En el peligroso submundo de la mafia en Nueva York e Italia, dos familias enemigas acérrimas —los Moretti y los Romano— se disputan el control del imperio.
Matteo Romano, el frío y heredero despiadado de la mafia Romano, se ve obligado a entrar en una tregua cuando conoce a Elena Moretti, la inteligente y reservada hija menor del clan enemigo.
Lo que comienza como un pacto estratégico de matrimonio de conveniencia pronto se transforma en un peligroso juego de pasión, lealtades divididas, traiciones familiares y un amor que podría salvarlos o destruirlos a todos.
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CAPÍTULO 9: EL VESTIDO Y LAS SOMBRAS
El tiempo hasta la fecha de la boda transcurrió con la precisión despiadada de un mecanismo de relojero. El exilio de Marco Moretti se ejecutó en estricto secreto. Para la opinión pública del bajo mundo y para los capitanes de las familias menores, el primogénito de los Moretti simplemente había sido enviado a Italia para gestionar las propiedades agrícolas del clan. Sin embargo, en los callejones, en las trastiendas de los clubes de jazz y en los muelles de Brooklyn, la ausencia de Marco transmitió un mensaje claro: la paz entre los Romano y los Moretti se mantendría a cualquier precio, incluso al de cortar las ramas defectuosas de la propia sangre.
Elena pasó los días siguientes recluida en la mansión de Long Island, envuelta en una vorágine de preparativos para la ceremonia. La catedral de San Patricio, en el corazón de Manhattan, había sido reservada por completo para el evento. Las floristerías más exclusivas de la ciudad trabajaban a marcha forzada para decorar la nave central con miles de rosas blancas y orquídeas importadas, mientras la escolta de Matteo supervisaba cada detalle del esquema de seguridad.
A pesar de la aparente normalidad, el ambiente en la casa Moretti era sombrío. Su madre, la Sra. Renata, caminaba por los pasillos como una sombra silenciosa, devastada por la partida repentina de su hijo mayor pero sin atreverse a cuestionar la decisión de Don Stefano. Elena, por su parte, se sumergió en una serenidad estudiada. Había aceptado su destino, no con resignación pasiva, sino con la fría determinación de quien se prepara para entrar en un territorio hostil.
La víspera del enlace, el vestidor principal de Elena en Long Island parecía la trastienda de un teatro de ópera. El vestido de novia, confeccionado en seda Mikado y encaje de Bruselas, reposaba sobre un maniquí de costura en el centro de la estancia. Dos modistas se apresuraban a realizar las últimas puntadas en la cola de la falda, mientras su madre permanecía sentada cerca de la ventana, sosteniendo un rosario entre los dedos.
—Todo está listo, signorina —anunció la diseñadora principal con una leve inclinación de cabeza—. El velo de encaje antiguo ha sido ajustado a la tiara familiar. Mañana a las diez de la mañana el coche de la escolta la recogerá en la puerta principal.
Elena miró su reflejo en el gran espejo de marco dorado. Lucía el camisón de seda que preludiaba el vestido. Su rostro pálido y sus ojos verdes reflejaban una calma engañosa.
—Gracias, signora —respondió Elena con voz suave
—. Pueden retirarse por hoy.
Cuando las modistas abandonaron la habitación cerrando la puerta con delicadeza, la Sra. Renata se levantó despacio y se acercó a su hija. Sostuvo las manos de Elena entre las suyas, sintiendo el frío leve de sus dedos.
—Mañana dejarás de ser una Moretti a los ojos del mundo, Elena —murmuró su madre, con un brillo de nostalgia contenida en la mirada—. Entrarás en la casona de los Romano como la esposa del heredero. Sé lo que piensas de este acuerdo, sé el dolor que te causó la partida de tu hermano... pero quiero que recuerdes algo.
—¿Qué, madre?
—Matteo Romano no es como su padre —dijo Renata en un susurro, mirando hacia la puerta para asegurarse de que nadie escuchara—. Vincenzo es un hombre de la vieja escuela, gobernado por la paranoia y la crueldad. Pero Matteo... Matteo tiene una visión diferente. Salvó la vida de Marco cuando pudo haberlo dejado morir en ese sótano. Protegió tu nombre cuando el escándalo pudo haberte destruido. No olvides que en este mundo, la lealtad de un hombre como él es el escudo más poderoso que podrías tener.
Elena miró a su madre en silencio. Las palabras de Renata resonaron en su interior con una extraña firmeza. Recordó el tacto de los dedos de Matteo sobre su mejilla en la oficina de la naviera, la forma en que le había prometido que estaría protegida bajo su apellido y la fijeza de su mirada oscura al pedirle que aprendiera a confiar en él.
—No sé si puedo confiar en él, madre —confesó Elena con honestidad bruta—. Pero sé que no me dejaré pisotear.
—Eso es todo lo que necesito escuchar —asintió Renata, besándole la frente con ternura—. Ahora descansa. Mañana el mundo entero estará mirando.
En Manhattan, en la planta alta del pent-house que Matteo poseía cerca de Central Park, la noche transcurría bajo una calma engañosa. A diferencia de su padre, que prefería la opulencia cargada de la casona de Brooklyn, el apartamento de Matteo era un espacio moderno, sobrio y minimalista, donde predominaban los tonos grises, el cristal y el acero.
Matteo permanecía sentado frente a su escritorio de cristal, revisando los mapas de distribución de la catedral de San Patricio y las posiciones de los francotiradores que Gabriel había desplegado en los tejados adyacentes. La seguridad para la boda era la más estricta jamás implementada en la historia de las cinco familias: trescientos hombres armados vestidos de etiqueta patrullarían los alrededores, y cada invitado pasaría por detectores de metales discretos antes de ingresar al templo.
Leo irrumpió en el estudio llevando dos copas y una botella de coñac añejo. Se dejó caer en el sofá de cuero con una expresión que combinaba el cansancio y una ligera fascinación.
—Toda la ciudad está conmocionada, hermano —dijo Leo, sirviendo el licor—. Los fiscales federales enviaron tres equipos de vigilancia con cámaras de largo alcance a los alrededores de San Patricio. Creen que va a haber un enfrentamiento durante la recepción. No pueden entender que dos clanes que se han matado durante treinta años vayan a sentarse a comer pastel juntos.
Matteo tomó la copa que su hermano le ofrecía, pero no probó el líquido.
—Que miren todo lo que quieran —dijo Matteo con voz baja y grave—. Mañana no habrá ningún tiroteo. Stefano y mi padre se encargarán de proyectar la imagen de una alianza invencible. Si los federales ven una sola grieta, usarán a los jueces para intervenir nuestras cuentas antes de que termine el mes.