Tania lo tenía todo: un matrimonio envidiable, una casa perfecta y un amor que creía eterno. Hasta la noche en que descubrió a su esposo cenando con otra mujer.
Cualquiera habría gritado, llorado o suplicado. Tania no hizo ninguna de las tres cosas. Sonrió, guardó silencio y empezó a planear.
Lo que nadie sabía —ni su esposo infiel, ni la amante ambiciosa, ni la familia que la subestimó— era que detrás de la esposa sumisa se escondía una mente brillante capaz de construir un imperio desde las cenizas de su propio matrimonio. Con la ayuda de su mejor amiga y de un hombre misterioso que la admiraba desde las sombras, Tania inicia una transformación silenciosa que la llevará de ama de casa humillada a la mujer más poderosa de la industria.
Pero la venganza es solo el comienzo. Secretos de familia, traiciones corporativas, enemigos implacables y un amor inesperado pondrán a prueba su frialdad legendaria a lo largo de cinco temporadas de intriga, pasión y poder.
Porque la venganza más letal no es la que se grita. Es la que se sirve en silencio.
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Capítulo 3
La puerta del dormitorio chirrió suavemente, alterando el silencio de la noche. La sombra de Diego se deslizó al interior, cada paso calculado con extrema cautela, como si el piso fuera un campo minado que pudiera estallar en cualquier momento.
No quería despertar a Tania. Estaba seguro de que su esposa dormía profundamente.
Sobre la cama, Tania yacía de espaldas a la puerta. Su respiración era acompasada, una imitación perfecta del sueño profundo. Pero detrás de los párpados cerrados, sus pupilas se movían inquietas.
Desde que escuchó el motor del auto de Diego en la entrada, se había preparado. Sabía que él entraría al cuarto en silencio, como un ladrón en su propia casa.
No porque temiera despertarla, a ella, su esposa. Sino porque quería evitar la ráfaga de preguntas que acompañaría su llegada a esas horas.
Aunque Diego le había dicho que se quedaba trabajando hasta tarde, era la primera vez que volvía tan de madrugada. Naturalmente, Tania le habría hecho preguntas.
Diego alcanzó su lado de la cama. Se movía como un bailarín torpe: se quitó el reloj con cuidado y lo depositó sin ruido sobre la mesita de noche.
Echó una mirada furtiva a la espalda de Tania y sintió alivio al comprobar que no se había despertado. Se arrastró sobre el colchón, lento, asegurándose de no perturbarla con sus movimientos.
Tania percibió el cambio de peso en el colchón y el aroma de perfume de mujer que emanaba de la ropa de su esposo. El corazón le ardió de dolor, pero no abandonó la farsa. Dejó que su respiración se volviera apenas más pesada, como si estuviera soñando.
Diego se dio la vuelta, dándole la espalda, creando una distancia entre los dos. Cerró los ojos, rogando que el sueño llegara pronto y arrastrara consigo la culpa que, en silencio, le corroía por dentro.
El silencio volvió a apoderarse de la habitación, pero para Tania, ese silencio estaba repleto de palabras que nunca se pronunciaron y secretos guardados bajo siete llaves. Siguió fingiendo que dormía, dejando que la noche transcurriera con aquella representación muda entre los dos.
* * *
El sol de la mañana trepó con pereza, filtrando su luz dorada por las rendijas de la ventana.
Tania despertó, estiró los brazos y contempló un instante a Diego, que aún dormía a su lado. La claridad enmarcaba su rostro apacible. Pero la realidad era que Diego no tenía nada de apacible.
Se levantó sin hacer ruido y fue a la cocina a cumplir su rutina de esposa ejemplar.
Afuera, el sol brillaba espléndido, pero dentro de Tania las cosas eran distintas: su corazón estaba ensombrecido por la traición recién descubierta.
Tania se puso la máscara más gruesa, ocultando la herida y la rabia detrás de una sonrisa falsa. En la cocina preparó el desayuno con movimientos mecánicos; cada tintineo de cubiertos era el compás de esa farsa.
Mientras acomodaba los platos sobre la mesa, sintió unos pasos acercándose por detrás. Un par de brazos le rodearon la cintura.
