Camila Fuentes solo quería sobrevivir: pagar sus deudas, conservar su empleo y olvidar la noche en que despertó en la suite de un desconocido.
Pero aquel desconocido era Maximiliano Alcázar, heredero de uno de los imperios empresariales más poderosos de México. Frío, arrogante y acostumbrado a conseguir todo lo que desea, Max no está dispuesto a dejar escapar a la única mujer que logró alterar su mundo.
Para mantenerlo lejos, Camila inventa un novio. La mentira, sin embargo, desata una persecución de celos, secretos y deseos imposibles de ocultar. Mientras un amor del pasado intenta recuperarla y la familia Alcázar se niega a aceptarla, Camila deberá enfrentarse también a la herida que ha cargado desde niña: la certeza de que su propia madre la abandonó porque nunca fue digna de ser amada.
Max puede ofrecerle dinero, protección y hasta su apellido. Pero para convertirla en su esposa tendrá que demostrarle algo mucho más difícil: que esta vez, cuando todos los secretos salgan a la luz, él será el hombre que decida quedarse.
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Capítulo 6
El jefe de las manos largas
—Fuentes, a mi oficina. Trae el reporte de Green.
La voz del gerente Beltrán cortó el murmullo del departamento un lunes cualquiera, y Camila sintió que a su alrededor las miradas de las compañeras se despegaban de las pantallas y volvían a ellas demasiado rápido. Se levantó, tomó la carpeta y cruzó el pasillo con la barbilla en alto, aunque por dentro ya se le había cerrado el estómago.
Llevaba semanas en Aurelle Cosmética, y en semanas había aprendido lo que a otras les costaba meses: que su inglés y su cabeza le habían ganado los encargos importantes, y que ninguno de esos méritos valía tanto como la firma que Gerardo Beltrán tenía que estampar al final del periodo de prueba para volverla de planta. Todo el poder sobre su futuro cabía en una pluma que él sostenía como quien sostiene una correa.
—Pásale, pásale, siéntate. —Beltrán cerró la puerta a su espalda, y Camila prefirió quedarse de pie—. Ándale, no seas penosa. Aquí en confianza.
Rondaba los cuarenta y cinco, tenía la corbata siempre floja y una foto de su esposa y su hija en el escritorio que no le impedía nada. Le recibió el reporte y lo hojeó sin leerlo, mirándola a ella por encima de las hojas.
—Muy bien, muy bien. Se ve que le echas ganas. —Rodeó el escritorio y se le acercó demasiado, y Camila retrocedió medio paso hasta topar con el archivero—. Tú tranquila con lo de tu planta, ¿eh? Yo te cuido. Una muchacha tan lista, tan bonita... sería un desperdicio que se me fuera. Pero esas cosas se trabajan. Se cultivan. ¿Me explico?
Le puso una mano en el brazo. Camila se quedó muy quieta, con toda la piel erizada de asco, calculando a la velocidad del rayo lo que le costaría cada reacción. Si le apartaba la mano de un manotazo, si le decía lo que se merecía, se iba a la calle esa misma tarde y con ella se iban la renta, la medicina de su abuela, la deuda. El qué dirán. La carta de recomendación que él podía negarle. Todo eso pesaba en el otro platillo de la balanza, y todo eso él lo sabía, y por eso sonreía.
—Con permiso, licenciado, tengo que entregar esto antes de las once. —Deslizó el brazo fuera de su mano, despacio, sin brusquedad, con una cortesía tan helada que por un instante a él se le borró la sonrisa—. Cualquier cosa del reporte, con gusto se la explico. Aquí. Con la puerta abierta.
Y salió antes de que él pudiera responder, con las piernas temblándole por dentro y la cara de piedra por fuera.
En su lugar, Daniela la esperaba con dos cafés de máquina y los ojos muy abiertos. Daniela Soto era de las pocas que le habían tendido la mano desde el primer día, una compañera pizpireta y buena para el chisme que, sin embargo, siempre estaba del lado correcto.
