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Muestra Equivocada : Destino Perfecto

Muestra Equivocada : Destino Perfecto

Status: Terminada
Genre:Romance / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:8.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Sinopsis Corta
Valeria Sterling lo tenía todo bajo estricto control: una fortuna corporativa en ascenso, una independencia feroz tras romper con un prometido que le costó cinco años de desilusión, y la certeza de que el amor es una pésima inversión de tiempo. Para fundar su familia sin intermediarios sentimentales, viajó en secreto a una prestigiosa clínica en Suiza buscando un donante anónimo que jamás se cruzaría en su camino. Seis años después, Valeria es la reina de las finanzas y la exhausta generala de tres torbellinos idénticos: Lucas, Mateo y Emma.

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Capítulo 12: Reglas de Compromiso

—Ponte algo de ropa antes de que la señora Miller sufra una arritmia y me quede sin servicio doméstico en sábado —soltó Valeria, apartando deliberadamente los ojos del relieve de sus pectorales y de esa estúpida medialuna que parecía quemarle la retina.

—Si no recuerdo mal, tu hijo acaba de convertir mi camisa en una ofrenda de repostería —replicó Bastian sin el menor atisbo de pudor, cruzándose de brazos. El gesto solo sirvió para tensar aún más los deltoides y los bíceps de sus brazos bronceados—. A menos que tengas en mente hacerme desfilar desnudo por la Quinta Avenida, sugiero que tu hospitalidad mejore.

Valeria bufó, giró sobre sus talones y caminó a paso vivo hacia el armario de la suite de invitados. Rebuscó entre las perchas hasta dar con una prenda olvidada por su hermano Julian tras una cena de Acción de Gracias: una camiseta gris de algodón elástico con el escudo desteñido de Yale Rowing Crew.

Regresó a la sala y se la lanzó directamente a la cara. Bastian la atrapó en el aire con un reflejo impecable.

—Toma. Es lo único que hay para alguien de tu envergadura. Y da gracias de que no te obligue a ponerte una bata de baño de flores de Emma.

Bastian desdobló la prenda con dos dedos, arqueando una ceja con exquisito desdén europeo ante el logo universitario estadounidense. Se la pasó por la cabeza con un movimiento fluido.

El resultado fue catastrófico para la serenidad de Valeria.

La tela de algodón, pensada para la complexión más bien delgada y fofa de Julian, se estiró hasta el límite de sus costuras sobre los hombros macizos de Bastian, marcando con una precisión obscena cada surco de su abdomen y el corte de sus hombros. Parecía un gladiador que acababa de asaltar el vestuario de una hermandad universitaria.

—Te queda ridícula —mintió ella, tragando saliva con dificultad y dirigiéndose con paso firme hacia la mesa de roble de la cocina abierta.

—Tu lenguaje corporal dice exactamente lo contrario, Valeria —murmuró él, siguiéndola de cerca con una cadencia perezosa y segura.

Valeria sacó un bloc de notas de cuero de su maletín, desenroscó una pluma estilográfica de oro y la plantó sobre la barra de mármol con un golpe seco.

—Vamos a dejar una cosa meridianamente clara, Thorne. Hace diez minutos tus abogados intentaron desmembrar mi soberanía familiar con un documento de cien páginas. Pero aquí no mandan ni Zúrich, ni tus barcos, ni tus doscientos millones de euros en fideicomisos. Aquí mando yo.

Bastian apoyó ambas manos sobre la encimera de mármol, inclinándose hacia adelante hasta que su rostro quedó a escasos centímetros del de ella. Valeria no retrocedió, sosteniéndole la mirada gris con un fuego que Bastian encontraba cada vez más embriagador.

—Ilústrame, señorita Sterling. Redacta los términos del armisticio.

—Regla número uno —dictaminó Valeria, trazando una línea firme en el papel con el plumín de oro—: Cero tribunales. Si un solo juez, funcionario o asistente social recibe una notificación de paternidad, la tregua se rompe y moveré hasta el último centavo de mis cuentas en el extranjero para hacer que tu vida corporativa sea un infierno de auditorías federales.

—Aceptado —concedió Bastian sin pestañear—. La exposición pública destruiría el valor bursátil de ambas firmas y convertiría la infancia de mis hijos en un safari mediático. Cero jueces.

