Isabel Montero abordó un avión y despertó horas después en la bañera de su propia casa. Para ella apenas había pasado un instante. Para el resto del mundo, llevaba quince años desaparecida.
Su esposo, Emiliano Salazar, envejeció buscándola y nunca dejó de creer que seguía viva. Pero sus hijos ya no son los niños que Isabel recuerda. Santiago se convirtió en un hombre frío y distante; Valentina se niega a aceptar que esa joven pueda ser su madre, y Sol esconde sus heridas detrás de la rebeldía y el humor.
Isabel regresó con el mismo rostro de hace quince años, a una familia rota y a una vida que otros intentaron ocupar. Ahora tendrá que recuperar el amor de sus hijos, descubrir quién manipuló a los Salazar durante su ausencia y enfrentar un secreto capaz de explicar por qué el tiempo se detuvo para ella.
Todos creen que Isabel volvió para reclamar su lugar.
Se equivocan.
Volvió para recuperar a su familia… y destruir a quien se la arrebató.
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Capítulo 6
Cap 6 — El novio de mi hija
Isabel descubrió lo de Nicolás por accidente.
Eran las once de la noche. Valentina estaba en su cuarto con la puerta entreabierta, hablando por teléfono. Isabel iba pasando por el pasillo cuando escuchó la voz de su hija, suave y melosa, completamente distinta a la voz agresiva que usaba con todos en la casa.
—Nico, no te preocupes por eso. Yo te lo pago. No es nada. —Pausa—. Que no, que no me importa. Es que te lo mereces. —Risita—. Ay, cállate. Sí, te lo mando mañana. ¿Cuánto era? ¿Quince mil dólares? Bueno, te mando veinte mil por si acaso.
Isabel se detuvo en el pasillo.
¿Veinte mil dólares? ¿Una chica de diecisiete años mandando veinte mil dólares a alguien?
No era la cantidad lo que le preocupó. Los Salazar tenían dinero de sobra. Lo que le preocupó fue el tono. Valentina estaba rogando que la dejaran gastar dinero en alguien. Suplicando. Como si el derecho a dar fuera un privilegio que tenía que ganarse.
—Nico, de verdad, no es molestia. Es que me gusta hacerlo. —Otra risita—. Ya sé que no te gusta, pero déjame consentirte. ¿Sí? Anda, no seas así.
"No te gusta pero déjame." ¿Cuántas veces habrá dicho eso?
Isabel se fue a su cuarto sin hacer ruido. No durmió bien esa noche.
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A la mañana siguiente, Isabel le preguntó a Don Refugio.
—¿Quién es Nicolás?
Don Refugio hizo una mueca como si hubiera mordido un limón.
—Nicolás Paredes. Es un muchacho que la señorita Luna conoció hace un año. Guapo, educado, muy amable.
—¿Pero?
—Pero la señorita le compra todo. Ropa, zapatos, le paga la renta del departamento. Hasta le compró un carro. El joven Nicolás dice que no quiere aceptar, que le da pena, pero siempre termina aceptando.
—¿Y mi esposo no dice nada?
—El señor no sabe la mitad, señora. La señorita usa sus tarjetas y el señor nunca revisa los estados de cuenta de los hijos. Les da dinero y ya. Una vez la señorita Luna le pidió ochocientos mil para "ropa" y el señor se los dio sin preguntar.
—¿Ochocientos mil para ropa?
—Era para comprarle un carro al joven Nicolás, señora.
Isabel se quedó mirando a Don Refugio.
—¿Le compró un carro?
—Sí, señora. Uno deportivo. El joven Nicolás dijo que no lo quería, que era demasiado. Pero al día siguiente lo estaba usando.
Isabel respiró hondo.
—¿Y cómo se conocieron?
Don Refugio vaciló.
—Cuco.
—La señorita Carolina los presentó, señora. En una cena hace un año.
Isabel cerró los ojos un momento.
Carolina. Siempre Carolina.
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Isabel decidió no decir nada todavía. Primero quería ver.
Esa tarde, Valentina anunció que iba a salir. Se arregló durante una hora: maquillaje, ropa nueva, tacones. Olía a perfume caro.
—¿A dónde vas? —preguntó Isabel desde la sala.
—A ver a una amiga —dijo Valentina sin mirarla.
—¿A qué hora vuelves?
