Sofía Nieto reservó una habitación de hotel para entregarle su primera vez al novio con quien llevaba dos años.
Pero, en la oscuridad, terminó abrazando al hombre equivocado.
A la mañana siguiente despertó desnuda junto a Damián Godoy: un magnate diez años mayor que ella, dueño de un imperio empresarial y conocido en toda Ciudad Aurora como el Verdugo. Frío, dominante y peligrosamente poderoso, Damián estaba acostumbrado a conseguir todo lo que deseaba.
Y desde aquella noche, empezó a desearla a ella.
Sofía quiso olvidarlo y volver con su novio. Sin embargo, descubrió que él la había traicionado y acababa de casarse con la mujer que provocó el error del hotel. Como si eso no bastara, un accidente dejó a su padre al borde de la muerte y a su familia con una deuda de medio millón de pesos.
Damián pagó la deuda.
Pero no pensaba dejarla desaparecer después.
—Me debes medio millón, nena. Y pienso cobrarlo.
Sofía entra así en el mundo del hombre más temido de la ciudad: su empresa, su casa y una relación que debía terminar en cuanto la deuda quedara saldada.
Para Damián, ella solo sería un antojo pasajero.
Hasta que comenzó a ponerse celoso de cualquier hombre que la mirara.
Hasta que fue incapaz de dormir sin tenerla entre sus brazos.
Hasta que estuvo dispuesto a enfrentar a su familia, a sus enemigos y al mundo entero con tal de protegerla.
Pero Sofía no quiere cambiar una deuda por una jaula. Mientras lucha por construir una carrera, comprar su propia casa y dejar de vivir para los demás, deberá descubrir si Damián realmente la ama… o si solo desea poseerla.
Él creyó que terminaría cansándose de ella.
No sabía que aquella muchacha que entró por error en su cama acabaría convirtiéndose en su única debilidad.
En su antojo.
En su adicción más dulce.
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Capítulo 3
Capítulo 3: El novio perfecto
Se me heló la sangre.
—Kevin. —La sonrisa se me pegó a la cara con saliva—. ¡Qué bueno que te encuentro!
La del brazo era Brenda. Llevaba el pelo corto, caminaba con paso firme y tenía una energía que llenaba el pasillo. Y en cuanto vio salir a Damián detrás de mí, se cuadró como soldado.
—¡Don Damián! —chilló, servil.
Damián le barrió una mirada de hielo y ella encogió el cuello, culpable. Kevin, que no entendía nada, saludó con respeto de pueblerino frente al patrón.
—Buenos días, señor Godoy.
Damián no le devolvió el saludo. Clavó los ojos en Brenda, y su voz cayó como una guillotina:
—Brenda. La habitación. ¿Qué pasó con la habitación?
Brenda tragó saliva. Miró a Kevin, me miró a mí, y arrancó con una explicación que traía ensayada:
—Es que… la suite presidencial estaba llena, jefe. Y Kevin tenía una tarjeta de más, entonces se la presté a usted mientras… No sabía que… —Se volvió hacia nosotros, angelical—. Sofi, Kevin, ¿no pasó nada raro anoche, verdad? Digo, ustedes dos, tú y don Damián… no vaya a haber un malentendido.
Malentendido. La palabra me cayó como una piedra en el estómago.
Fui yo la que se apuró a contestar, con una sonrisa de yeso:
—¿Yo? ¿Con el señor Godoy? Nada, Kevin, te lo juro. Yo llegué anoche, te esperé hasta como las seis, no llegaste, y me fui. Hoy en la mañana vine a ver si te habías quedado por aquí, y me los topé. Qué casualidad, ¿no?
Damián me miró de reojo. Miren nada más lo bien que miente la boquita. Casi se lo oí pensar. Pero no me delató.
—Perdóname, Sofi. —Kevin se rascó la nuca, con esa cara de perro noble que se me hacía irresistible—. Me quedé viendo el partido con los cuates, se me hizo tardísimo, me dormí y hasta que amaneció desperté. ¿Cuál era la sorpresa? Se me acabó la pila, no vi tus mensajes.