—Regla número dos: Visitas supervisadas. Exclusiva y estrictamente por mí. No te quedarás a solas con ellos en un radio superior a tres metros hasta que yo determine que no eres una amenaza para su estabilidad emocional.

Bastian dejó escapar una risa suave, grave y cargada de una sensualidad que le erizó los vellos de la nuca a Valeria. Se inclinó un milímetro más. Su aroma a cedro, limpio y masculino, envolvía el aire entre los dos.

—¿Supervisadas por ti? —susurró Bastian, clavando los ojos en sus labios carmín antes de volver a su mirada desafiante—. Qué sacrificio tan admirable, Valeria. Obligarte a pasar horas y horas a mi lado, respirando mi mismo aire, mirándome... ¿Segura de que esa regla es para proteger a los niños o es una excusa para no perderme de vista?

—Es para asegurarme de que no les enseñes a evadir impuestos antes de los ocho años —disparó ella, sintiendo cómo el calor subía por su cuello ante la descarada proximidad de su boca—. Regla número tres: Nada de lujos desmedidos ni sobornos materiales. Mateo no necesita un coche blindado teledirigido, Lucas no necesita un observatorio astronómico privado y Emma no va a recibir diamantes auténticos antes de graduarse de secundaria.

—Tienen mi sangre, Valeria. No voy a educarlos en la mediocridad.

—Los vas a educar en la realidad, que es muy distinto. Aquí las cosas se ganan, no se compran con transferencias suizas. ¿Estamos de acuerdo o rompo la hoja ahora mismo?

Bastian la miró durante varios segundos en silencio. Había una fiereza en esa mujer que desarmaba cualquier argumento lógico. No buscaba su fortuna, no buscaba un acuerdo financiero ventajoso, no buscaba nada de lo que cualquier otra persona en su círculo social exigiría a punta de pistola. Solo defendía el alma de sus hijos.

Extendió la mano derecha. Sus dedos largos y cálidos rozaron deliberadamente el dorso de los de ella al quitarle la pluma. El contacto duró apenas un instante, pero una chispa de corriente estática pareció saltar entre sus pieles.

Bastian apoyó la punta de la pluma en el bloc de notas y escribió con una caligrafía angulosa y aristocrática:

Regla número cuatro: El padre tiene derecho a una cena semanal en terreno civilizado y a un desayuno de fin de semana en este ático. Sin abogados, sin teléfonos móviles de la empresa y sin hostilidad fingida.

Valeria frunció el ceño al leer la última cláusula.

—¿Desayuno en mi casa?

—Quiero verlos despertar. Quiero saber qué comen y qué pesadillas tienen —la voz de Bastian se tornó repentinamente áspera, despojándose por una fracción de segundo de su habitual coraza de arrogancia—. Me quitaste seis años de esos desayunos, Valeria. Una mañana a la semana es una ganga y tú lo sabes.

Valeria sintió una punzada sorda de culpa en el pecho, aunque la sofocó de inmediato. Iba a replicar cuando unos pasos rápidos y rítmicos sobre el piso de madera anunciaron una interrupción.

Lucas entró a la cocina cargando un portapapeles de plástico azul y un sello de goma con tinta roja que solía usar para marcar sus libros de ciencias. Se detuvo junto a la barra, miró la camiseta de Yale de Bastian y luego subió las gafas sobre su nariz con aire solemne.

—Esa prenda tiene un coeficiente de compresión torácica excesivo —observó el pequeño, evaluando el torso de su padre biológico con ojo clínico—. Julian tiene una circunferencia pectoral de noventa y dos centímetros. La tuya supera los ciento diez. Las costuras laterales fallarán si realizas un movimiento brusco.

Bastian sofocó una carcajada y miró a su hijo con una fascinación que ya no se molestaba en esconder.

—Tomaré nota de la advertencia técnica, auditor. ¿Qué traes ahí?

—Un documento vinculante —Lucas trepó a una de las banquetas altas de la barra y colocó su portapapeles junto al bloc de notas—. Escuché gritos sobre un armisticio. En la escuela nos enseñaron que los tratados internacionales requieren ratificación de las partes afectadas.

Valeria parpadeó, entre el asombro y la exasperación.

—Lucas, esto es un asunto de adultos...

—Si el tratado involucra mi régimen de ingesta de panqueques y el acceso al telescopio de refracción, soy una parte afectada con personería jurídica —repuso el niño con total seriedad, extendiendo el dedo índice hacia la hoja de Valeria—. ¿Firmaron la cláusula de indemnización por daños a la ropa?

