¿Qué sucede cuando un matrimonio comienza como un acuerdo y termina convirtiéndose en el único lugar al que ambos desean pertenecer?
Nyssa Johnson está dispuesta a sacrificarlo todo por su familia, incluso sus propios sueños. Cedric Vellane tiene dinero, poder y una vida sin compromisos, pero está a punto de perder a la única persona que siempre ha estado a su lado: su abuela.
Un matrimonio por contrato parece ser la solución perfecta para ambos. Ella obtendrá la estabilidad que necesita y él cumplirá el último deseo de Eleanor.
Sin amor, sin obligaciones y con una fecha de vencimiento.
Pero entre besos fingidos, discusiones y sentimientos inesperados, las reglas comienzan a desmoronarse.
Y cuando el contrato termine, tendrán que descubrir si lo que los une es suficiente para elegirse sin ninguna obligación.
Porque fingir un matrimonio es fácil. Lo difícil es dejar ir a quien nunca planeaste amar.
Él la dejó marchar porque creyó que no tenía derecho a pedirle que se quedara. Ella se fue creyendo que él nunca la había elegido. Ninguno imaginó que, al separarse, también estaban dejando atrás una parte de sí mismos.
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La abuela
La residencia de la abuela de Cedric estaba rodeada de jardines impecables y árboles antiguos. Nyssa observó el lugar desde el automóvil, intentando controlar los nervios.
—¿Siempre visitas a tu familia en casas que parecen palacios? —preguntó.
Cedric soltó una risa.
—Esta es bastante más pequeña que la casa principal de mi familia.
Nyssa giró la cabeza para mirarlo.
—No sé si estás intentando tranquilizarme o asustarme.
—Un poco de ambas cosas.
Ella negó con la cabeza, aunque una pequeña sonrisa se le escapó de los labios.
Cuando llegaron a la entrada, Cedric bajó primero y le ofreció la mano. Nyssa la aceptó para salir del automóvil, pero enseguida acomodó su vestido, todavía incómoda con tanta elegancia a su alrededor.
Cedric lo notó.
—No tienes que comportarte de ninguna manera especial. Mi abuela no es una reina.
—Pero tú sí eres su nieto favorito, ¿verdad?
Él arqueó una ceja.
—¿Quién te dijo eso?
—Nadie. Tengo ojos.
Cedric sonrió al reconocer sus propias palabras.
—Vas a llevarte bien con ella.
La encontraron en una sala luminosa, sentada junto a una ventana con una manta sobre las piernas.
Era una mujer mayor, de cabello plateado y ojos atentos. Aunque la enfermedad había debilitado su cuerpo, conservaba una mirada vivaz que parecía descubrir mucho más de lo que las personas querían mostrar.
—¡Por fin! —exclamó al ver a Cedric—. Empezaba a pensar que tendría que mandar a buscarte.
—Buenos días, abuela.
Cedric se inclinó para besarle la mejilla. La mujer le acarició el rostro con cariño antes de dirigir la mirada hacia Nyssa.
Y entonces sonrió.
—Así que tú eres la mujer que mi nieto tenía tantas ganas de presentarme.
Nyssa sintió que Cedric se tensaba a su lado.
—Abuela…
—¿Qué? ¿Ahora tampoco puedo hablar?
—Puedes hablar. Lo que no puedes hacer es interrogarla durante los primeros treinta segundos.
La mujer lo ignoró por completo.
—Ven, querida. Siéntate conmigo.
Nyssa se acercó y ocupó el asiento que le indicaba.
—Es un placer conocerla, señora Vellane.
—Llámame Eleanor, cariño. Si vas a formar parte de esta familia, no quiero que me trates como a una desconocida.
La palabra familia hizo que Nyssa sintiera una punzada de incomodidad.
Aún no estaban casados. Ni siquiera habían firmado el contrato definitivo.
Sin embargo, no quería corregir a la anciana delante de Cedric.
—De acuerdo, Eleanor.
La mujer observó su rostro con una sonrisa satisfecha.
—Eres preciosa. Mucho más bonita de lo que imaginaba.
Cedric se acomodó en el sofá de enfrente.
—¿Y cómo imaginabas que sería?
—No lo sé. Pensé que elegirías a alguien insoportable, con una colección de bolsos más grande que esta casa.
—Qué poca fe tienes en mí.
—Te conozco desde que aprendiste a caminar, Cedric. Tengo motivos.
Nyssa no pudo contener una risa.
Cedric la miró, fingiendo indignación.
—No te pongas de su lado. Acabas de llegar.
—Lo siento —respondió ella, aunque seguía sonriendo.
Eleanor pareció encantada.
—¡Me gusta! Por fin alguien que no se limita a darle la razón.
Durante los siguientes minutos, hablaron de cosas sencillas. Eleanor le preguntó a Nyssa por sus gustos, por la comida que prefería y por cómo se habían conocido.
Cedric había preparado una historia breve para explicar su relación, pero Nyssa respondió antes de que él pudiera intervenir.
—Nos conocimos en el restaurante donde trabajo. Después volvió a encontrarme y me pidió que habláramos.
No era toda la verdad, pero tampoco una mentira.
Eleanor miró a su nieto.
—¿Y cuánto tiempo llevan juntos?
Cedric abrió la boca, pero Nyssa se adelantó de nuevo.
—Todavía estamos conociéndonos.