—No sé. ¿Y a ti qué te importa?
—Me importa porque tienes diecisiete años y es martes.
Valentina la fulminó con la mirada.
—No eres mi mamá. No me puedes decir qué hacer.
—Tienes razón —dijo Isabel con calma—. No te puedo obligar. Pero si llegas después de medianoche, avísale a Cuco para que no se quede despierto esperándote. Ese hombre tiene setenta años y se preocupa por ti.
Valentina abrió la boca para contestar algo agresivo, pero no encontró qué decir. La petición era tan razonable que no había forma de pelear contra ella.
—Bien —dijo entre dientes, y salió dando un portazo.
Isabel esperó quince minutos. Luego agarró las llaves del carro que Emiliano le había dejado y salió.
No iba a seguir a su hija. Iba a ir a otro lado.
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La Preparatoria San Andrés era un edificio grande en el centro de Ciudad Brisa. Valentina y Sol habían estudiado ahí antes de que Sol fuera expulsado y Valentina se fuera de intercambio.
Isabel se sentó en una cafetería de enfrente y llamó a Don Refugio.
—Cuco, necesito que me consigas el teléfono de la directora de San Andrés. Y necesito el expediente académico de los gemelos.
Media hora después, Isabel estaba sentada frente a la directora Gómez, una mujer de sesenta años con lentes y cara de pocos amigos.
—Señora Salazar, es un placer conocerla. Aunque debo decir que la sorpresa es considerable. Todos pensábamos que usted...
—Estoy viva. Es una larga historia. —Isabel fue directo al punto—. Necesito saber todo lo que pasó con mis hijos en esta escuela. Empezando por Nicolás Paredes.
La directora levantó las cejas.
—Nicolás Paredes no estudia aquí, señora. Se graduó el año pasado.
—Pero estudió aquí cuando mi hija estaba.
—Sí. Era alumno becado. Excelentes calificaciones, buen deportista. Pero había problemas en su casa. Su padre tenía deudas de juego. Vinieron a buscarlo a la escuela varias veces.
—¿Y Valentina?
—Valentina lo protegía. Le prestaba dinero, lo defendía de los compañeros que se burlaban de él. Era... muy dedicada.
Isabel asintió. Conocía ese patrón. Una chica sin madre que encuentra a alguien a quien cuidar. Alguien que la necesite. Alguien que le haga sentir que es importante.
—¿Y Nicolás? ¿Cómo era con ella?
La directora se quitó los lentes y los limpió despacio.
—Respetuoso. Correcto. Pero distante. Valentina se esforzaba mucho por él, y él... se dejaba querer. ¿Me entiende?
Isabel entendía perfectamente.
—¿Sabe quién los presentó?
—Una familiar de ustedes, creo. Una señora que venía a buscar a Valentina a veces. Carolina, si no me equivoco.
—Una última cosa, señora Salazar —dijo la directora antes de que Isabel se levantara—. Valentina no es mala chica. Tiene un corazón enorme. Ese es su problema. Confía demasiado rápido y quiere demasiado fuerte. Y hay gente que se aprovecha de eso.
—Lo sé —dijo Isabel—. Por eso estoy aquí.
Salió de la preparatoria con el pecho apretado. Su hija de diecisiete años estaba gastando millones en un chico que Carolina había puesto en su camino. Un chico que decía "no" con la boca pero "sí" con las manos. Y nadie en quince años le había enseñado a Valentina la diferencia entre querer a alguien y comprar a alguien.
Eso se acaba. Pero con inteligencia, no con fuerza bruta.
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De vuelta en la Casona, Isabel encontró a Santiago en la cocina comiéndose un sándwich.
—Santi, ¿puedo hacerte una pregunta?
Santiago la miró. Asintió con la cabeza sin dejar de masticar.
—¿Qué opinas de Nicolás?
Santiago dejó de masticar.
—¿Nicolás Paredes?
—Sí.
Santiago tragó. Dejó el sándwich en el plato. Se limpió las manos con una servilleta. Todo muy despacio, como si estuviera midiendo sus palabras.
—Es un tipo listo —dijo por fin—. Saca buenas notas. No se mete en problemas. Pero no me gusta.
—¿Por qué?
—Porque mi hermana le regaló un carro y él dijo que no lo quería. Y al día siguiente estaba manejándolo.
—¿Se lo dijiste a Luna?
