Abril tiene 17 años, leucemia y una lista: aprovechar cada segundo que le queda.
Sus padres siempre trabajan, así que vive sola y se refugia estudiando en el colegio. Hasta que aparece Kael, 18, el chico que divide su tiempo entre las clases y una escuela de boxeo, con los nudillos siempre rotos y el corazón blindado.
Él cree que pelear es la única forma de no sentir. Ella le va a enseñar que vivir también duele.
Lo que Kael no sabe es que Abril se está apagando, que los dolores son cada vez más fuertes y que un día se va a desmayar frente a él.
Una historia sobre amar sabiendo que tienes fecha de vencimiento.
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Capítulo 15: Cita sin permiso
Nunca había salido del colegio con alguien sin que mi mamá supiera. Mi mamá siempre me decía que le avisara dónde iba, que no me fuera sola, que le mandara un mensaje cuando llegara. Yo siempre le hacía caso, porque me daba miedo que se preocupara y porque sabía que si me pasaba algo en la calle, nadie iba a saber dónde estaba.
Pero ese viernes Kael me dijo que fuéramos a tomar helado después del colegio, no en el kiosco del colegio, afuera, a tres cuadras, en una heladería que había abierto hace poco y que tenía helado de chirimoya. Me dijo que su hermano chico quería helado de chirimoya y que él quería comprarle uno. Me dijo si quería acompañarlo. Le dije que sí, pero que tenía que volver temprano porque tenía que tomarme la pastilla a las seis.
Salimos a las cuatro y no fuimos a la azotea. Bajamos por la escalera principal, no por la de atrás que usábamos siempre para que don Luis no nos viera, y salimos por la puerta grande. Afuera había mucho ruido, micros, autos, gente vendiendo cosas. Caminamos las tres cuadras juntos y yo iba mirando para todos lados, con miedo de que alguien del colegio nos viera y le dijera a mi mamá.
La heladería era chica, con una máquina que hacía mucho ruido y con un señor que atendía con delantal blanco. Kael pidió un helado chico de chirimoya para su hermano y uno grande para compartir, mitad chocolate y mitad vainilla, porque dijo que a mí me gustaba el chocolate y a él la vainilla y así no peleábamos. Nos sentamos en una banca afuera, que estaba un poco coja, y nos comimos el helado grande entre los dos, con dos cucharas de plástico.
El helado estaba rico, muy rico, y hacía frío para comer helado, pero igual nos lo comimos. Kael me contó que cuando era chico su mamá le hacía helado de leche con hielo, porque no tenían plata para comprar y que lo ponían en el congelador y quedaba como piedra y se lo comían igual. Me reí y le dije que mi mamá me hacía leche con plátano molido cuando era chica y que me decía que era helado también.
Mientras comíamos helado pasó una profe del colegio por la vereda y nos vio. Era la profe de historia, que es buena onda pero que cuenta todo. Nos dijo hola, ¿qué hacen por aquí? Kael le dijo que estábamos comprando helado para su hermano. La profe nos miró raro y nos dijo que tuvieran cuidado, que volvieran temprano. Le dijimos que sí.
Cuando la profe se fue, Kael me dijo ¿te da miedo que tu mamá se entere? Le dije que un poco, pero que no tanto. Le dije que lo que me daba más miedo era que me retara por no avisarle. Me dijo que le mandáramos un mensaje ahora, que le dijéramos que estábamos comprando helado y que volvíamos en media hora. Le dije que mi mamá se iba a enojar igual si le decía que estaba fuera del colegio sin permiso. Me dijo que se iba a enojar más si no le decías nada.
Le mandé un mensaje a mi mamá que decía mamá, fui a comprar helado con Kael cerca del colegio, vuelvo a las cinco y media, perdón por no avisar antes. Mi mamá me respondió a los dos minutos y me dijo Abril, me avisas antes, no después, pero vuelve con cuidado y no te mojes que está por llover. Le dije ya, mamá, gracias.
Kael me dijo viste, no se enojó tanto. Le dije que no, que mi mamá es buena onda cuando no se asusta. Nos terminamos el helado y Kael guardó el chico de chirimoya en su mochila, envuelto en una servilleta para que no se derritiera tan rápido. Me dijo que su hermano se iba a poner contento.
Caminamos de vuelta al colegio para tomar la micro cada uno para su casa. En el camino Kael me tomó la mano, así no más, sin preguntar, como si ya fuera normal. Yo se la tomé también y no me dio vergüenza, porque ya estábamos fuera del colegio y nadie nos conocía tanto.
Me dijo ¿te gustó salir? Le dije que sí, que me gustó porque era como si fuéramos normales, como si no tuviéramos que escondernos en la azotea. Me dijo que a él también le gustó, que quería volver a salir, pero que la próxima íbamos a pedir permiso antes para que no nos retaran.
Me dejó en la parada y me dijo mañana a la misma hora en la azotea. Le dije mañana a la misma hora.
Llegué a mi casa y mi mamá me estaba esperando con cara de enojada a medias. Me dijo ¿por qué no me avisaste antes? Le dije que se me olvidó, que fue sin planear. Me dijo que la próxima me avise antes, que se preocupa. Le dije que sí, que perdón. Me dijo que estaba bien, pero que no lo volviera a hacer. Me abrazó y me dijo que el helado se veía rico.
Me metí a mi pieza y saqué el cuaderno de cálculo. No taché nada, pero escribí: 2 de julio, primera salida sin permiso, helado de chirimoya y de chocolate con vainilla. Y abajo escribí: mi mamá no se enojó tanto.
Guardé el cuaderno y me comí un poco más de helado que había quedado en la cuchara de plástico que me había traído. Pensé que mañana le iba a contar a don Luis que salimos y que no subimos a la azotea, para que no se preocupara.