Astrid lo tenía todo: un matrimonio con el exitoso doctor Lucas Morgan, una hija pequeña llamada Ariana y una vida que parecía perfecta. Pero detrás de la fachada, Lucas la traiciona con otra mujer y su propia suegra, Marta, la humilla sin piedad, convencida de que Astrid nunca fue lo suficientemente buena para su hijo.
Cuando la verdad sale a la luz, Astrid pierde mucho más que un esposo. Pierde la dignidad, la seguridad económica y casi la voluntad de seguir adelante. Con Ariana apenas en brazos, se ve obligada a empezar de cero en un mundo que le dio la espalda.
Lo que nadie anticipó fue la transformación de Astrid. Con inteligencia, trabajo implacable y una determinación que nadie le conocía, reconstruye su vida paso a paso. En el camino se cruza con Mateo Romano, un empresario íntegro y reservado que no busca rescatarla sino caminar a su lado. Lo que comienza como respeto mutuo se convierte en un amor profundo que redefine lo que significa ser pareja.
Pero las sombras del pasado no se rinden fácilmente. Lucas enfrenta las consecuencias legales de sus actos y termina en prisión. Marta, consumida por el arrepentimiento, busca a Astrid en sus últimos días para pedirle perdón. La familia que Astrid construyó con Mateo —incluyendo a los pequeños Emiliano y Gael— se ve amenazada cuando Lucas sale libre y reaparece en sus vidas.
La historia da un giro inesperado cuando Ariana, ya adulta y estudiante de medicina, se enamora de Noel, un joven brillante cuyo hermano gemelo murió en una operación fallida realizada por Lucas años atrás. El amor entre Ariana y Noel queda atrapado entre la culpa heredada y un odio que ninguno de los dos eligió cargar.
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Capítulo 6
Había pasado casi una semana desde que Astrid comenzó a trabajar con Mateo y Julio. Pero durante todo ese tiempo, no había recibido ninguna noticia sobre los resultados de la investigación. Astrid se esforzaba por llevar sus días con normalidad. Se levantaba temprano, preparaba el desayuno, atendía a Ariana, arreglaba la casa, y varias veces por semana colaboraba con el proyecto de diseño interior que Mateo le había confiado.
Esas ocupaciones la ayudaban a distraerse. Porque cada vez que caía la noche y Lucas volvía a llegar tarde, toda la angustia regresaba sin ser invitada.
Esa noche, el reloj marcaba las nueve. Ariana ya se había dormido después de obligar a Astrid a leerle el cuento del conejo, su favorito, tres veces seguidas. La casa había vuelto a quedar en silencio.
Astrid estaba recogiendo los juguetes desperdigados por la sala cuando su teléfono vibró sobre la mesa. El nombre de Julio apareció en la pantalla.
El corazón de Astrid se aceleró de inmediato. Las manos se le enfriaron de golpe. Miró la pantalla durante unos segundos antes de contestar.
—¿Hola?
—Perdona que te llame tan tarde, Astrid.
La voz de Julio sonaba más seria que de costumbre.
Astrid detuvo lo que hacía al instante. Se sentó despacio en el sofá, aferrándose al teléfono con fuerza.
—¿Pasó algo?
Julio calló un momento. Esa pausa breve solo puso a Astrid más tensa.
—Sí.
El pecho de Astrid se comprimió. Sus dedos se clavaron en la esquina del cojín que tenía sobre el regazo.
—¿Qué? —preguntó con impaciencia.
—Todavía no puedo confirmar todo —respondió Julio.
Astrid cerró los ojos un instante.
—Por favor, solo dímelo, Julio.
Se oyó un suspiro suave al otro lado de la línea.
—Lucas efectivamente se ha estado viendo con Stella.
Astrid se quedó helada. Pasaron varios segundos sin que emitiera sonido. Como si su cerebro se negara a procesar lo que acababa de escuchar.
—¿Q-qué quieres decir...?
—Los han visto cenando juntos en un restaurante exclusivo, varias veces. Es evidente que su relación no es una simple amistad.
Astrid bajó la cabeza. Los ojos le ardieron de inmediato.
Julio continuó con cautela.
—También tengo fotos de ellos saliendo de otro restaurante, hace tres días.
La respiración de Astrid se volvió cada vez más pesada. Cenas a solas. No una, sino varias veces por semana. Mientras ella siempre esperaba a Lucas en casa. Preparando la comida. Recalentando una cena que terminaba fría e intacta porque nadie la tocaba.
—¿Astrid? —la voz de Julio se oyó baja—. ¿Sigues ahí?
—Sí —respondió Astrid, casi en un susurro.
Julio volvió a hablar.
—Aún no he encontrado pruebas de una relación física.
Astrid dejó escapar una risa breve. Una risa que sonaba más dolorosa que el llanto.
—¿Es necesario?
Julio guardó silencio.
Astrid tragó saliva; la sentía amarga.
—Ya está claro que mi esposo me mintió. Me decía que se quedaba trabajando horas extra. Otras veces decía que había surgido un paciente de emergencia.
Su voz se fue quebrando poco a poco. Las lágrimas comenzaron a acumularse en el borde de sus párpados. Las manos le empezaron a temblar.
Astrid levantó la mirada hacia el techo de la sala, intentando contener las lágrimas que pugnaban por salir.
—Y resulta que estaba cenando con otra mujer.
