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Mí Jefe Imposible: Pacto De Motores Y Millones

Mí Jefe Imposible: Pacto De Motores Y Millones

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / CEO / Romance de oficina / Completas
Popularitas:4.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Sinopsis
En la pista de carreras y en la sala de juntas, él es una máquina milimétrica: metódico, implacable y con un ego del tamaño de su escudería. En su oficina, es una pesadilla de recursos humanos. Convencido de que cualquier mujer que cruza su puerta solo busca terminar en su cama, despide secretarias antes de que cumplan un mes, escudándose en que ninguna tiene cerebro para los negocios ni carácter para seguirle el paso. Su familia, al borde del colapso corporativo y legal, necesita un milagro para frenar su soberbia.
Ese milagro llega desde el otro lado del Atlántico.
Heredera de un emporio estadounidense y adicta a la adrenalina de las dos ruedas, ella se niega a heredar un trono sin antes forjarse lejos de los favores familiares. La solución es un pacto entre patriarcas: infiltrarla como su nueva asistente ejecutiva bajo una armadura infalible de trajes holgados, gafas pesadas y una indiferencia que desarma cualquier táctica de seducción.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9: Etiqueta de trinchera

A las seis de la tarde del jueves, el departamento de ciberseguridad en el subsótano dos parecía el camerino clandestino de una comedia de espionaje.

Chloe Bennett estaba atragantándose con una lata de refresco dietético mientras observaba a Gabriela frente al reflejo de una torre de servidores apagada.

—Dime que no vas a ir a un dos estrellas Michelin vestida como la viuda de un embajador prusiano, Gaby —suplicó Chloe, limpiándose las lágrimas de la risa con la manga de la sudadera—. Por favor, te lo ruego. Hay límites para el terrorismo textil.

Gabriela se ajustó los puños de la prenda con una tranquilidad quirúrgica.

El atuendo elegido era una obra maestra del camuflaje de alta gama: un vestido largo de crepé de lana en azul noche, cerrado hasta la base de la garganta con una hilera de botones diminutos forrados en la misma tela, mangas largas hasta las muñecas y una falda recta con caída pesada que rozaba la parte superior de unos botines de piel negra con tacón cuadrado de tres centímetros. No había escote, no había aberturas en la pierna ni transparencias. Sin embargo, la confección era tan pulcra que la tela caía con una gravedad aristocrática, cubriendo las curvas de Gabriela como una mortaja de lujo.

El cabello iba recogido en un moño francés bajo, milimétrico, asegurado con horquillas invisibles. Las gafas de carey dominaban el tercio superior de su rostro, y sobre los labios solo llevaba un bálsamo transparente sin brillo.

—Es perfecto, Chloe —respondió Gabriela, guardando una tableta de titanio y una libreta de piel en un bolso de mano rígido—. Cumple con el código de vestimenta formal que exige el restaurante, no expone un solo centímetro de piel y le recuerda a Matteo Castelli que estoy ahí para auditar sus acuerdos comerciales, no para adornarle la mesa.

—Castelli va a tener una embolia en mitad del aperitivo —se rió Chloe—. ¿Y qué hay de Christian Vance? Ese tipo no es como el idiota de Marco Santoro. Vance corre en la Fórmula 1, se codea con la realeza británica y tiene fama de tener un radar para la gente de nuestra clase social. Si reconoce tu acento de la Costa Este o el corte de ese crepé, te va a desarmar en cinco minutos.

Gabriela sonrió con una frialdad afilada mientras se ponía un abrigo recto de paño oscuro:

—Que lo intente. Vance viene a regatear horas de túnel de viento. Para cuando termine de destrozarle los cálculos de sustentación trasera de su monoplaza, va a estar demasiado ocupado contando sus pérdidas como para fijarse en las marcas de mi ropa.

A las ocho y veinte de la noche, la antesala de Il Luogo di Aimo e Nadia brillaba bajo una iluminación cálida que rebotaba en maderas nobles y obras de arte contemporáneo.

Matteo Castelli esperaba de pie junto a la recepción, tamborileando los dedos sobre la caja de su reloj de titanio. Vestía un esmoquin informal sin pajarita: americana de terciopelo negro sobre una camisa blanca inmaculada con los dos primeros botones abiertos y pantalones de corte sastre que estilizaban su metro ochenta y ocho de presencia atlética. Su mandíbula afeitada y el cabello oscuro peinado con una calculada negligencia atraían las miradas de dos comensales suizas en la barra, pero Matteo no tenía ojos para el entorno.