La espalda de Tania se tensó un instante, pero enseguida se obligó a relajarse. Esta actuación tiene que ser impecable, pensó.
Forzó su mejor sonrisa cuando los brazos de Diego la envolvieron y él recargó el mentón sobre su hombro derecho.
El perfume de Diego, que antes le resultaba familiar y reconfortante, ahora le oprimía el pecho: la misma fragancia que probablemente se había impregnado en la ropa de aquella mujer la noche anterior.
Contuvo la respiración un segundo, asegurándose de que ningún temblor la delatara.
—Gracias, mi amor. Eres la mejor esposa —le susurró Diego al oído; aquella voz suave que antes la derretía ahora le provocaba náuseas.
Tania soltó una risita breve que sonó completamente natural, incluso para ella misma. Se reclinó apenas hacia atrás, acomodándose en ese abrazo falso.
—Ay, Diego, con esos halagos me vas a hacer volar —cerró los ojos como si disfrutara plenamente de aquel momento fabricado.
Se giró despacio hasta quedar frente a él, lo miró con una ternura ensayada, le tomó ambas manos con delicadeza y le dio un beso rápido en la mejilla izquierda.
No le permitió saborear ese instante de dulzura. Lo condujo de inmediato a la silla.
—Come bastante, para que estés fuerte y con energía para el trabajo —le sirvió comida en el plato.
Al ver que Tania se comportaba igual que siempre, Diego le sonrió con calidez.
—Ah, se me olvidaba. ¿Por qué no están nuestras fotos en el cuarto ni en la sala? —preguntó Diego.
Era exactamente lo que Tania había estado esperando. Antes de que él preguntara, ella ya tenía preparada la respuesta perfecta.
Por eso había optado por guardar los marcos en la bodega en vez de tirarlos.
—Ah, eso... quería un cambio de ambiente. Se me ocurrió poner unos cuadros de paisajes, para darle otra energía a la casa —respondió con naturalidad.
—También quité las de la sala —agregó.
—Pero, ¿por qué todas? —Diego frunció el ceño, extrañado.
—No pasa nada, piénsalo como un cambio de aire. Además, no hace falta tenerlas colgadas para que la gente sepa que somos marido y mujer —contestó Tania, despreocupada.
—Bueno, sí, tienes razón. Haz lo que quieras con la decoración, mi amor. Como tú eres la que pasa todo el día en casa, seguro te aburres y necesitas algo diferente —dijo Diego.
Tania sonrió apenas y asintió.
—Mi amor... —llamó Diego en voz baja.
—¿Hmm? —Tania lo miró un instante.
—Resulta que hoy tenía pensado ir al pueblo. Mi mamá llamó y me pidió que fuera lo antes posible. ¿Qué te parece? —preguntó Diego.
Tania se esforzó por mantener su mejor cara. Sabía que Diego solo le preguntaba por cortesía.
—¿Y por qué tu mamá no me llamó a mí? ¿Le pasó algo malo? —el rostro de Tania se transformó en una expresión de preocupación genuina.
—No, no, gracias a Dios todo está bien. Seguramente solo me extraña —respondió Diego.
—¿No te importa si voy solo? No tardo, dos días a lo mucho —insistió.
—Está bien, no hay problema. Aunque me invitaras, no podría ir. Ya quedé con Luna para hoy.
—Justamente iba a pedirte permiso. ¿Me dejas salir? —preguntó Tania.
—Claro que sí. Tu amiga acaba de regresar del extranjero, seguro necesitan tiempo para ponerse al día.
—Un día de estos podríamos salir todos juntos. Me gustaría conocerla, hasta ahora solo sé de Luna por lo que tú me cuentas, pero nunca la he visto en persona.
—Nomás que no te vaya a meter ideas raras en la cabeza a mi esposa consentida —Diego le pellizcó la mejilla con cariño.
—Pero vas a tener que irte en taxi, ¿está bien? No puedo llevarte —añadió.
Tania no respondió de inmediato. Se quedó callada un momento, como si pensara.
Aquello puso nervioso a Diego, temeroso de que Tania lo obligara a llevarla para ver a Luna, cuando él ya tenía planes con su amante.
Continuará...