Elizabeth solo quería terminar de leer el libro que su amiga le recomendó.
Una historia oscura sobre un poderoso señor del Norte, un hombre que pasó años en el campo de batalla y que, en su obsesión por la guerra, terminó abandonando a sus propios hijos. Niños que crecieron sin el amor de su padre, sin una madre que los protegiera y bajo el cuidado de una madrastra cruel que solo sabía repetir el mismo dolor que alguna vez recibió.
Todo porque, cuando más lo necesitaban, nadie estuvo allí para ellos.
Elizabeth conocía perfectamente aquella historia.
Sabía quiénes serían los villanos.
Sabía cómo terminaría cada personaje.
Y, sobre todo, sabía que la madrastra tendría un final terrible.
Y lo peor para ella es que la verdadera madrastra Elizabeth ha cambiado de lugar con ella, y ahora ella ha reencarnado como la madrastra.
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Capítulo 6: La sombra del abandono
Elizabeth siguió a Sebastián por los largos pasillos del ala este. Mientras caminaba, no podía dejar de pensar en el pequeño niño que estaba a punto de conocer. Bastian. Tres años. Eso era prácticamente todo lo que sabía de él, una corta vida marcada por el abandono en esa fría mansión.
En la historia original, Bastian crecía siendo maltratado por su madrastra. No recibía el cariño que necesitaba y aprendía desde muy pequeño a no confiar en nadie. «¿Ya habrá comenzado?», se preguntó Elizabeth con una amarga punzada en el pecho. «Quizá todavía esté a tiempo de evitarlo».
—Sebastián —llamó ella, rompiendo el tenso silencio del pasillo.
—¿Sí, señora? —respondió el mayordomo, volviéndose de inmediato.
—¿Bastian suele estar solo?
—No, señora —explicó Sebastián con una leve vacilación en la voz—. Su niñera debería encontrarse con él en este momento.
Ese «debería» hizo que Elizabeth frunciera el ceño con inquietud. No le gustaba cómo sonaba esa palabra. Continuaron caminando hasta detenerse frente a una pesada puerta de roble. Sebastián la abrió con cuidado y se hizo a un lado para cederle el paso.
—Aquí se encuentra el joven amo Bastian.
Elizabeth cruzó el umbral y se quedó inmóvil. La habitación era amplia y helada, pero lo más inquietante era el silencio sepulcral. No había juguetes esparcidos por el suelo, ni una sirvienta cuidando al niño, ni la menor huella de calor humano.
Solo un pequeño niño se encontraba sentado en uno de los extremos de la estancia. Elizabeth miró alrededor con indignación. Bastian debería haber estado bajo la atención de su niñera o de alguna sirvienta de reemplazo, pero no había nadie allí.
El mayordomo recorrió el lugar con la mirada antes de dirigirla hacia el niño.
—Parece que su niñera se ha ausentado, señora —comentó Sebastián con severidad.
—Comprendo —asintió Elizabeth lentamente.
Bastian la estaba observando fijamente. Aunque solo tenía tres años, el niño no era ajeno a los rumores que circulaban entre las sombras de la mansión.
«Es la mujer con la que se casó mi padre...», pensó el pequeño en medio del silencio, recordando los murmullos de las sirventas. Sabía de su existencia, pero para él no significaba nada. Al igual que su padre, a quien no conocía, esa mujer era una extraña. Jamás esperó que ella viniera a buscarlo.
El niño permanecía sentado sin pronunciar palabra, siguiendo cada movimiento con una cautela impropia de su edad. Pese a su apariencia adorable, con piel pálida, cabello blanco como la nieve que caía desordenado y enormes ojos azules, vestía ropa arrugada y gastada. Entre sus mechones platinados sobresalían dos pequeños cuernos oscuros y curvos, marca del linaje de dragón.
Elizabeth se acercó con pasos lentos y se agachó frente a él para quedar a su altura.
—Hola... —murmuró ella con extrema suavidad.
El niño no respondió. La evaluaba en silencio, intentando descubrir qué clase de persona era y si representaba alguna amenaza. Su pequeño cuerpo se mantenía tenso.
Elizabeth bajó ligeramente la mirada. Y entonces algo dentro de ella se quebró.
Sintió rabia, tristeza e impotencia al ver a un pequeño indefenso sufriendo el mismo rechazo que ella conoció en su vida pasada. Pero su magia reaccionó antes de que pudiera controlarla. Un leve destello esmeralda emanó de sus manos, haciendo que la temperatura de la habitación comenzara a elevarse con una calidez reconfortante.
Bastian parpadeó, sorprendido por el repentino calor. Sebastián, de pie a unos pasos, entornó sus ojos rojizos, impactado por la repentina fluctuación de maná elemental que emanaba de la duquesa