Miraba hacia la puerta giratoria con una mezcla de anticipación sádica y una curiosidad que detestaba admitir.

Esperaba ver entrar a Gabriela con alguna prenda prestada, un vestido barato de confección rápida con el que intentara parecer una secretaria sofisticada, o tal vez con la misma lana verde musgo para montar una escena de rebeldía burocrática.

La puerta giró.

Gabriela Novak cruzó el umbral.

Matteo se detuvo a medio movimiento.

No hubo vestidos estridentes ni colores chillones. La mujer avanzaba sobre el parqué con una compostura que no pertenecía a una secretaria administrativa: la espalda perfectamente alineada, los hombros relajados pero firmes, y ese vestido azul noche que, a pesar de su severidad monástica, se movía con una fluidez densa y pesada que gritaba alta sastrería a tres kilómetros de distancia.

El contraste entre su porte altivo y las gafas pesadas de carey era un cortocircuito visual que descolocó a Matteo por completo. Se quedó mirándola mientras ella se quitaba el abrigo oscuro y se lo entregaba al guardarropa con un movimiento de muñeca tan fluido, tan natural en ese entorno de élite, que parecía haber cenado en restaurantes de etiqueta desde la cuna.

—Ocho y veintiocho, señor Castelli —dijo ella al llegar a su altura, sin mirarlo a la cara mientras abría el cierre de su bolso de mano—. El señor Vance se retrasó seis minutos en el helipuerto de Bresso debido al tráfico aéreo, pero su chófer ya cruzó Porta Garibaldi. Llegará en tres minutos.

Matteo carraspeó, intentando recuperar el control de su propia lengua:

—Novak... ¿de qué convento robó ese vestido?

Gabriela levantó la vista despacio. Detrás de los cristales gruesos, sus ojos midieron el terciopelo negro de la americana de Matteo con una indiferencia demoledora:

—Es un diseño sobrio acorde a una reunión de trabajo nocturna, señor Castelli. Si esperaba que me presentara en satén rojo con un escote hasta el ombligo para entretener a sus socios de carreras, temo que volvió a confundir a su equipo de ingeniería con el reparto de un club nocturno.

Matteo apretó la mandíbula, sintiendo esa llamarada familiar de irritación quemándole el cuello. Dio medio paso hacia ella, inclinándose hasta que su perfume a cedro y pimienta negra envolvió el espacio entre ambos:

—El problema no es que no lleve escote, Novak. El problema es que parece la institutriz de una novela rusa que vino a ejecutar una herencia.

—Considerando el estado de las finanzas de su escudería tras las multas de la FIA... ejecutar una herencia no sería una mala idea —replicó ella con una serenidad glacial.

Antes de que Matteo pudiera soltar una réplica mordaz, una carcajada profunda y cargada de un acento británico impecable resonó desde la entrada.

—¡Matteo, bastardo!

Christian Vance avanzaba hacia ellos. Treinta y cuatro años, cabello rubio ceniza cortado con precisión militar, ojos azules agudos y la constitución fibrosa y compacta de un piloto de Fórmula 1 en activo. Llevaba un traje gris marengo de tres piezas cortado en Savile Row que le sentaba como un guante, moviéndose con esa soltura perezosa y magnética de la aristocracia británica acostumbrada a ganar dentro y fuera de los circuitos.

Matteo sonrió, rompiendo la tensión para estrechar la mano de su rival y darle una palmada en el hombro:

—Llegas tarde, Vance. Creí que los pilotos de la pérfida Albión se enorgullecían de su puntualidad mecánica.

—El control aéreo de Milán es tan caótico como tu estilo de conducción en agua, amigo mío —bromeó Christian con una sonrisa torcida.

De pronto, la mirada azul de Vance se desvió hacia la figura que aguardaba medio paso detrás de Matteo.

