Para salvar los imperios de sus familias, Elena aceptó un matrimonio arreglado desde su nacimiento con una sola condición en mente: convencer a su prometido de divorciarse al primer año. El plan era perfecto hasta el almuerzo de presentación, donde una confusión la hace creer que su futuro esposo es un anciano decrépito. Aterrorizada, escapa del salón y salta al primer taxi que encuentra en la calle, suplicándole al chofer que la lleve a Las Vegas para arruinar el acuerdo.
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Capítulo 2: El filo de la espera
Los doce meses que siguieron al anuncio de su condena se escurrieron con la velocidad cruel de la arena entre los dedos. Antonella no se permitió un solo minuto de duelo anticipado; convirtió la biblioteca universitaria y su oficina improvisada en un cuartel general donde cada noche recopilaba recortes financieros, informes de accionistas y registros de patentes del consorcio Prescott.
Si debía sentarse frente a su verdugo, lo haría conociendo el valor de cada centavo que el hombre representaba.
Sin embargo, el verdadero enigma era el propio Andrew Prescott. A diferencia de otros herederos de Manhattan, cuyos escándalos nocturnos en clubes de moda y carreras clandestinas de bólidos llenaban las columnas de chismes, Andrew era una sombra cuidadosamente resguardada. No había fotos de él en redes sociales ni entrevistas de portada. Los únicos rastros oficiales eran escuetos: graduado con honores en Oxford, cinco años mayor que ella, estratega principal en la reestructuración de las filiales automotrices y navieras de la familia en Europa, y mano derecha implacable de Arthur Prescott, el anciano patriarca conocido en Wall Street como El Lobo de Acero.
En la mente de Antonella, la imagen de Andrew Prescott cobró una forma casi caricaturesca pero aterradora: debía ser un clon miniaturizado de su abuelo. Un ejecutivo rígido, adicto al trabajo, desprovisto de humor y programado para ver el matrimonio como una simple firma ante escribano público para consolidar balances bancarios.
—Estás apretando tanto el bolígrafo que vas a perforar el escritorio —la voz suave de Bianca interrumpió sus pensamientos.
Antonella levantó la vista. Estaban en el pequeño taller de costura que Bianca había alquilado en el Soho. Entre maniquíes cubiertos de muselina y muestras de seda, Antony Harrington permanecía sentado con una taza de porcelana en equilibrio sobre la rodilla, mirándola con esos ojos perspicaces que le hacían honor a su sangre diplomática.
En ese año de angustia subterránea, algo luminoso había brotado de las cenizas: el amor entre Antony y Bianca era ahora un hecho consumado, firme y cálido. Verlos juntos, cómplices en cada gesto mínimo, era para Antonella un consuelo inmenso y, al mismo tiempo, un recordatorio doloroso de lo que a ella le estaba negado por mandato de cuna.
—No encuentro nada con qué presionarlo —admitió Antonella, dejando caer el bolígrafo con frustración—. Este hombre no tiene amantes públicas, no tiene deudas de juego, ni multas de tránsito. O es un santo, o su abuelo gasta millones al año para que los periódicos borren hasta el eco de sus pasos. Me inclino por lo segundo.
—Los hombres de esa calaña no tienen debilidades visibles porque sus debilidades son el ego y el control —afirmó Antony, dejando la taza sobre una mesa auxiliar y acercándose a ella—. No intentes chantajearlo con secretos de alcoba que no existen, Antonella. Tienes que golpearlo donde le duela a su orgullo corporativo. Dile que serás una esposa pública decorosa durante exactamente doce meses, pero que a puertas cerradas no existirá nada entre ustedes; que la cláusula de consumación o convivencia quedará nula bajo amenaza de escándalo judicial.
Bianca se arrodilló junto al sillón de Antonella y le tomó las manos.
—O mejor aún, hazle ver que un divorcio amistoso al año les devolverá la vida a los dos. Si él tiene veintisiete años y es tan brillante como dicen, tampoco querrá pasar el resto de su juventud atado a una mujer que lo detesta.
—Eso espero —murmuró Antonella, aunque un nudo helado en la boca del estómago le advertía que los hombres educados por Arthur Prescott no solían soltar jamás lo que consideraban de su propiedad.
Antony extrajo del bolsillo interior de su saco un tarjetón negro con letras doradas en relieve y lo deslizó sobre el regazo de Antonella.
—¿Qué es esto?
