Sara murió luchando contra el hombre más temido del mundo: Augustus Reinold, el tirano que destruyó naciones y esclavizó a la humanidad.
En sus últimos segundos, hizo un deseo desesperado: si pudiera regresar al pasado, daría la mitad de su vida para detenerlo.
Su deseo fue escuchado.
Sara despierta quince años atrás, cuando tiene diecisiete años y Augustus aún no es el monstruo que ella conoce. Pero el sistema le revela una regla imposible: no puede matarlo.
Si quiere salvar el mundo, deberá cambiar su destino antes de que sea demasiado tarde.
¿El método?
Enamorar al futuro villano.
Sara se niega a enamorarse del hombre que la asesinó.
Pero cuanto más conoce al joven que algún día será Augustus, descubre que detrás del monstruo existió un muchacho que todavía podía ser salvado.
Y solo tiene dos años para lograrlo.
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Eres mi novia
Apoyado en una Harley Davidson negra. De colección. Se notaba cara. Se notaba imposible.
Sara se detuvo a tres metros. Lo miró. *Realmente tiene dinero. Es un niño rico.*
Julian la vio. Se acercó.
Y el cuerpo de Sara reaccionó antes que su mente.
*No es el asesino. No es el asesino. No viene por mi cabeza. No viene por mi cabeza. Solo es un muchacho de dieciocho años. Solo es un muchacho.*
El mantra se repetía como una oración. Como un rezo de trinchera. Pero las manos le temblaban. Y las rodillas. Y la mandíbula.
Julian se detuvo frente a ella. La miró. Y sin decir una palabra, tomó su rostro entre las manos.
Sara no tuvo tiempo de reaccionar.
La besó.
No fue suave. No fue inocente. Fue un beso que la cogió por la cintura, la acercó, la apretó contra él y profundizó hasta que Sara olvidó el mantra, olvidó la espada, olvidó el cielo girando.
Cuando terminaron, Julian la miró.
—Eres mi novia.
Seco. Directo. Como quien dicta una sentencia.
Sara parpadeó.
—¿Qué?
—Tú me besaste. Ahora yo te beso a ti. Eso significa que eres mi novia.
—¿Cómo? ¿Qué? ¿Qué parte de la ecuación se...?
—Vendré por ti el lunes para llevarte a la escuela. No quiero que mi novia se desmaye a mitad del camino.
Sara abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir.
Julian sacó una pequeña cajita del bolsillo. La abrió. Un collar. Fino. Delicado. Con una piedra pequeña que atrapaba la luz del atardecer.
—Date la vuelta.
Sara se giró. En automático. Porque todavía no terminaba de comprender qué estaba pasando. Sintió el metal frío en la nuca. Los dedos de Julian cerrando el broche. Rozándole la piel.
—Bien, novia mía.
Se colocó frente a ella otra vez. Le levantó el mentón. La besó de nuevo. Esta vez más lento. Más largo. Posesivo. Como quien marca un territorio.
Cuando la soltó, Sara tenía los ojos muy abiertos. Las manos a los costados. El collar frío contra la clavícula.
Julian se subió a la Harley. El motor rugió.
—Ponte bonita el lunes.
Y se fue.
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Sara se quedó de pie en el parque.
Se tocó los labios. Se tocó el collar. Miró la calle vacía por donde la moto había desaparecido.
—¿Qué demonios pasó aquí?
Silencio.
—¿En qué momento me convertí en su novia?
> *¡Tin, tin, tin, tin, tin!*
La pantalla del sistema estalló frente a ella. Confeti digital. Luces. Un corazón enorme latiendo en el centro.
> *¡Heroína! ¡Has captado la total atención del hijo del destino! ¡Afecto: 80%! ¡ERES UNA GENIO!*
—¿Ochenta? ¿OCHENTA POR CIENTO?
> *¡Enfermaste delante del villano! ¡Le demostraste debilidad! ¡Le diste afecto! ¡Y él en correspondencia te ha demostrado afecto! ¡Eres una estratega militar, heroína! ¡Diez puntos arriba!*
—Yo no planeé *nada* de esto.
> *¡Modestia! ¡Me encanta! ¡Sigue así!*
—Sistema, cállate.
> *¡Imposible! ¡Este sistema está celebrando!*
Sara se quedó mirando la pantalla. El confeti digital seguía cayendo. El corazón seguía latiendo. Ochenta por ciento.
*No fue estrategia*, pensó. *Fue pánico. Fue un desmayo. Fue un beso que di porque no sabía qué más hacer. Y él decidió. Él decidió todo. Como siempre decide.*
Se tocó el collar otra vez.
*Y lo peor es que no supe decir que no.*
Caminó de regreso a su departamento. Una cuadra. Lenta. Con los dedos en los labios. Con el corazón latiéndole de una forma que no tenía nada que ver con el miedo.
O quizás sí. Quizás todo era miedo. Quizás no sabía distinguir una cosa de la otra.
Abrió la puerta. Su madre estaba en la cocina.
—¿Ya volviste? ¿Te entregó los apuntes?
—Sí, mamá. Los apuntes.
—¿Y qué tal el muchacho?
Sara se quedó en el marco de la puerta. Pensó en la Harley. En la mandíbula. En los ojos turquesa. En la forma en que le había puesto el collar sin preguntar.
—Es... amable.
Su madre sonrió. Volvió a sus ollas.
Sara subió a su cuarto. Cerró la puerta. Se sentó en la cama. Se miró al espejo.
El collar brillaba.
*¿Qué voy a hacer el lunes?*
> *¡El lunes, heroína! ¡El gran día! ¡Todo el instituto verá a la heroína llegar con el hijo del destino! ¡Prepárate!*
—No me digas qué hacer.
> *¡Pero si te queda precioso el collar!*
Sara se acostó. Se tapó hasta la nariz. Miró el techo.
*No es el asesino*, pensó. *Solo es un muchacho.*
Pero el cuerpo ya no temblaba.
Y eso la asustó más que cualquier espada.
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El domingo pasó lento. Sara no salió de la cama. No comió mucho. No habló mucho. Se quedó mirando el collar. Tocándolo. Poniéndoselo y quitándoselo. Poniéndoselo otra vez.
A las once de la noche, el celular vibró.
> *Buenas noches, novia.*
Dos palabras. Sin pregunta. Sin espera de respuesta.
Sara miró la pantalla.
No respondió.
Pero no borró el mensaje.
Y a las tres de la mañana, con el collar puesto y los ojos abiertos en la oscuridad, pensó:
*El lunes, Julian Bradenford va a pasar por mí. Va a llevarme a la escuela. Y todo el mundo va a vernos.*
*Y yo no tengo ni idea de cómo se enamora a un monstruo.*
*Pero voy a tener que aprender. Rápido.*