Bastian sonrió, una sonrisa genuina que iluminó por completo sus facciones duras. Tomó la pluma de nuevo y estampó su firma al pie del papel: un trazo firme, elegante y decidido.

—Hecho, socio. Tu madre y yo tenemos un trato preliminar.

Valeria tomó la pluma, sintiendo aún el calor de los dedos de Bastian en el metal frío, y firmó justo al lado.

En ese instante, Lucas tomó su sello de goma rojo y, con un golpe teatral en el centro exacto de la página, estampó una figura con la silueta de un dinosaurio y una palabra en mayúsculas: HOMOLOGADO.

—El contrato entra en vigor inmediatamente —dictaminó el pequeño, bajando de la banqueta con su portapapeles bajo el brazo—. Señor Thorne, si el pacto incluye una cena civilizada, le sugiero que aprenda a negociar con Emma. Ella no acepta mediaciones sin un soborno gastronómico de alta gama.

Emma apareció en el umbral de la cocina como si hubiera sido invocada por un satélite. Llevaba una estola de plumas sintéticas moradas al cuello y su mirada se clavó implacablemente en el pecho de Bastian.

—Esa camiseta es una tragedia visual, gigante —decretó la niña con un suspiro de resignación—. Pareces un profesor de gimnasia que perdió su silbato. Si nos vas a sacar a cenar hoy, exijo que te pongas un abrigo decente. Y quiero ostras.

—¿Ostras? —Valeria abrió los ojos de par en par—. Tienes seis años, Emma. Apenas toleras el pescado empanizado.

—Las princesas de Mónaco comen ostras en los yates, mamá. Lo vi en una revista de la sala de espera del dentista. Si este señor tiene tantos barcos, que demuestre que sabe pedir mariscos finos.

Bastian cruzó una mirada con Valeria. En los ojos del magnate brillaba una chispa de desafío tan ardiente como cómica.

—Ostras será —declaró Bastian, poniéndose de pie con la camiseta de Yale tensándose peligrosamente sobre sus músculos—. Esta noche a las siete en punto. Le Bernardin. Mesa privada para cinco.

Valeria se cruzó de brazos, intentando mantener una postura de autoridad mientras su corazón latía con una cadencia peligrosa.

—Le Bernardin tiene una lista de espera de seis meses, Thorne.

Bastian curvó los labios en esa media sonrisa perversa que empezaba a dinamitar cada una de las defensas de Valeria.

—Yo no espero mesas, Valeria. Las compro. Te veo a las siete. Y asegúrate de usar ese perfume de jazmín... el olor a fresas de tus hijos empieza a nublar mi juicio comercial.

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Cliente anónimo
Muy hermosa y romántica esta historia 👏👏
Flor Perez
como me gustaría que ya viniera un bebito a bordo 🤭🤭🤭🤭
Flor Perez
simplemente maravillosa 🥰🥰🥰🥰
Keyla M Borrero
😂😂😂
Flor Perez
una enorme felicitación, por tan preciosa novela tan diferente a todas las que se leen y esperemos que sigan más novelas como esta 🥰🥰🥰🥰
Maria Laura Perez: Gracias 🥰
total 1 replies
Keyla M Borrero
🔥🔥
Cliente anónimo
Me encanta el trama🥰
Cliente anónimo
Que bien Valeria 💕
Cliente anónimo
Al fin Valeria estás cayendo en los brazos de Bastian
Cliente anónimo
Parece que Valeria va entrando en razón
Flor Perez
😂😂😂😂😂😂😂
Cliente anónimo
Ya Valeria con sus inseguridades se la embarró, ahora que no se queje
Cliente anónimo
🥰que hermoso capítulo lleno de pasión, ternura y amor 👏👏👏te sobraste escritora te felicito
Flor Perez
😂😂😂😂😂😂😂😂😂
Cliente anónimo
Ya casi está lista para aceptar que está enamorada 🥰
Flor Perez
me encanta como se va desarrollando la novela , deseo que siga asi
Cliente anónimo
La trama se vuelve más interesante en cada capítulo, felicitaciones 👏👏
Cliente anónimo
Excelente novela escritora 👏👏👏
Cliente anónimo
Al fin Valeria perdió el control🤣
Cliente anónimo
Esos trillizos se pasan, les hace falta disciplina
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