Christian se detuvo. Sus ojos recorrieron a Gabriela de la cabeza a los pies: no con el desprecio burdo que había mostrado Marco Santoro, sino con la atención clínica de un hombre acostumbrado a detectar anomalías en décimas de segundo. Vio la tela del vestido, vio la postura de sus clavículas, vio la firmeza de su barbilla y, sobre todo, vio la forma en que ella sostenía la mirada detrás de las gafas de carey: sin timidez, sin sumisión, con la absoluta certeza de quien no le debe nada a nadie en esa sala.

Matteo hizo un gesto displicente con la mano:

—Christian, te presento a la señorita Novak. Mi asistente ejecutiva. Se encarga de las agendas y de recordarme que soy un pecador según el código administrativo.

Christian dio un paso al frente y extendió la mano derecha con una cortesía impecable, haciendo una leve inclinación de cabeza:

—Un placer absoluto, señorita Novak. Si sobrevive trabajando para este tirano más de una semana, merece un título nobiliario y una estatua en la plaza del Duomo.

Gabriela tomó la mano del británico. Su agarre fue firme, seco y seguro, sin retirar los dedos con apresuramiento:

—Señor Vance. El señor Castelli suele exagerar sus dificultades de gestión para justificar sus retrasos en el calendario. Es un honor.

Christian no soltó su mano de inmediato.

El piloto británico sintió la piel suave, tibia y cuidada de sus dedos, pero lo que realmente le congeló la sonrisa fue el inglés con el que ella había respondido: una dicción neutra, aristocrática, con ese timbre modulado característico de las academias privadas del noreste de Estados Unidos que ninguna secretaria de oficina promedio aprendía en cursos nocturnos.

Christian levantó una ceja dorada, clavando sus ojos en los cristales gruesos de Gabriela. Por debajo de las monturas de carey, captó la línea perfecta de unos pómulos altos y el destello verde de una mirada que le devolvió el escaneo con una calma imperial.

Una chispa de diversión salvaje y pura se encendió en el rostro de Vance.

Miró a Matteo de reojo. Vio al italiano con los brazos cruzados, inflando el pecho con su habitual arrogancia de macho alfa, completamente ciego a lo que tenía delante de las narices.

—Vaya, Matteo... —murmuró Christian, soltando la mano de Gabriela despacio mientras una media sonrisa enigmática curvaba sus labios—. Ahora entiendo por qué cancelaste tus compromisos del fin de semana. Nos espera una cena fascinante.

En el comedor privado del fondo, la mesa redonda de roble macizo estaba servida con vajilla de porcelana fina y copas de cristal soplado.

El sumiller acababa de servir un blanco de Friuli para los caballeros y agua con gas para Gabriela, que se había instalado en su silla con la libreta de cuero abierta y la tableta apagada junto al plato de pan.

Matteo no tardó ni diez minutos en abrir las hostilidades comerciales.

—Veinte mil euros por hora de túnel de viento, Christian —dijo Matteo, cortando un trozo de ternera lechal con parsimonia—. Y solo te cedo tres turnos nocturnos entre la una y las cinco de la mañana. Mi equipo de GT3 necesita la instalación completa el viernes para homologar el difusor de Horizonte.

Christian dejó los cubiertos sobre el plato, recostándose en el respaldo con una risa burlona:

—Veinte mil es un robo a mano armada, Castelli. En Silverstone pago catorce mil con ingenieros de pista incluidos. Además, tus tres turnos nocturnos no me sirven de nada si tus ventiladores tienen una turbulencia residual que arruina las lecturas de mi alerón delantero.

—Nuestros ventiladores operan con flujo laminar certificado por la Universidad de Bolonia —contraatacó Matteo con soberbia—. Si tu coche no genera carga en curva rápida, no culpes a mi túnel; culpa a los aerodinamicistas que contrataste en Brackley.

—El problema no son los ingenieros de Brackley, señor Vance —interrumpió una voz templada desde el otro lado de la mesa.

Ambos pilotos se giraron hacia Gabriela.

La chica no había tocado el risotto de remolacha. Tenía los codos apoyados suavemente en el borde de la mesa y las manos entrelazadas sobre su libreta.

—¿Disculpe, señorita Novak? —preguntó Christian, inclinándose hacia adelante con un interés descarado.

—Su monoplaza tiene una deficiencia estructural en el plano principal del alerón delantero —dictaminó Gabriela con una precisión matemática que cortó el aire—. Analicé la telemetría de sus vueltas de clasificación en Spa el mes pasado. En las curvas de alta velocidad, la flexión del carbono supera los ocho milímetros permitidos por la normativa técnica. El aire se desprende hacia los pontones laterales, creando un vacío que le hace perder tres décimas de segundo en el segundo sector.