La anciana arqueó las cejas.
—Eso explica por qué mi nieto no ha dejado de mirarte desde que entraste.
Nyssa se quedó inmóvil.
Cedric tosió, incómodo.
—Abuela.
—¿Qué? Tengo ojos, querido.
Nyssa bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
Aquella mujer era mucho más observadora de lo que había imaginado.
Cuando llegó el momento de tomar el té, Eleanor pidió que les sirvieran unas pequeñas tartas de manzana.
Nyssa aceptó una por educación, pero apenas había probado un bocado cuando la anciana notó que comía con cautela.
—¿No te gustan?
—Sí, están deliciosas.
—Entonces come tranquila. No tienes que guardar las apariencias conmigo.
Nyssa sintió un calor incómodo en las mejillas.
No estaba acostumbrada a comer en una mesa tan elegante, rodeada de personas que esperaban que se comportara de una manera determinada. Por un momento, temió hacer algo incorrecto.
Pero Eleanor no parecía interesada en juzgarla.
—Cedric era igual de reservado cuando era niño —comentó la anciana—. Aunque fingía que no le importaba nada, siempre estaba pendiente de lo que sucedía a su alrededor.
—Abuela, por favor.
—¿Ves? Todavía se avergüenza cuando hablo de él.
Nyssa miró a Cedric con curiosidad.
—Me cuesta imaginarte de niño.
—Era encantador.
Eleanor soltó una carcajada.
—Era un pequeño demonio.
Por primera vez desde que habían llegado, Cedric parecía genuinamente relajado.
Nyssa lo observó mientras discutía con su abuela sobre una travesura de la infancia. Su expresión era diferente, menos arrogante. Había una ternura evidente en la forma en que le acercaba la taza de té y comprobaba discretamente que estuviera cómoda.
Aquel hombre, que parecía tener una respuesta para todo, se volvía sorprendentemente paciente con ella.
Nyssa comprendió entonces por qué estaba dispuesto a casarse para cumplir su deseo.
Eleanor no era simplemente una abuela que quería verlo casado.
Era alguien a quien Cedric no soportaba decepcionar.
Antes de marcharse, Eleanor pidió hablar un momento con Nyssa a solas.
Cedric pareció dispuesto a protestar, pero su abuela lo señaló con un dedo.
—Ve a buscar mi medicina. Está en la habitación contigua.
—Podría pedirle a alguien que…
—Cedric.
—Está bien.
Él se marchó, no sin antes mirar a Nyssa como si quisiera advertirle que tuviera cuidado.
Cuando quedaron solas, Eleanor tomó suavemente la mano de la joven.
—Quiero preguntarte algo, querida. Y necesito que me respondas con sinceridad.
Nyssa se puso alerta.
—Está bien.
—¿Mi nieto te trata bien?
La pregunta la tomó desprevenida.
—Sí. Ha sido respetuoso conmigo.
—¿Y te sientes cómoda a su lado?
Nyssa tardó un poco más en responder.
—Todavía nos estamos conociendo.
Eleanor asintió despacio.
—Cedric puede parecer un hombre difícil. Está acostumbrado a resolverlo todo con dinero y a creer que, si algo tiene solución, basta con encontrar la cantidad adecuada.
Nyssa bajó la mirada hacia sus manos.
—No me ha obligado a aceptar nada.
—Me alegra escucharlo. Porque quiero que sepas algo: no necesitas ganarte tu lugar en esta familia soportando cosas que te hagan daño.
Nyssa sintió un nudo en la garganta.
No sabía por qué aquellas palabras la afectaban tanto. Quizá porque llevaba demasiado tiempo creyendo que debía soportarlo todo para mantener a su familia a salvo.
—Gracias —susurró.
Eleanor le acarició los dedos.
—Y otra cosa. No tienes que prometerme que lo amarás. Solo quiero que seas honesta contigo misma.
Nyssa levantó la mirada.
Por un instante, sintió que la anciana había visto algo que ella intentaba ocultar.
Pero Eleanor no hizo más preguntas.
Cuando Cedric regresó, las encontró conversando tranquilamente.
Se despidieron poco después. Eleanor abrazó a Nyssa antes de dejarla marchar y le pidió que regresara pronto, esta vez acompañada de Ale.
Nyssa aceptó.
En el automóvil, Cedric la miró de reojo.
—¿Qué te dijo mi abuela?
—Que eras un niño insoportable.
—Eso ya lo sabías.
—También me dijo que no tenía que soportar nada que me hiciera daño para ganarme un lugar en tu familia.
Cedric dejó de sonreír.
—¿Eso te dijo?
—Sí.
Él permaneció callado durante unos segundos.
—Mi abuela puede ser muy directa.
Nyssa miró por la ventana.
—Me cayó bien.
—A ella también le gustaste.
—¿Cómo lo sabes?
Cedric sonrió ligeramente.
—Porque me pidió que te trajera de nuevo. Nunca invita a nadie dos veces si no le agrada.
Nyssa volvió a sonreír, esta vez sin ocultarlo.
Cedric se quedó mirándola un instante antes de devolver la atención a la carretera.
No sabía si había sido el vestido, el maquillaje o simplemente verla reír con su abuela.
Pero aquella mañana había descubierto algo que no esperaba encontrar en su futura esposa por contrato.
Nyssa tenía una sonrisa preciosa.
Y, por alguna razón, quería volver a verla.