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Mí Jefe Imposible: Pacto De Motores Y Millones

Mí Jefe Imposible: Pacto De Motores Y Millones

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / CEO / Romance de oficina / Completas
Popularitas:4.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Sinopsis
En la pista de carreras y en la sala de juntas, él es una máquina milimétrica: metódico, implacable y con un ego del tamaño de su escudería. En su oficina, es una pesadilla de recursos humanos. Convencido de que cualquier mujer que cruza su puerta solo busca terminar en su cama, despide secretarias antes de que cumplan un mes, escudándose en que ninguna tiene cerebro para los negocios ni carácter para seguirle el paso. Su familia, al borde del colapso corporativo y legal, necesita un milagro para frenar su soberbia.
Ese milagro llega desde el otro lado del Atlántico.
Heredera de un emporio estadounidense y adicta a la adrenalina de las dos ruedas, ella se niega a heredar un trono sin antes forjarse lejos de los favores familiares. La solución es un pacto entre patriarcas: infiltrarla como su nueva asistente ejecutiva bajo una armadura infalible de trajes holgados, gafas pesadas y una indiferencia que desarma cualquier táctica de seducción.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4: La anomalía estadística

Para el jueves por la tarde, Matteo Castelli estaba al borde de una crisis existencial que ningún simulador de Fórmula 1 podía diagnosticar.

Había puesto a prueba a Gabriela Novak con el mismo rigor sádico con el que sometía a los motores prototipo en los bancos de ensayo: la había inundado de tareas absurdas, contradictorias y temporalmente imposibles. Le exigió conciliar las facturas de proveedores de fibra de carbono de los últimos tres trimestres en menos de dos horas; ella se las entregó en una hora y cuarenta minutos, con una nota al margen señalando un fraude de cuarenta mil euros cometido por un taller de Módena que los auditores externos habían pasado por alto.

Le pidió que consiguiera una reserva inmediata para cenar en un restaurante con tres estrellas Michelin en Florencia para el viernes por la noche —un local con lista de espera de seis meses—; a los quince minutos, la confirmación estaba en su bandeja de entrada, lograda gracias a un contacto diplomático que Gabriela liquidó con un par de correos en un dialecto toscano que rozaba la perfección.

Y lo que resultaba francamente insultante: no le temblaba el pulso.

No suspiraba. No pestañeaba nerviosa cuando él se inclinaba sobre su escritorio. No se ruborizaba.

A las cuatro de la tarde, Matteo decidió pasar al ataque biológico.

Se quitó la americana de paño italiano, se desabrochó los dos botones superiores de la camisa blanca de lino y se arremangó con deliberada lentitud hasta los codos, exponiendo los antebrazos densos, cruzados por venas marcadas y una cicatriz limpia de una quemadura de escape en Monza. Era una maniobra que, según su amplia y documentada experiencia con el género femenino, reducía la capacidad de respuesta de cualquier secretaria a tartamudeos incoherentes.

Salió a la antecámara apoyándose contra el marco de la puerta de cristal, cruzando los brazos sobre el pecho con una pose de calculada indolencia.

—Novak —llamó con su voz más baja, ese registro rasposo y aterciopelado que utilizaba en las ruedas de prensa tras ganar un podio.

Gabriela no levantó la vista del teclado. El ruido de sus dedos sobre las teclas mecánicas era el único sonido en la planta cuarenta y dos.

—Dígame, señor Castelli.

—El café de las tres y media tenía un grano demasiado tostado. Me dejó una nota ácida en el paladar.

Gabriela detuvo los dedos una fracción de segundo. Levantó la cabeza despacio. Detrás de los cristales gruesos de carey, sus ojos parecían dos agujeros negros desprovistos de alma:

—El grano es exactamente el mismo que consumió el martes a las diez y el miércoles a las cuatro, señor Castelli: tueste medio de origen etíope. Si experimenta acidez estomacal a las cuatro de la tarde, se debe a que su almuerzo consistió en dos tazas de espresso y el berrinche que le hizo al director de producción por teléfono. Le sugiero un antiácido en lugar de culpar a la molienda.

Matteo tensó la mandíbula. Dio dos pasos lentos hacia el mostrador, clavando sus ojos avellana en ella con una intensidad que habría derretido el blindaje de un tanque:

—¿Siempre tiene una respuesta para todo, Novak? ¿O es que en Chicago enseñan a las secretarias a desafiar a sus jefes como parte del currículo básico?

Gabriela recorrió la camisa desabrochada de Matteo con una mirada tan clínica, rápida e indiferente que el ego del piloto sintió el impacto de un choque contra el muro de contención.