Christian abrió los ojos de par en par. La sonrisa perezosa se le borró del rostro en una fracción de segundo:

—Eso es información confidencial de telemetría de mi escudería...

—Esa información está disponible para cualquiera que sepa calcular la velocidad de guiñada a partir de las imágenes de cámara lenta de la transmisión oficial y los datos públicos de velocidad punta de la FIA —respondió Gabriela, ajustándose las gafas con un movimiento mecánico—. Si usted mete su coche en nuestro túnel de viento con las especificaciones actuales, no va a encontrar el problema porque su velocidad de soplado no replica la torsión lateral de la suspensión en frenada.

Gabriela deslizó un folio impreso hacia el centro del mantel, deteniéndolo frente al plato de Christian:

—Quince mil quinientos euros por hora. Cuatro turnos de cuatro horas a partir de las once de la noche, pero únicamente si utiliza nuestro banco de rodillos dinámico para medir la deformación del chasis bajo carga combinada. Si acepta las condiciones, le ahorramos las tres décimas en Monza y el señor Castelli no tiene que escuchar sus quejas sobre la factura.

Un silencio sepulcral cayó sobre la mesa privada.

Christian Vance bajó la mirada hacia el folio. Los diagramas vectoriales, las ecuaciones de flujo y las correcciones de suspensión estaban detallados con una genialidad técnica que solo un puñado de directores de equipo en el paddock mundial dominaban.

Christian levantó la cabeza despacio. Miró a Gabriela, luego miró a Matteo —que permanecía congelado con la copa de vino a medio camino de los labios, con los ojos avellana desorbitados por el impacto— y soltó una carcajada limpia, sonora y vibrante que resonó en todo el salón.

—¡Por todos los santos! —bramó Christian, golpeando la mesa con la palma abierta—. ¡Matteo, te acaba de hacer una auditoría completa frente a tus narices!

Matteo bajó la copa con un golpe seco, con las orejas ardiendo bajo el cabello oscuro:

—Novak... ¿se puede saber cuándo preparó ese informe?

—Entre las seis y las seis y cuarto, señor Castelli, mientras usted elegía qué gemelos ponerse para impresionar al señor Vance —respondió ella sin inmutarse—. Mi deber es proteger los márgenes operativos de esta empresa. Los quince mil quinientos euros cubren los costos de electricidad y le dejan a la división de carreras un beneficio neto del veinticuatro por ciento.

Christian no podía dejar de sonreír. Miraba a Gabriela con una fascinación que ya no intentaba disimular, y luego observó a su amigo italiano con una compasión teñida de una burla despiadada.

Vance había reconocido el tono. Había reconocido el aplomo de quien está acostumbrada a manejar millones de dólares con un movimiento de pestañas. Sabía que esa mujer no era ninguna secretaria de Chicago; era un misil nuclear disfrazado de oficinista victoriana, y su mejor amigo estaba jugando con fuego creyendo que sostenía una cerilla.

—Trato hecho, señorita Novak —dijo Christian, firmando el folio con su propia pluma de oro antes de deslizarlo de vuelta hacia ella—. Firmado y cerrado. Y permítame decirle que es usted el fichaje más extraordinario que este imbécil ha hecho en toda su mediocre vida corporativa.

Gabriela recogió el papel, lo guardó en su carpeta y asintió con una cortesía milimétrica:

—Se agradece la sensatez comercial, señor Vance. Mañana a las ocho tendrá los pases de acceso técnico en su correo.

Durante el resto de la cena, Matteo apenas probó el vino.

La conversación giró en torno a los Grandes Premios, pero la mente del italiano estaba en llamas: la cercanía de Gabriela, el perfume sutil a almendras que volvía a colarse por encima del aroma a trufa y la forma descarada en que Christian la observaba cada vez que ella intervenía le estaban provocando una combustión interna insoportable.

A las once de la noche, mientras esperaban los coches en la puerta del restaurante bajo una llovizna suave, Gabriela se despidió con una inclinación protocolaria y subió al taxi que ella misma había solicitado diez minutos antes.