—Sí. Me dijo que yo no entendía nada y que estaba celoso.
—¿Y a tu padre?
Santiago soltó una risa corta, sin humor.
—Mi padre no sabe ni cómo se llama el novio de Luna. Cuando se lo dije, me dijo: "Si no le pega, no es mi problema." Así exactamente.
Isabel apretó los labios.
—Santi, necesito que me hagas un favor.
—¿Qué?
—Necesito que busques algo para mí. Quiero saber si Nicolás tiene alguna conexión con tu tía Carolina aparte de la cena donde se conocieron. Mensajes, llamadas, transferencias, lo que sea.
Santiago la miró un momento largo.
—¿Cree que la tía Carolina metió a Nicolás en la vida de Luna a propósito?
—Creo que tu tía Carolina no hace nada sin un propósito. Y creo que un chico guapo y necesitado es la herramienta perfecta para controlar a una chica de diecisiete años que creció sin madre y que tiene cientos de miles de dólares disponibles en sus tarjetas.
Santiago se quedó callado un momento largo. Isabel vio que estaba procesando la idea. No le gustaba lo que estaba pensando.
—Hijo de... —No terminó la frase. Agarró su sándwich de vuelta, pero ya no tenía hambre.
—Le consigo eso —dijo—. Pero no por usted. Por Luna.
—Me parece justo.
Santiago se fue con su plato. En la puerta se detuvo.
—Una cosa más. Si Nicolás le está jugando chueco a mi hermana, yo me encargo.
—No. Si Nicolás le está jugando chueco a tu hermana, ella se tiene que dar cuenta sola. Si se lo dices tú, no te va a creer. Tiene que verlo con sus propios ojos.
Santiago la miró con una expresión que Isabel no le había visto antes. No era hostilidad ni frialdad. Era algo parecido al respeto.
—Usted piensa diferente a papá —dijo—. Él habría mandado un abogado a amenazar a Nicolás.
—Lo sé. Por eso no le voy a decir nada a tu padre todavía. Si Emiliano se entera, destroza a Nicolás antes de que Luna entienda por qué. Y entonces Luna lo odia a él y defiende a Nicolás. ¿Me equivoco?
—No se equivoca. —Hizo una pausa—. ¿Cómo sabe tanto de cómo funciona papá?
—Porque llevo conociéndolo desde que teníamos dieciséis años.
Santiago no dijo nada más. Se fue a su cuarto.
Pero Isabel notó que no dijo "usted" esta vez. No dijo ni "usted" ni "tú". Evitó el pronombre por completo.
Está cambiando. Despacio, pero está cambiando.
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Esa noche, Valentina volvió a las diez con olor a perfume de hombre y los ojos brillantes.
Pasó frente a la sala sin mirar a nadie.
—Buenas noches —dijo Isabel.
—Buenas noches —respondió Valentina, y siguió de largo.
Era la primera vez que le respondía un saludo. Isabel lo tomó como un avance.
Cuando Valentina subió las escaleras, Isabel sacó su teléfono. Tenía un mensaje de Santiago.
"Encontré algo. Nicolás y la tía Carolina se mandan mensajes cada semana. Desde antes de que él conociera a Luna."
Isabel leyó el mensaje dos veces. Luego una tercera.
Desde antes. Se conocían desde antes de que Luna lo conociera a él.
Carolina no los había presentado por casualidad. Los había presentado por diseño. Encontró a un chico guapo y necesitado, lo acercó a Valentina, y lo convirtió en una herramienta para tener control sobre su hija. Una marioneta que le reportaba todo lo que pasaba en la vida de Valentina.
Isabel apagó el teléfono y miró hacia la escalera por donde Valentina acababa de subir.
Mi niña. Mi pobre niña. No tienes idea de lo que te hicieron.
Pero no podía decírselo. No todavía. Si lo hacía ahora, Valentina la odiaría más. Diría que era mentira, que Isabel quería separarla de Nicolás por envidia. Tenía que dejar que la verdad saliera sola.
Isabel sabía esperar. Había esperado quince años sin saber que estaba esperando. Podía esperar un poco más.
Pero mientras esperaba, iba a preparar el terreno. Porque cuando Valentina descubriera la verdad sobre Nicolás, iba a necesitar a alguien que la sostuviera.
Y esta vez, su madre iba a estar ahí.