—Nada. Solo estaba presenciando una batalla bastante interesante.
Miré la máquina y después volví a mirarlo.
—Pues si quiere entretenerse, puede quedarse. Aunque te advierto que esta cosa no tiene ninguna intención de colaborar.
Él soltó una pequeña carcajada.
—¿Lleva mucho tiempo peleando con ella?
—Lo suficiente como para considerar seriamente denunciarla por daños psicológicos.
El hombre inclinó ligeramente la cabeza, divertido.
—Eso suena bastante grave.
—No tienes idea.
Volví a mirar el vaso vacío y suspiré.
—Además, me ha robado el dinero.
Él se acercó un poco más y observó la máquina.
—¿Ya intentó seleccionar otra opción?
—Sí.
—¿Y cambiar de botón?
Lo miré lentamente.
—¿Crees que no he pensado en eso?
Levantó ambas manos en señal de rendición.
—De acuerdo. No quería ofenderte.
—Pues lo está haciendo bastante bien.
Una sonrisa apareció en sus labios.
—Veo que tiene carácter.
—Y usted parece tener demasiado tiempo libre.
Esta vez se rio abiertamente.
No pude evitar mirarlo de reojo. Era atractivo. Mucho, de hecho. Tenía el cabello oscuro perfectamente peinado, facciones definidas y una presencia que no pasaba desapercibida. Parecía uno de esos hombres que nunca tenían que preocuparse por nada, porque siempre había alguien dispuesto a resolverles los problemas.
Probablemente pertenecía a alguna familia acomodada o era uno de esos estudiantes extranjeros que llegaban a la universidad conduciendo automóviles que costaban más que mi futuro apartamento.
Sacudí la cabeza.
No era asunto mío.
—Permítame —dijo finalmente.
—¿Qué?
—Intentaré ayudarla.
Lo observé con cierta desconfianza.
—¿Sabe cómo funciona?
—Tengo algunas habilidades.
—¿Como hablar con máquinas?
—Entre otras cosas.
Me hice a un lado, cruzándome de brazos.
—Adelante, señor experto. Le cedo el honor.
Él se colocó frente al aparato, introdujo unas monedas y presionó una de las opciones. Esperó unos segundos y golpeó suavemente el costado de la máquina.
El café comenzó a caer.
Lo miré sorprendida.
—¡¿Cómo hizo eso?!
Él se encogió de hombros, como si acabara de realizar algo completamente insignificante.
—Paciencia.
—No me digas que todo este tiempo lo único que necesitaba era paciencia.
—Y quizás un pequeño golpe.
—¡Eso intenté!
—Tal vez no con suficiente elegancia.
Abrí la boca, indignada.
—¿Elegancia? ¿Ahora resulta que hasta para preparar café hay que tener elegancia?
Él sonrió mientras tomaba el vaso y me lo entregaba.
—Aquí tienes.
Lo recibí, procurando que nuestros dedos no se rozaran.
—Gracias.
—De nada.
Miré el café y después a él.
—Aunque debo admitir que me ha sorprendido.
—¿Por haber conseguido que una máquina funcione?
—No suelo elogiar a desconocidos.
—Entonces tendré que aprovechar este momento.
Solté una pequeña risa antes de llevarme el vaso a los labios. El café estaba caliente, justo como me gustaba.
Por fin.
6Sentí que podía recuperar la esperanza en la humanidad.
—¿Trabaja aquí? —preguntó él, señalando el delantal que llevaba puesto.
Miré mi ropa y asentí.
—Sí, también estudio aquí.
—¿Que estudias?
Sus ojos se detuvieron en mi rostro con renovado interés.
—¿Bellas Artes?
—Sí. Me especializo en pintura.
—Interesante.
—¿Y tú? —pregunté, intentando no parecer demasiado curiosa.
—Gestión Financiera.
Asintió.
—Estoy cursando mi segunda maestría.
Lo miré con sorpresa.
—¿Segunda?
—Así es.
—Vaya. Debe gustarle mucho estudiar.
Sonrió ligeramente.
—Digamos que tengo algunos asuntos pendientes antes de regresar a casa.
No pregunté cuáles eran. Apenas lo conocía y no tenía por qué interesarme en su vida.
Aunque, por alguna razón, me resultaba curioso.
—Bueno, espero que sus asuntos pendientes no incluyan pelear con máquinas expendedoras —comenté.
—Después de verte, creo que dejaré esa tarea en tus manos.
—Muy gracioso.
Él miró su reloj y luego volvió a observarme.
—Debería irme. Tengo una clase dentro de unos minutos.
—Entonces no lo entretengo más.
—Ha sido un placer.
—Igualmente.
Se quedó mirándome un instante, como si estuviera pensando en decir algo más, pero finalmente se limitó a sonreír.
Después se dio la vuelta y caminó hacia la salida de la cafetería.
Lo seguí con la mirada durante unos segundos antes de regresar a mis labores.
—¡Oriana! —escuché desde el otro extremo del mostrador.
Me giré y encontré a mi compañera de trabajo, quien me observaba con una sonrisa sospechosa.
—¿Qué?
—¿Quién era ese?
Miré hacia la puerta por donde había desaparecido.
—Un estudiante.
—¿Y cómo sabes que estudia aquí?
—Porque me lo dijo.
Ella arqueó una ceja.
—¿Y qué más te dijo?
—Nada importante.
—Ajá...
La ignoré y comencé a recoger los vasos que habían quedado sobre el mostrador.
No iba a explicarle que un desconocido había conseguido hacer funcionar una máquina que llevaba veinte minutos intentando sabotearme.
Ni tampoco que tenía una sonrisa bastante bonita.
Eso último, especialmente, prefería guardármelo.