—¡Ah, nada! —Me reí, falsa—. Ya ni me acordaba que era tu cumpleaños, entre tanto buscar trabajo. ¿No te enojas?
La sorpresa que preparé un mes entero. La que me costó todo el valor que tenía. Ahora fingía que ni existió.
Damián, que de tonto no tenía un pelo, armó el rompecabezas en tres frases oídas al vuelo. Y algo se le endureció en la mandíbula al entenderlo: yo era virgen. La sábana no mentía. Anoche, la primera vez de la muchacha del pasillo se la había llevado él, por un error de habitación.
No supe leerle la cara. Solo sé que, antes de irse, se detuvo junto a Brenda y le dijo, sin levantar la voz, tres palabras que sonaron a sentencia:
—Que no se repita.
Brenda se quedó temblando como gelatina.
—————
Kevin insistió en invitarme a desayunar. En la cafetería, sin que se lo pidiera, me transfirió dos mil pesos.
—No andes apurada por el trabajo. Cuando te falte, me dices. —Me acarició el pelo, con esa ternura que a mí me desarmaba—. Ándale, vente a la casa un rato. Ayer nos perdimos mi cumpleaños los dos.
Kevin era así: coach de videojuegos y streamer, con casi doscientos mil seguidores y ni una gota de ambición. Ganaba bien, gastaba en mí sin contar, y era incapaz de hacerle daño a una mosca. En primer año una novia lo engañó con su mejor amigo; desde entonces cargaba una nobleza medio rota, de esas que dan ternura y ganas de cuidarlas.
Fui a su departamento. Lo acompañé mientras dormía la desvelada, con su brazo alrededor de mí y mi cabeza dándome vueltas. Porque yo traía, pegado a la piel, el rastro de otro hombre. Y no sabía qué hacer con eso.
—————
Esa noche, ya en mi departamento, me derrumbé en la silla frente a Alondra.
Alondra Jiménez es mi roommate y lo más parecido que tengo a una hermana con cabeza fría. Estaba con los codos sobre el escritorio, subrayando un libro para su examen de posgrado, los lentes resbalándole por la nariz. Me escuchó todo sin interrumpir. Cuando terminé, se quitó los lentes despacio.
—A ver si entendí. —Su calma me daba escalofríos—. Tú le mandaste la tarjeta a Kevin. Kevin no llegó. Esa misma tarjeta acabó en manos del jefe de Brenda. Y Brenda apareció tempranito, muy oportuna, del brazo de Kevin, justo en la puerta de esa suite. —Hizo una pausa—. Sofi. ¿A ti no te suena a que te fueron a cachar?
Se me enfrió la nuca.
—No exageres, Alo. Brenda se hace la compa, dice todo de frente, no tiene cara de… de eso.
—Las que tienen cara de eso no son las peligrosas. —Se recargó en la silla—. Óyeme bien dos cosas. Una: esto que me contaste no se lo dices a Kevin ni muerta. Ni aunque te pregunte. Los hombres perdonan cualquier cosa menos su orgullo, y él te va a querer menos por una noche que ni fue tu culpa. Dos: cuídate de esa Brenda. Lo que hizo no fue un descuido.
—Pero es amiga de Kevin de toda la vida —protesté, débil—. Si algo hubiera entre ellos, ya habría pasado.
—Que Kevin la vea como cuate no quiere decir que ella lo vea igual. —Volvió a ponerse los lentes y bajó la vista al libro, dando por cerrado el tema—. Amiga de la infancia, hombre y mujer, tantos años… no me cuentes cuentos. Ponte lista, Sofi. Un día te van a bajar al novio y ni cuenta te vas a dar.
Me fui a mi cuarto con un nudo nuevo en el pecho. Uno que no tenía que ver con Damián Godoy ni con la vergüenza de la noche anterior.
Uno que se llamaba Brenda.
Y que, sin yo saberlo todavía, apenas empezaba a apretar.