Ximena firmó el divorcio sin decirle a Gael que estaba embarazada.
Se fue de Ciudad de México, cambió de vida y crió sola a sus gemelos.
Cuatro años después, vuelve. Gael la reconoce de inmediato, pero lo que no espera es ver a dos niños con sus mismos ojos.
Ahora él quiere recuperar a la mujer que dejó ir.
Y también la verdad que ella le ocultó.
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Capítulo 13
Capítulo 13
—Santi, Sofi, arriba. Hoy es día de escuela.
Doña Tere los despertó a la hora exacta. Los vigiló mientras se lavaban los dientes, se peinaban y se ponían el uniforme.
Ximena se levantó media hora antes. Corrió en el jardín, se bañó y eligió un traje beige con camisa blanca. Se puso aretes de diamante pequeños y maquillaje ligero.
Frente al espejo se detuvo un segundo.
Era su primer día al frente de una empresa real. No como diseñadora detrás de una mesa, no como clienta privada, sino como la persona que tendría que responder por ventas, personal, campañas, errores y resultados.
Se abotonó el saco.
No podía fallar.
Cuando abrió la puerta, los niños salieron del cuarto.
—¡Mamá!
—Buenos días, mis amores.
Bajaron juntos. Don Ernesto ya leía el periódico en el comedor.
—Abuelo, ¿otra vez madrugaste?
—A esta edad uno duerme poquito.
—¿Quieres que venga el médico?
—No empieces.
Santi y Sofi se acercaron.
—Buenos días, bisabuelito.
—Buenos días, mis niños.
Durante el desayuno, Ximena repasó las reglas.
—¿Qué hablamos ayer?
Santi levantó los dedos.
—No hacer berrinche, comer bien, hacer lo que podamos solos, tratar bien a los niños, escuchar a la miss, no correr en pasillos...
Ximena sonrió. Su memoria era impresionante.
Los llevó personalmente al kínder. En la puerta, volvió a agacharse.
—Se cuidan entre ustedes. Hacen caso a la miss Mariana. Doña Tere viene por ustedes en la tarde.
—Yo cuido a Sofi —dijo Santi.
—Yo me cuido sola —respondió Sofi, levantando la barbilla.
Cuando Ximena se alejó, Sofi perdió la valentía. Los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Santi, dame la mano.
—Aquí estoy.
Ximena no volteó.
Si veía a Sofi llorar, no iba a poder irse.
Manejó su Audi viejo hacia Reforma Santa Fe. En la calle del kínder, lleno de camionetas de lujo, su coche parecía el más sencillo. No le importó. Había decidido llegar a Del Río Joyas como una gerente común, no como nieta de Don Ernesto.
El Audi era el mismo que había dejado años atrás en el estacionamiento de Renata. Lo mandó lavar, revisar y ajustar. En la cochera Del Río había coches mucho más caros, pero llegar con uno de ellos habría sido como ponerse un letrero en la frente.
No quería empleados obedeciendo a la nieta del dueño. Quería ver cómo trabajaban con una jefa nueva.
En el elevador de la torre, la gente entró y salió en casi todos los pisos. Ximena quedó arrinconada y pensó que la vida de oficina era más pesada de lo que muchos imaginaban.
En el piso veinticinco, una mujer de cabello corto la esperaba.
—Buenos días, directora Salcedo.
—¿Camila Rojas?
—Sí. Su oficina está por acá.
Camila era la asistente que Don Ernesto recomendó. Egresada de administración, tres años en el grupo, buena relación con todos y excelente desempeño.
Ximena la observó sin que se notara. Camisa azul claro, pantalón blanco, maquillaje discreto. Se veía ordenada, amable, de esas personas que saben escuchar antes de contestar.
La oficina era amplia, con librero, archiveros, escritorio de madera y una sala pequeña junto al ventanal.
—Mi lugar está afuera. Cualquier cosa me dice.
—Convoca junta a las diez. Gerentes y directores.
—Enseguida.
En la sala de juntas, Ximena tomó la cabecera.
—Soy Ximena Salcedo. Tal vez mi nombre no les diga mucho. Quizá conozcan otro: Vivi Salcedo.
Los ejecutivos cambiaron de expresión.
Uno de ellos, con lentes de metal y traje impecable, habló primero.
—¿Usted diseñó el collar azul que salió en Duna Jewelry?
—Sí. Hace dos años.
—Lo recuerdo. Soy Joaquín León, subdirector.
Después se presentaron todos. Ximena escuchó, preguntó por ventas, inventarios, campañas y tiendas.
No llegó imponiendo. Dejó que cada área hablara. Quería saber quién entendía su trabajo, quién repetía frases aprendidas y quién escondía problemas detrás de números bonitos.
La junta terminó a mediodía.
—¿Quiere que le traiga comida? —preguntó Camila.
—No. Sal tú tranquila. Yo bajo más tarde.
Ximena comió algo rápido en un restaurante cercano. Don Ernesto estaba en el piso treinta y dos, pero no quiso comer con él para no delatar la relación.
De vuelta en su oficina, revisó los videos que la miss Mariana le mandó por WhatsApp. Santi y Sofi jugaban con otros niños. Parecían contentos.
Respiró mejor.
A las dos, Camila tocó la puerta.
—Directora, llegaron dos ramos para usted.
—¿Dos?
Uno era de rosas lila, con tarjeta.
Que todo empiece bonito. Éxito en tu primer día. Hernán.
Ximena le escribió para agradecer.
El otro ramo era de rosas Juliet, naranja suave, sin tarjeta.
Sus favoritas.
No supo quién las mandó.
Las puso junto a la computadora y siguió trabajando.
Miró las flores varias veces durante la tarde. Hernán había firmado su ramo. No tenía por qué mandar otro. Gael conocía sus gustos mejor de lo que ella creía, pero también podía ser cualquier socio queriendo quedar bien.
Si alguien quería que supiera, habría firmado.
Al salir, puso música tranquila en el coche y manejó a casa con el atardecer de frente. Tenía hijos, trabajo, una vida que empezaba a ordenarse.
La calma se le acabó al ver a Gael en la casa Del Río.
Sofi dibujaba junto a la ventana. Gael estaba sentado en una silla pequeña, leyendo con Santi. Cuando el niño no entendía una palabra, Gael se la explicaba con paciencia.
Ximena lo miró como si viera algo imposible.
—Santi, Sofi.
Los niños corrieron a abrazarla.
—¿Se portaron bien?
—La miss dijo que sí.
Ximena los besó y luego miró a Gael.
—¿Tu empresa no trabaja hoy?
—No estaba ocupado.
Mentira, seguramente.
Don Ernesto lo invitó a cenar. Gael aceptó.
Cuando Doña Tere subió a bañar a los niños, Gael habló.
—Don Ernesto, Ximena, vine por algo importante.
—Dilo —respondió ella.
—La prueba fue manipulada. El laboratorio encontró a un empleado que alteró el resultado.
El aire de la sala cambió.
Ximena sostuvo la taza sin beber.
Sabía que ese resultado era falso, pero escucharlo en voz de Gael la obligaba a volver al punto que quería evitar: si la verdad salía, los Alcázar tendrían una puerta abierta hacia sus hijos.