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LA GORDITA Y SUS AMANTES

LA GORDITA Y SUS AMANTES

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Dejar escapar al amor / Romance de oficina / La mimada del jefe
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Sanfueca

Sandra Bautista tiene un plan perfecto para su vida: sobrevivir a su primer año como abogada junior en el prestigioso Bufete Galvis, beber su propio café (porque el de la oficina sabe a tiza) y evitar el romance a toda costa. ¿Por qué? Porque Sandra está convencida de que los hombres guapos solo la ven como "la amiga", "la colega" o "la roomie".
Su radar romántico está tan roto que es incapaz de notar que su supervisor, Julián García (un español encantador, impecable y peligrosamente sexy), está intentando conquistarla a toda costa. Y mucho menos se da cuenta de que Diego Sosa, su mejor amigo de la infancia y compañero de departamento (un diseñador gráfico con brazos de infarto y un corazón de oro), está celoso hasta la médula.
Entre sabotajes de oficina, mudanzas, cenas de tacos y casi-besos. Sandra tendrá que descubrir que el amor no siempre llega en el paquete que uno espera...

NovelToon tiene autorización de Sanfueca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Retiradas tácticas, malentendidos y pizza de la verdad

El fin de semana había sido un paraíso de domesticidad. Sandra y Diego habían ido al mercado, habían cocinado juntos (Diego cortando las verduras con precisión quirúrgica y Sandra revolviendo la salsa) y habían visto una maratón de películas de detectives de los noventa. Sandra llegó al Bufete Galvis el lunes por la mañana con el ánimo por las nubes, sintiéndose imparable, descansada y lista para conquistar el mundo legal.

Esa sensación de invencibilidad duró exactamente hasta las 8:45 a.m.

Sandra caminaba por el pasillo del tercer piso, sosteniendo su termo de café y revisando su agenda en el teléfono, cuando alzó la vista y se detuvo en seco.

Frente a la oficina de Julián, Valeria Montes estaba de pie. No estaba simplemente de pie; estaba inclinada sobre el escritorio de Julián, invadiendo su espacio personal con una agresividad territorial. Valeria tenía una mano apoyada en el brazo de Julián y la otra sosteniendo una taza de café que claramente no había salido de la máquina. Julián, por su parte, estaba recostado en su silla, con una expresión de educada pero firme incomodidad, mirando un punto fijo en la pared.

—...y solo digo que para el caso de los Martínez, mi enfoque sería mucho más... dinámico, Julián —decía Valeria, con una voz que intentaba serseductora,a pero sonaba a instrucciones de GPS.

—Estoy seguro de que sí, Valeria. Déjalo en mi bandeja —respondió Julián, sin moverse para no rozarla.

Sandra observó la escena desde la esquina del pasillo. Su cerebro\, que era una máquina de procesar cláusulas complejas pero un desastre absoluto en el radar romántico\, hizo el único cálculo lógico posible: *Ah. Ya pasó. La perseverancia de Valeria dio frutos. Ahora son pareja.*

Sandra no sintió mariposas en el estómago. No sintió que el mundo se derrumbaba. Lo que sintió fue un profundo y pragmático cansancio profesional.

*Si Valeria ya tiene el control de la torre de vigilancia*\, pensó Sandra\, *yo debo retirarme a las trincheras. Si me quedo cerca de Julián\, Valeria va a empezar a tirar ácido sobre mi teclado en lugar de agua.*

Con la mente fría de un general planeando una retirada estratégica, Sandra dio media vuelta, se metió en su cubículo y se puso los auriculares. El "Protocolo de Evitación Valeria" había comenzado.

Durante los siguientes dos días, Sandra Bautista se volvió un fantasma en el Bufete Galvis.

Si Julián mandaba un correo pidiendo que llevaran los expedientes a su oficina\, Sandra respondía: *"Los dejé escaneados en la nube\, Julián. Que los disfrutes"*. Si Julián iba a la cafetería y se acercaba a ella\, Sandra de repente recordaba que tenía que ir al baño\, o que necesitaba hablar con él de contabilidad\, o que había visto una cucaracha y debía evacuar el área.

Julián García, que estaba acostumbrado a que la gente lo buscara, no sabía qué hacer con una mujer que lo esquivaba como si él fuera un agente de ventas de timesharing.

El miércoles por la tarde, la paciencia del socio junior de Madrid se agotó.