—En Chicago nos enseñan a optimizar el tiempo, señor Castelli —respondió ella, ajustándose las gafas con el dedo medio sin el menor rastro de pudor—. Y, por cierto, el dobladillo interno de su manga izquierda tiene un hilo descosido. Si busca que la gente admire sus tendones, al menos asegúrese de que la sastrería esté a la altura.

Matteo se miró el brazo izquierdo con una punzada de incredulidad salvaje. Había, en efecto, un milímetro de hilo suelto en la costura interior.

Cuando levantó la vista para fulminarla con la mirada, Gabriela ya estaba imprimiendo un fajo de hojas sin dedicarle un solo segundo más de atención.

—Me voy a la planta de servidores —anunció ella, poniéndose de pie y tomando su libreta de cuero negro—. El sistema de archivo digital tiene una latencia de cuatro segundos en la sincronización con el servidor central de Zúrich. Voy a coordinar la migración con el departamento de soporte técnico.

—Ese no es su trabajo, Novak —gruñó él, enderezándose con rigidez—. Tenemos un equipo de ingenieros de sistemas al que le pago una fortuna para que se encargue de eso.

—Su equipo de ingenieros de sistemas lleva tres semanas prometiendo una solución que no llega porque prefieren jugar videojuegos en la hora del almuerzo —replicó ella, rodeando el mostrador con sus zapatos ortopédicos y su falda informe de lana gris—. Si no resuelvo la latencia hoy, mañana el simulador de telemetría registrará un retraso en la carga de datos. Y no quiero escuchar sus gritos a las siete de la mañana.

Pasó a su lado sin rozarlo, dejando tras de sí una ráfaga de aire que olía a papel limpio y una indiferencia tan absoluta que a Matteo se le secó la boca.

En el subsótano dos de la torre Castelli, el departamento de ciberseguridad y soporte técnico era una caverna oscura iluminada únicamente por pantallas azules y el zumbido constante de los racks de refrigeración líquida.

Chloe Bennett estaba sentada en una silla ergonómica con los pies apoyados sobre la mesa, masticando regaliz rojo mientras monitoreaba el tráfico de red de la compañía. Llevaba una sudadera negra con el logo de la NASA y sus gafas de pasta roja colgando del cuello.

La puerta de seguridad se abrió con el código magnético maestro.

Gabriela entró, cerró la compuerta tras de sí y se apoyó contra la pared metálica, soltando una exhalación larga que parecía arrancada desde los talones. Se quitó las gafas de carey con un gesto rápido, frotándose el puente de la nariz mientras sacudía la cabeza.

—Dime que trajiste café de verdad —dijo Gabriela, dejándose caer en la silla contigua—. Si tengo que fingir una hora más que ese hombre es una mente brillante, voy a lanzarme por el hueco del ascensor.

Chloe soltó una carcajada limpia y le tendió un vaso térmico cerrado herméticamente:

—¿Tan insoportable es el señor feudal de los motores?

Gabriela bebió un sorbo largo, saboreando el café negro sin azúcar:

—Es peor de lo que describió Giancarlo. No solo es un déspota obsesivo-compulsivo con las simetrías; tiene un desequilibrio hormonal y delirios de grandeza del tamaño de los Alpes. Hoy salió a mi escritorio con la camisa abierta hasta el ombligo, poniendo cara de póster de perfume barato, esperando que me desmayara sobre el teclado.

—¿En serio? —Chloe se atragantó con el regaliz de la risa—. ¿El gran Matteo Castelli intentó seducir a la bibliotecaria de la Unión Soviética?

—Intentó marcar territorio como un perro de raza que no entiende por qué el mueble no se mueve cuando le ladra —resopló Gabriela, pasándose los dedos por el cabello que aún llevaba en un moño tirante—. Cree que una mujer es incapaz de pensar en términos de torsión mecánica sin fantasear con subirse a su cama. Tiene el cerebro completamente frito por el ego. Cree que todas las que pasaron por esa oficina tenían vocación de mártires de su encanto.

—Bueno, técnicamente las anteriores sí cayeron —apuntó Chloe, girando la pantalla para mostrarle los historiales de Recursos Humanos—. Seis en ocho meses, Gaby. Ninguna pasó de los treinta días. Eres la primera forma de vida basada en carbono con cromosomas XX que le dice que su café está ácido y sigue respirando en la empresa.