En cuanto las luces traseras del vehículo se perdieron por la avenida, Christian Vance se giró hacia Matteo.

El británico se metió las manos en los bolsillos del pantalón, sacudiendo la cabeza con una sonrisa que rozaba la demencia.

—Matteo, hermano... eres el hombre más afortunado y el idiota más ciego que ha pisado este continente.

Matteo frunció el ceño, cerrándose la americana de terciopelo con un tirón brusco:

—¿De qué demonios estás hablando, Christian? Es una máquina insoportable. No tiene vida, no tiene sentido del humor y se viste como si fuera su propia abuela. Lo único que rescato es que sabe de números.

Christian soltó una carcajada tan fuerte que el aparcacoches se giró a mirarlo.

—¿Que se viste como su abuela? ¿Que es fea? —Vance dio un paso hacia él, señalándolo con un dedo acusador mientras se ahogaba de la risa—. Castelli, estás acabado. No tienes la menor idea de lo que tienes sentado en esa recepción, ¿verdad?

—Tengo a una secretaria estricta que mi padre contrató para torturarme —gruñó Matteo entre dientes.

Christian entrecerró los ojos azules, brillando en una malicia competitiva que lo encendió de pies a cabeza:

—Te voy a decir exactamente lo que tienes ahí, italiano: tienes a una mujer que te está dando una paliza técnica todos los días, que no te tiene el menor miedo y que te mira como si fueras un mosquito en el parabrisas. Y te aseguro algo... antes de que termine el año, vas a estar de rodillas en esa oficina rogándole por una sola mirada sin esas malditas gafas.

Matteo soltó un bufido de desprecio absoluto, echando la cabeza hacia atrás en una risa seca y arrogante:

—¿Yo? ¿Rogándole a Novak? Estás delirando por el cambio de horario, Vance. Las mujeres caen a mis pies en dos semanas. Si no me la he llevado al ático todavía es porque me niego a tener que explicarle a mi padre por qué despedí a su contable favorita. Podría tenerla en mi cama mañana por la noche si me lo propusiera.

Christian arqueó una ceja, y su sonrisa se volvió letal:

—¿Ah, sí? ¿Te atreves a sostener esa fanfarronada con algo más que palabras vacías?

—Ponle precio a tu estupidez, Christian —desafió Matteo, con los ojos avellana encendidos en un fuego territorial y salvaje—. Lo que quieras.

Christian dio un paso al frente, bajando la voz hasta que sonó como un veredicto definitivo:

—Tu monoplaza, Matteo. Horizonte. Tu joya de fibra de carbono. El prototipo con el que planeas correr el campeonato europeo el año que viene.

Matteo se congeló en el asfalto mojado.

—¿Estás loco? Horizonte no tiene precio. Es mi coche.

—Entonces cierra la boca y admite que esa mujer te tiene contra las cuerdas —provocó Vance con una frialdad impecable—. Te apuesto mi colección de coches clásicos en Mónaco contra Horizonte a que no eres capaz de hacer que Gabriela Novak se rinda ante ti. Es más... apuesto a que el que va a terminar humillado, suplicando y de rodillas ante ella... vas a ser tú.

Matteo sintió el impacto del desafío golpeándole el orgullo con la violencia de un choque frontal a trescientos por hora. La sola idea de que alguien dudara de su poder de seducción frente a una mujer vestida de lana informe le parecía una blasfemia intolerable.

Extendió la mano derecha con una sonrisa oscura, desquiciada y letal:

—Hecho, Vance. Te vas a quedar sin garaje en Mónaco. Prepárate para ver cómo pongo a la señorita Novak a comer de mi mano antes de que empiece el verano.

Christian estrechó su mano con fuerza, sellando el pacto bajo la lluvia de Milán, con una mirada de absoluta diversión:

—Espero que no te arrepientas de esto, Castelli. Porque cuando pierdas ese coche... no te va a quedar ni el orgullo para volver a subirte a una pista.

1
Corina Galantti
otro capítulo repetido! es un garrón!
Mary Garbolino
me canso.que repitan tanto.prefiero dejar de leerla
Mary Garbolino
odio que repitan los capitulos
Corina Galantti
una pena que repitan capítulos!
Flor Perez
no puede ser que hayan repetido dos capítulos seguido, ahí les encargo porque si sigue así la novela tendré que abandonarla , ya que
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