Sandra estaba en la sala de archivos del sótano, un lugar polvoriento y lleno de cajas donde sabía que nadie la molestaría, intentando encontrar un precedente legal de 2014. Estaba de rodillas, soplando el polvo de una carpeta, cuando la puerta se abrió.

—Sabía que te escondías aquí —dijo la voz de Julián, resonando entre los estantes de metal.

Sandra se golpeó la cabeza contra el estante inferior con un *¡Pum!* sordo.

—¡Maldita sea! —murmuró, frotándose el cráneo mientras se ponía de pie y se sacudía el polvo de la falda.

Julián estaba apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados. No parecía enfadado, pero sus ojos color miel la escrutaban con una intensidad que la hizo querer esconderse detrás de una caja de expedientes de quiebras.

—Julián. Hola. ¿Buscas algún precedente? Porque te advierto que el de 2014 es un aburrimiento mortal —dijo Sandra, intentando sonar casual y fallando miserablemente.

—No busco precedentes, Sandra. Te busco a ti —dijo él, dando un paso hacia adentro de la sala y cerrando la puerta a su espalda. El clic de la cerradura sonó sospechosamente definitivo—. Llevas dos díasevitándome.. Si te pido un café, te da diarrea súbita. Si te pregunto por los expedientes, me mandas un correo con viñetas y negritas como si fueras un manual de IKEA. ¿Qué hice mal?

Sandra parpadeó, sorprendida por la franqueza. Dejó la carpeta en el estante y lo miró. No había razón para mentirle; Julián era su supervisor y, además, un tipo razonable.

—No hiciste nada mal, Julián —dijo ella, suspirando y apoyándose en una caja—. Solo estoy... ajustando mi dinámica de oficina.

—¿Ajustando tu dinámica? —repitió él, arqueando una ceja.

—Sí. Mira, sé que tú y Valeria... ya son un tema —dijo Sandra, haciendo un gesto vago con la mano—. La vi el lunes en tu oficina. Estaba muy... cerca de ti. Y te llevaba café. Así que asumo que la relación ya es oficial.

Julián la miró en silencio. Parpadeó una vez. Dos veces.

—¿Que Valeria y yo... somos un tema? ¿Una relación?

—Sí, Julián, no tienes que susurrarlo, no hay nadie más aquí —dijo Sandra, rodando los ojos—. Y está genial, de verdad. Cada uno busca lo que quiere. Pero como ella ya me tiene entre ojos por el tema profesional, y ahora es la novia del supervisor, he decidido implementar una política de cero contacto innecesario. Así evitamos que ella tenga un "accidente" con la grapadora o me borre los archivos del servidor. Te estoy haciendo un favor, y me lo hago a mí misma. Es pura logística de recursos humanos.

Julián se quedó mirándola. La expresión de su rostro pasó de la confusión a la incredulidad y, finalmente, a una sonrisa lenta, profunda y genuina que le iluminó toda la cara. Soltó una carcajada, pasando una mano por su cabello.

—Dios mío, Sandra. Eres increíble —dijo él, dando un paso más cerca de ella. El espacio entre los estantes era estrecho, y de repente Sandra fue muy consciente de lo alto que era y de lo bien que olía a madera y perfume caro—. Déjame aclararte una cosa, antes de que sigas planeando tu retirada táctica.

Julián la miró directamente a los ojos. La diversión en su rostro se suavizó, dando paso a algo más intenso, más cálido.

—Valeria Montes y yo no somos una pareja. No somos un "tema". El lunes me estaba pidiendo que la recomendara para una transferencia a la oficina de Madrid. Le dije que no. El café que tenía era de su casa, y se lo iba a tirar encima si no se alejaba de mí en tres segundos.

Sandra lo miró, procesando la información.

—¿No... no son novios?

—No soy novio de Valeria —confirmó Julián, bajando un poco la voz, dando otro medio paso. Ahora estaba lo suficientemente cerca como para que Sandra sintiera el calor de su cuerpo—. No soy novio de nadie, Sandra. Y te aseguro que la última mujer en el mundo con la que querría salir es Valeria Montes.

Sandra exhaló un suspiro de alivio tan profundo que casi se le doblaron las rodillas.

—¡Oh, gracias a Dios! —exclamó, llevándose una mano al pecho—. Me moría de pensar que iba a tener que testificar en un caso de acoso laboral o que ella me iba a poner cianuro en el refrigerador. Qué bueno que me lo aclaraste, Julián. Me quitas un peso de encima.