—¿Te volvió a llamar el baboso? —murmuró, tapándose la boca con el vaso—. Cami, en serio, te lo digo de buena onda. Ten mucho cuidado con ese señor.
—No es nada, Dani. Cosas del reporte.
—No te hagas. —Daniela bajó todavía más la voz, echando un ojo hacia la oficina cerrada—. Beltrán es así con todas las nuevas que están bonitas. Al año pasado corrió a una que no le quiso seguir el juego, dijo que "no daba el ancho". Y a las que sí... bueno. Se saben otras historias. Tiene agarrada la sartén por el mango, con eso de las plantas y las comisiones. Nomás no te dejes, pero tampoco lo enfrentes de a gratis. Aquí todo se paga.
—A la del año pasado ni la dejó recoger sus cosas —siguió Daniela, ya lanzada—. Y arriba nadie dijo nada, porque el señor trae comisiones y contactos. Así funciona esto, Cami. El que se queja, se va. Por eso todas nos aguantamos y hacemos como que no vemos. —Se encogió de hombros con una amargura que no le pegaba a su cara alegre—. Bienvenida a Aurelle.
Camila asintió despacio, apretando el vaso caliente entre las manos frías. No dijo nada, pero por dentro fue guardando cada palabra. La mano en el brazo. El "se cultivan". La puerta cerrada. El nombre de la muchacha del año pasado. No como quien acumula rencor, sino como quien va juntando pruebas para un día que todavía no sabía cuándo llegaría, pero que llegaría. En ese mundo el talento no bastaba; a lo mejor la memoria sí. Esa misma noche, en su cuarto, abriría una nota nueva en el celular y empezaría a anotar fechas, frases, horas. Por si acaso. Porque una nunca sabía.
—Gracias, Dani —dijo al fin, y lo dijo de verdad—. En serio.
La tarde se le fue en el reporte y en dos correos con los de fuera que le devolvieron el alma al cuerpo: ahí, escribiendo en un inglés impecable, cerrando frases que sus superiores ni entendían, Camila volvía a ser la que había sido en la universidad, la mejor de su generación, la que valía por sí misma. Por un rato se le olvidó la mano en el brazo.
Solo por un rato. Porque a media tarde, cuando pasó frente al cubículo de Beltrán a dejar unos documentos, lo oyó reírse con otro jefe de un chiste sobre "las nuevas" que le revolvió el estómago, y entendió que lo de ella no era un caso, sino una regla; que el hombre se sentía tan a salvo que ni siquiera bajaba la voz. Regresó a su lugar, respiró hondo y se prometió lo de siempre: aguantar lo justo, no un segundo más de lo necesario, y no darle jamás el gusto de verla quebrarse. Puedo sola, se dijo, mientras el reloj de la esquina de la pantalla avanzaba despacio hacia la hora de salida.
Se le olvidó hasta las siete, cuando apagó la computadora y el departamento ya estaba casi vacío. Recogió sus cosas, se colgó el bolso y caminó hacia el elevador por el pasillo en penumbra. Y ahí, recargado en la pared junto a los botones, con el saco echado al hombro, la estaba esperando Beltrán.
—Te acompaño abajo —dijo, sonriendo—. Oye, y ya en serio, deberíamos cenar un día de estos, tú y yo. Para platicar bien lo de tu planta, sin que nos anden viendo. Hay un lugarcito aquí cerca, muy discreto.
—Gracias, licenciado, pero tengo un compromiso.
—Ándale, no seas malita. Una cena. —Se despegó de la pared y le puso la mano en el hombro, esta vez sin disimulo, con el pulgar rozándole la clavícula—. Piénsalo bien. Al fin y al cabo, la que decide en el papel de tu planta soy yo, ¿o no?
El elevador se abrió con un timbrazo. Camila sintió el peso caliente de esa mano en el hombro, y el estómago se le llenó de piedras.