Tras ser traicionada por su mejor amiga y su entrenador, la prodigiosa animadora Emma es asesinada. Al renacer dos años antes, se une al equipo rival para reconstruirlo y reunir pruebas con las que desenmascarar a quienes la destruyeron.
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Capítulo 6: La primera competencia
El aire del gimnasio olía a nervios, talco y brillo de labios. Las gradas estaban llenas, el murmullo de la multitud era un rugido constante. Estábamos en la primera competición del año: el Encuentro Regional de Animación. Riverside nunca había pasado de la última posición. Nadie esperaba nada de nosotras. Y eso era nuestra mayor ventaja.
—Respiren —dije, mirando a mi equipo, formado en círculo—. No estamos aquí para vencer a nadie. Estamos aquí para demostrar de qué somos capaces. Por nosotras. No por el trofeo, no por el público, no por nadie más.
Zoe apretó los pompones azules con fuerza, asintiendo. Lucas ajustó su cinta en la cabeza. Mara sonrió, con las manos entrelazadas. Todos estaban temblando, pero no de miedo: de emoción, de determinación.
Llegó el anuncio por megafonía:
—¡A continuación, el equipo de la Preparatoria Riverside!
Caminamos hacia el centro del campo. Las miradas de todos nos seguían. Algunos susurraban, otros señalaban. Seguro que muchos se preguntaban qué hacía la famosa Emma Vance vestida de azul y blanco en lugar de rojo y dorado, los colores de Westford. Pero yo no miré a nadie más que a mi equipo.
La música empezó. El ritmo marcó nuestros latidos. Al primer movimiento, todos nos elevamos al unísono, perfectamente sincronizados. Los pasos, los giros, los saltos… cada movimiento lo habíamos repetido cientos de veces, hasta que nuestros cuerpos lo sabían sin pensar. Lucas ejecutó la voltereta que antes no podía hacer, con una precisión que hizo que el público soltara un grito de asombro. Zoe lideró el cántico con su voz potente, y todos nos unimos, formando un coro que llenó el gimnasio. Mara brilló en la figura central, suave y firme, el corazón de nuestra rutina.
Cuando terminamos, nos quedamos en la posición final, sin aliento, con el pecho alzado. Hubo un segundo de silencio… y entonces estalló el aplauso. No era un aplauso educado: era un trueno, gritos, ovaciones. Muchos se habían puesto de pie. Nos miramos entre nosotros, incrédulos. Lo habíamos hecho. Habíamos bailado como nunca, como un solo ser.
Mientras salíamos, vi a Lila de pie entre bastidores, con el rostro tenso, los puños cerrados. No aplaudió. Su mirada era fuego puro. Sabía que le habíamos desafiado. Sabía que le habíamos demostrado que Riverside ya no era débil.
Los resultados tardaron en llegar. Cuando por fin el locutor anunció los puestos, el corazón se me detuvo:
—Tercer lugar… Preparatoria Riverside.
Gritamos todos, abrazándonos, llorando, riendo. Tercer lugar. De ocho equipos. Nadie lo creía. Nadie lo esperaba. Pero lo habíamos ganado con sudor, con trabajo, con corazón.
Westford ganó el primer puesto, como era de esperar. Pero cuando subieron al podio, Lila no sonreía. Me miró desde arriba, con odio. Y yo la miré, no con odio, sino con calma, con seguridad. Sabía que no era la última vez que nos veríamos. Y sabía que, paso a paso, nos acercábamos a ellas.
Esa noche, celebramos en la casa de Zoe, con pizza y refrescos. Nadie hablaba de perder, nadie hablaba de Westford. Solo hablábamos de nosotras, de lo que habíamos logrado, de lo que venía. Mientras reían y bromeaban, saqué mi celular y vi un mensaje de número desconocido: «Disfruta este momento. Será el último». Lo borré sin temblar. No me iban a asustar. No esta vez.