Julián cerró los ojos un segundo, como si rezara por paciencia. Cuando los abrió, la miró con una mezcla de ternura y frustración.

—Sandra... ¿De verdad eso es lo único que piensas? ¿Que solo me preocupan los recursos humanos?

—Bueno, también pienso que eres un excelente supervisor y que me caes muy bien —dijo ella, sonriendo con sinceridad—. Pero ya sabes, la regla de oro de la oficina: no mezclar trabajo con... bueno, con nada. Así que, ya que no eres novio de Valeria, ¡podemos volver a nuestra dinámica normal de colegas!

Julián la miró fijamente. Sabía que estaba golpeando contra un muro de ladrillos... Sandra Bautista era la mujer más inteligente que había conocido en el ámbito legal\, pero en el ámbito romántico\, era completamente impermeable. Él le estaba diciendo\, a su manera\, que estaba interesado en *ella*\, y ella lo estaba traduciendo como "mi jefe no va a demandarme".

—Claro, Sandra —dijo Julián finalmente, con una sonrisa resignada pero encantada—. Volveremos a nuestra dinámica normal de colegas. Pero te advierto... yo no me rindo tan fácil con los casos difíciles.

—Me encanta esa actitud, licenciado —rio ella, dándole una palmada en el brazo antes de agacharse de nuevo para buscar su carpeta—. Ahora, si me disculpas, tengo que encontrar este precedente antes de que Valeria venga a "ayudarme" y termine incendiando el sótano.

Julián negó con la cabeza, riendo en voz baja, y se dio la vuelta para abrir la puerta.

—Te espero en tu cubículo en diez minutos, Bautista. Vamos a revisar las cláusulas. Y esta vez, no acepto excusas.

Esa noche, el departamento de la colonia Roma olía a orégano y a queso derretido. Diego había pedido pizza, y ambos estaban sentados en el sofá, con las piernas estiradas y las cajas de cartón apoyadas en la mesa de centro.

—Así que no son novios —resumió Diego, masticando un trozo de pepperoni y mirando a Sandra de reojo.

—No, para nada —dijo Sandra, tomando un refresco—. Julián me lo aclaró hoy en el sótano. Valeria solo quería que la recomendara para ir a Madrid. Así que mi política de evitación era completamente innecesaria. Qué vergüenza.

Diego soltó una carcajada, pero por dentro, sus hombros se relajaron un centímetro. Había pasado los últimos dos días notando a Sandra de buen humor, pero esquiva, y aunque no sabía la razón exacta, saber que el español no estaba saliendo con la bruja de la oficina era una victoria.

—Bueno, al menos te ahorraste el drama —dijo Diego, tomando otro trozo de pizza—. Aunque tengo que admitir que me da un poco de pena Valeria. Imagina tener que fingir que te gusta el café aguado solo para que un tipo te haga caso.

—Valeria no finge, Diego, ella cree que es un premio —rió Sandra, apoyando la cabeza en el respaldo del sofá—. Pero en fin, tema cerrado. Julián es solo mi jefe. Un jefe muy guapo y encantador, sí, pero solo mi jefe.

Diego miró el perfil de Sandra. La luz cálida de la lámpara de la sala resaltaba sus curvas, la suavidad de su piel y la expresión tranquila de su rostro. Ella ni siquiera se daba cuenta de lo que decía. Para ella, Julián era "solo el jefe". Y Diego... bueno, Diego era "solo el roomie".

—Sí, solo el jefe —murmuró Diego, tomando unsorboo de su refresco para ocultar la sonrisa pequeña y un poco triste que se le dibujó en los labios—. Bueno, si ya terminamos con los dramas de oficina, termina tu pizza. Mañana es jueves de basura, y tengo que ir al súper a comprar el papel higiénico que se te olvidó comprar a ti.

—¡Yo compré las servilletas! —protestó Sandra, lanzándole una bolita de masa de pizza que él atrapó con la boca.

—Técnica impecable, abogada. Pero sigue siendo mi turno del súper.

Sandra sonrió, sintiendo esa calidez familiar y segura que solo Diego le daba. El Bufete Galvis podía ser una selva de tiburones, víboras y malentendidos, pero al final del día, siempre regresaba a este sofá. Siempre regresaba a Diego.

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