Natalia Serrano ha estado casada con Damián Santillán durante tres años. Un matrimonio construido por medio de un contrato con su familia y aunque durante ese tiempo, ella creyó que Damián podría llegar a amarla, estaba equivocada.
Con el regreso de Jimena, el primer amor de Damián, este solo muestra preferencias hacia ella sin importarle el dolor que causa en Natalia. Pero, justo cuando Natalia decide que ya no puede más y decide darle su libertad, Damián se niega a dejarla a ir, pero, aun así, no le da su lugar, sigue siendo frío, hiriente y le da el favoritismo a Jimena. ¿Qué es lo que realmente quiere Damián de ella?, ¿Por qué seguirla atando a un matrimonio que la hace sufrir?
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Capítulo 7
Capitulo 7
Desperté en la cama grande.
No en el cuarto de visitas.
En nuestra cama.
La de antes.
La mano de Damián estaba sobre mi vientre, caliente, firme, moviéndose en círculos lentos. El olor de su camisa me envolvía. Madera, jabón caro, una nota fría que siempre me había hecho sentir en casa.
Quise apartarme.
El cuerpo no me obedeció.
--No te muevas --murmuro.
Tenia la voz ronca.
--Me llevaste aquí.
--Te desmayaste.
--Podías dejarme en el cuarto de visitas.
--No seas necia.
Cerré los ojos.
Era injusto.
Que supiera donde estaban mis pastillas.
Que recordara como calentar las manos antes de tocarme.
Que hiciera todo eso después de haberme dejado sola cuando de verdad lo necesite.
--Abre la boca.
Me dio una pastilla y agua tibia. Lo hizo con una suavidad que me destruyo mas que su crueldad.
Antes, cada periodo era así. Damián cancelaba cenas, bajaba la calefacción, me prohibía café, me traía una bolsa de agua caliente y se quedaba despierto hasta que yo dejaba de temblar. La primera vez incluso compro media farmacia porque no sabia que marca usaba.
Yo había creído que eso era amor.
Una mujer puede equivocarse con palabras.
Con cuidados, casi nunca.
O eso pensaba.
La puerta se abrió sin tocar.
Jimena entro con una taza.
--Dami, hice el té de canela...
Se quedo parada al vernos.
Su mirada bajo a la mano de Damián en mi vientre.
Luego a mi cara.
Se le quebró la sonrisa.
--Déjalo ahí --dijo Damián, sin moverse--. Y cierra la puerta.
--Yo solo quería ayudar.
--Natalia necesita descansar.
Jimena apretó la taza.
--Claro.
Salió.
La puerta se cerro con un golpe apenas contenido.
Yo solté el aire.
--No deberías hablarle así. Se va a poner triste.
Damián bajo la mirada hacia mi.
--¿Te preocupa?
--Me preocupa que luego me culpes.
Su mano se detuvo.
--No todo lo que hago tiene que ver con Jimena.
Me reí, muy suave.
--Que curioso. Todo lo que me duele si.
No respondió.
La noche avanzo en fragmentos. El dolor bajo. El sueño me alcanzo varias veces y varias veces desperté con el todavía ahí, sosteniéndome como si no tuviera derecho a soltarme.
En la madrugada necesite ir al baño.
--Damián.
Abrió los ojos de inmediato.
--¿Te duele?
--Quiero levantarme.
Me ayudo sin decir nada. Antes, esa naturalidad me habría parecido ternura. Ahora me preguntaba cuantas veces había hecho lo mismo por Jimena.
La respuesta llego en la mañana.
Baje a la cocina con hambre y una debilidad triste en las piernas. Jimena estaba sentada en la barra, fresca, peinada, con esa cara de niña buena que usaba como arma.
--Que bueno que ya despertaste --dijo--. Damián tuvo que irse temprano a Santa Fe. Me pidió que te cuidara.
--No necesito que me cuides.
--Lo se. Pero él se preocupa.
Me serví agua.
Jimena sonrió mirando la taza que había sobre la mesa.
--Te prepare la misma infusión que me hacia Damián cuando yo tenia cólicos. Antes me dolían horrible. El me llevo con un doctor naturista en Coyoacán, me compraba compresas, me hacia calditos. Era un exagerado.
La taza se quedo a medio camino de mis labios.
--¿Él te hacia eso?
--Ay, si. Dami siempre ha sido así conmigo. Desde que mi hermano murió, nunca me dejo sola.
Había orgullo en su voz.
No amor.
Propiedad.
--Hasta sabia que toallas comprarme --agrego, bajando la voz--. Imagínate, un hombre tan ocupado aprendiendo esas cosas por mi.
Deje la taza.
Ahora entendía.
Las marcas, las infusiones, las recetas, la forma en que me decía que no tocara agua fría. Yo había recibido un manual escrito para otra.
No era mi milagro.
Era una costumbre heredada.
Jimena inclino la cabeza.
--No te pongas así. Deberías agradecer que aprendió bien.
Algo se me enfrió por dentro.
--No presumas tanto, Jimena.
--No presumo.
--Si. Y te ves patética.
Su sonrisa tembló.
--Damián me cuido porque me quiere.
--Entonces quédatelo.
Ella parpadeo.
--¿Que?
--Si para ti es el hombre perfecto, adelante. Para mi ya es solo un hombre casado que no sabe soltar a una mujer ni respetar a otra.
Detrás de nosotras algo cayo al piso.
Damián estaba en la entrada de la cocina, con una bolsa de pan dulce en la mano.
Su cara era hielo.
Jimena se puso de pie.
--Dami, Natalia esta enojada...
El tiro la bolsa a la basura.
Conchas de la panadería que yo amaba.
--¿Eso soy para ti? --pregunto.
Yo mire la basura.
Había comprado mi desayuno.
Y aun así, lo que mas dolía era que Jimena ya me había arruinado el hambre.
--Tú dime --respondí--. ¿Qué eres?
Damián sonrió sin calidez.
--Eres increíble, Natalia. No tienes idea de nada y aun así condenas.
--Aprendí de ti.
Se fue dando un portazo.
Jimena bajo la mirada para esconder su victoria.
Yo me senté frente a la taza fría.
La infusión sabia amarga.
Como todo lo que alguna vez creí dulce.