Gabriela sonrió con una frialdad peligrosa:

—No me voy a ir a ninguna parte. Mi padre cree que en seis meses voy a rogarle que me saque de aquí para volver a Chicago. Y Matteo Castelli cree que antes de fin de mes estaré llorando en su despacho pidiéndole perdón. Ninguno de los dos sabe con quién se metieron.

—Por cierto —dijo Chloe, tecleando un comando rápido en su terminal—, intercepté el registro de aduanas privadas en el aeropuerto de Malpensa esta mañana. Tu paquete llegó.

Los ojos verdes de Gabriela brillaron con una llamarada súbita de adrenalina pura.

—¿La moto?

—Tu Ducati Panigale V4 SP2. Desmontada en tres cajones diplomáticos bajo el sello de la filial de Chicago y reensamblada en el taller clandestino que alquilamos en Navigli —Chloe le guiñó un ojo—. Lista para rodar. Tanque lleno, telemetría limpia y placas falsas de pruebas de circuito.

Gabriela sonrió por primera vez en cuatro días. La rigidez de la señorita Novak se evaporó por completo, dando paso a la mujer que devoraba curvas al límite de la física:

—Esta noche necesito quemar goma, Chloe. Si no siento doscientos caballos de fuerza bajo el cuerpo antes de la medianoche, voy a terminar ahogando a mi jefe en su propia leche de avena a sesenta y cinco grados.

A la una de la madrugada, las calles industriales que conectaban la periferia norte de Milán con la autopista hacia Monza estaban desiertas bajo una neblina densa.

A lo lejos, el aullido agudo y metálico de un motor tetracilíndrico en V cortó la noche como una sierra de diamante.

Gabriela Hayes, enfundada en un mono de cuero negro mate sin insignias ni marcas comerciales, trazó una curva en ese sobre la carretera secundaria de Sesto San Giovanni con una inclinación salvaje de cincuenta grados. La rodillera rozó el asfalto mojado en una lluvia de chispas silenciosas; aceleró a fondo en la salida, sintiendo el tirón brutal de la rueda trasera mordiendo el pavimento mientras el tacómetro digital trepaba a las catorce mil revoluciones.

La velocidad le limpiaba la mente. A doscientos sesenta kilómetros por hora, no había gafas de carey, no había vestidos grises de lana informe ni secretarías neuróticas. Solo existía la línea de trazada perfecta.

Detuvo la moto en una estación de servicio abandonada junto al canal, bajó la pata de cabra y se quitó el casco integral, dejando que el viento frío de la madrugada le azotara las mejillas encendidas por la adrenalina.

No tenía idea de que, a menos de quinientos metros de allí, en los talleres privados de la escudería Castelli, Matteo permanecía de pie junto al banco de pruebas de Horizonte, con una llave inglesa en la mano y la mirada perdida en los monitores de telemetría.

El rugido de la Ducati que acababa de pasar por la carretera exterior había hecho vibrar los cristales del hangar.

Matteo ladeó la cabeza, escuchando el eco del motor perdiéndose en la noche. Reconoció el sonido al instante: un cambio de marcha rápido sin embrague a más de doce mil vueltas, ejecutado con una precisión quirúrgica que solo un piloto de élite podía lograr en una curva cerrada con asfalto frío.

—Quién demonios conduce así a la una de la mañana... —murmuró Matteo para sí mismo, frunciendo el ceño con una extraña punzada de curiosidad deportiva en el pecho.

Miró su teléfono sobre la mesa de trabajo. No había mensajes. Solo un correo automático enviado a las once de la noche desde la cuenta corporativa de Gabriela Novak:

> «La latencia del servidor de Zúrich ha sido reducida a cero coma dos segundos. Su agenda de mañana incluye la revisión del túnel de viento a las ocho en punto. No llegue tarde».

>

Matteo soltó un bufido de exasperación, arrojando la herramienta sobre la bandeja metálica con un golpe seco.

—Maldita mujer —masculló entre dientes, sin saber que la misma persona que le ordenaba no llegar tarde al túnel de viento acababa de pasar rugiendo frente a sus narices sobre dos ruedas.

1
Corina Galantti
cuánta adrenalina! una novela muy interesante! me encantó. BENDICIONES ESCRITORA
Corina Galantti
otro capítulo repetido! es un garrón!
Mary Garbolino
me canso.que repitan tanto.prefiero dejar de leerla
Mary Garbolino
odio que repitan los capitulos
Corina Galantti
una pena que repitan capítulos!
Flor Perez
no puede ser que hayan repetido dos capítulos seguido, ahí les encargo porque si sigue así la novela tendré que abandonarla , ya que
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