La sala se sumió en un silencio absoluto.
Julio no respondió de inmediato. Porque a veces los hechos son mucho más dolorosos que las sospechas.
Cuando la llamada terminó, Astrid se quedó sentada a solas en la sala. Las luces de la casa seguían encendidas. Pero, por alguna razón, todo se sentía tremendamente oscuro.
La mirada de Astrid cayó sobre la foto familiar que estaba sobre la repisa junto al televisor. La foto que habían tomado dos años atrás, poco después de que nació Ariana.
Ahí, Lucas sonreía abiertamente mientras la abrazaba. El hombre incluso besaba la cabecita de Ariana, que en ese entonces aún era una bebé. Parecían la familia perfecta.
Astrid contempló la foto durante largo rato. Luego, despacio, las lágrimas comenzaron a caer. No lloró con fuerza; de hecho, contuvo los sollozos. Y justamente eso lo hacía aún más desgarrador. Porque esas lágrimas brotaban en silencio y en soledad. Cuando la realidad se descubre, la persona en quien más confiaba se alejaba lentamente de ella.
—Mami...
Astrid levantó la cabeza al instante. La vocecita venía de la escalera.
Ariana estaba ahí parada, abrazando su conejo de peluche favorito. El cabello alborotado. Los ojos aún entrecerrados por el sueño.
—¿Mami lloda?
Astrid se apresuró a secarse las lágrimas con el dorso de la mano.
—No, cariño.
Ariana caminó hacia ella con pasitos pequeños y algo tambaleantes. Al llegar al sofá, intentó treparse sola hasta que lo logró y se sentó junto a su madre.
La niña observó el rostro de Astrid durante unos segundos. Luego tocó la mejilla de su mamá con su manita diminuta.
—No llodes.
Astrid sonrió. Una sonrisa que casi se desmoronó.
—¿Por qué se despertó Ariana?
Ariana se frotó los ojos con el dorso de la mano.
—¿Mami tiste?
La pregunta inocente golpeó el corazón de Astrid con una fuerza demoledora. Sin poder contenerse más, jaló a su hija y la envolvió en un abrazo muy, muy apretado. Como si tuviera miedo de perder lo único que seguía siendo genuinamente puro en su vida.
Ariana también abrazó el cuello de su madre.
—Ana quede a mami.
Esa vocecita arrastrada hizo que las lágrimas de Astrid volvieran a caer. Esta vez no fue capaz de contenerlas.
Astrid besó el cabello de su hija una y otra vez, con los ojos cerrados.
—Mamá también quiere mucho a Ariana.
Y pasara lo que pasara, seguiría siendo fuerte por su hija.
A la mañana siguiente, Mateo llegó al lugar del proyecto cuando Astrid estaba revisando los diseños. El hombre se dio cuenta de inmediato de que algo era diferente.
—¿Puedo ser sincero?
Astrid no levantó la cabeza del dibujo en el que trabajaba.
—Dime.
—Se nota que no dormiste bien.
Astrid detuvo el lápiz. Luego soltó una risa breve. Una risa vacía de alegría.
—Julio llamó anoche.
Mateo comprendió al instante. Su expresión se volvió seria.
—¿Qué encontró?
Astrid miró el boceto que tenía delante. Pero sus ojos estaban perdidos.
—Lucas de verdad se ha estado viendo con Stella.
La sala enmudeció. Mateo no habló de inmediato. Porque sabía que no existían palabras capaces de borrar un dolor así.
—Astrid —Mateo la miró con serenidad—. ¿Estás bien?
La mujer giró hacia él. Esa pregunta tan sencilla volvió a hacer que le ardieran los ojos. Porque desde que todo había empezado, casi nadie se había preocupado de verdad por saber si ella estaba bien o no.
Astrid exhaló largamente. Y respondió con honestidad.
—No.
Su voz tembló.
—No estoy bien.
Mateo permaneció callado. No interrumpió ni ofreció consejos. Solo escuchó. Y, por alguna razón, eso significaba muchísimo más.
Astrid bajó la cabeza. Las lágrimas volvieron a llenarle los ojos.
—Es que no lo entiendo.
—¿Qué cosa?
—Yo le di todo. Todo. La herencia de mis padres. Mi tiempo. Mis sueños. Mi vida.
Astrid rio con amargura mientras negaba con la cabeza.
—Y ahora tengo que enterarme de que mi esposo se la pasa con otra mujer.
La mandíbula de Mateo se tensó. Pero siguió en silencio. Porque en ese momento, Astrid no necesitaba un defensor. Solo necesitaba a alguien dispuesto a escucharla.
Astrid se permitió llorar. No como la esposa de Lucas, ni como la nuera de Marta, ni como la mujer a la que siempre le exigían ser fuerte. Sino como Astrid. Una mujer con el corazón roto porque la persona que más amaba la había traicionado.
Mientras tanto, en otro lugar, Julio miraba fijamente unas fotos nuevas en la pantalla de su computadora portátil. Fotos que había recibido esa misma tarde.
En ellas se veía a Lucas y a Stella entrando al mismo hotel. Era evidente que no se trataba de un encuentro cualquiera. Julio contempló las imágenes durante un buen rato antes de soltar un suspiro pesado. Sabía que lo que descubriría después de esto probablemente destruiría a Astrid mucho más profundamente.