—Mi número privado de línea encriptada y un contacto directo con el servicio de aviación de la delegación británica —respondió Antony, con un tono en el que la cortesía habitual dejó paso a una seriedad lapidaria—. Si las cosas salen mal en ese almuerzo, si intentan encerrarte, adelantarte la boda o despojarte de tu voluntad, no discutas. Solo haz una llamada. Un vehículo de la embajada te sacará de cualquier rincón del país y te pondrá en suelo londinense antes de que tu padre termine de revisar las cámaras de seguridad.
Antonella tragó saliva. La certeza de que no estaba completamente sola le dio fuerzas para mantenerse entera.
—Gracias, Antony. De verdad.
—No me des las gracias todavía. Prefiero no tener que sacarte de contrabando como si fueras un paquete de documentos confidenciales, pero no pienso ver cómo te destrozan el alma por un capricho financiero.
El día de la graduación pasó como un relámpago deslucido. Richard y Eleanor Belmont asistieron al auditorio de la universidad vestidos con una elegancia impecable, sentados en las primeras filas. Aplaudieron cortésmente cuando Antonella subió al estrado a recibir su diploma con honores en Administración y Finanzas, se tomaron tres fotografías protocolares para la prensa social y, antes de que el último brindis de los graduados terminara de servirse, su padre se inclinó hacia su oído con una frialdad que helaba la sangre:
—Tu tiempo de juego terminó, Antonella. Mañana a la una en punto. The Gilded Cellar. La familia Prescott cerró el lugar exclusivamente para ambas delegaciones. No toleraré retrasos ni desplantes.
Esa noche, Antonella no durmió.
Se pasó las horas frente al espejo de su apartamento, midiendo cada expresión facial, cada tono de voz. Quería proyectar la seguridad inquebrantable de una socia comercial, no la sumisión de una novia sacrificada.
A las once de la mañana del día fijado, su madre envió a una asistente personal con una caja de terciopelo. Dentro había un vestido de cóctel en crepé color marfil, de líneas sobrias, cuello cerrado y espalda pulcra. Una joya de sastrería que gritaba riqueza aristocrática sin un ápice de sensualidad. El mensaje de su madre era transparente: eres una dama de sociedad, compórtate como una mercancía de primera clase.
Antonella se vistió con calma ritual. Se recogió el cabello castaño en un moño bajo y estricto, aplicó un labial carmín que le daba a su boca una firmeza casi combativa y tomó su pequeño bolso de mano, donde guardaba discretamente el documento que había redactado durante semanas: un preacuerdo confidencial de divorcio por incompatibilidad pacífica, con una cláusula de confidencialidad y renuncia mutua a bienes gananciales tras trescientos sesenta y cinco días.
A las doce y cuarenta y cinco, el sedán negro de los Belmont la dejó frente a The Gilded Cellar, un exclusivo y legendario restaurante subterráneo en el corazón del distrito financiero, conocido por ser el búnker gastronómico donde se sellaban los acuerdos más herméticos de la nación.
En la entrada, las pesadas puertas de caoba lucían el letrero de Evento Privado. Dos guardias de seguridad con trajes a medida y auriculares inclinaron la cabeza con reverencia al reconocer su apellido y le franquearon el paso hacia las escaleras que descendían al salón principal.
El aire dentro olía a madera encerada, cuero fino y flores blancas importadas. La iluminación era tenue, casi solemne, filtrada por arañas de cristal que proyectaban destellos sobre las mesas vacías. Al fondo del inmenso salón, en la mesa principal flanqueada por botellas de champagne y copas de cristal de baccarat, estaban sus padres, de pie junto a su abuelo materno, conversando en susurros nerviosos.
—Llegas a tiempo —dijo Richard Belmont en cuanto ella pisó el suelo alfombrado. Sus ojos examinaron el vestido con aprobación—. Andrew y su familia están por entrar. Respira, sonríe y no abras la boca a menos que te hagan una pregunta directa. Arthur Prescott tiene poca paciencia con las mujeres que intentan hablar de negocios.
Antonella sintió cómo la sangre le hervía en las venas ante la humillación soterrada, pero mantuvo el rostro inmóvil como una máscara de porcelana.
—No te preocupes, papá. Sé perfectamente lo que tengo que hacer.
En ese instante, las pesadas puertas de madera en lo alto de la escalera se abrieron con un chirrido sordo. El sonido de pasos acompasados bajando los peldaños resonó en la bóveda del restaurante, haciendo que el silencio en el salón fuera tan denso que parecía a punto de quebrarse.
El corazón de Antonella dio un vuelco violento contra sus costillas. Enderezó los hombros, alzó la barbilla y clavó los ojos en la escalera, esperando ver aparecer al joven y arrogante magnate corporativo con el que pensaba librar la batalla más importante de su vida.
Pero la figura que emergió de las sombras no se parecía en nada a lo que ella había imaginado.