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Vas A Ser Mi Hombre

Vas A Ser Mi Hombre

Status: Terminada
Genre:Amor de la infancia / Romance / Diferencia de edad / Completas
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

​«Ella es la tentación de diecinueve años que rompió todas sus reglas. Él, el hermano mayor de su mejor amigo de toda la vida... y el hombre del que jamás debió enamorarse.»
​Mía siempre supo lo que quería, y lo que quería era a Leónidas Benavídez: un imponente arquitecto de treinta años, serio, dominante e inalcanzable. Para el mundo, Leónidas es un ejecutivo de hielo; para Mía, el único hombre capaz de hacerla arder.
​Cansada de ser vista como "la enana" o "la amiga de su hermano", Mía desata un peligroso juego de seducción que pondrá a prueba el rígido autocontrol de Leónidas.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 3: El rival en escena

​Quince minutos después, tras despedir a una indignada Vanessa que prometió cobrar revenge laboral al día siguiente a fuerza de exigencias presupuestarias, Leónidas regresó al salón principal. Tenía la firme intención de buscar a su hermano Joaquín, asegurarse de que el consumo de alcohol no sobrepasara los límites de la seguridad de la propiedad y retirarse a su departamento para intentar conciliar un sueño que sabía de antemano que le sería esquivo.

​Sin embargo, al cruzar el umbral del salón, sus pasos se detuvieron en seco.

​Cerca de la zona de los ventanales que daban al jardín, Mía no estaba sola. A su lado se encontraba un muchacho alto, de cabello rubio peinado con tupé estructurado, camisa de lino entreabierta y una sonrisa confiada de quien se sabe atractivo. Leónidas lo reconoció al instante: era Matías Silva, un estudiante de último año de la carrera de Administración de Empresas, famoso en el campus universitario por su apellido acomodado, sus autos deportivos y su reputación de conquistador incansable.

​Matías estaba inclinado sobre Mía con una cercanía que a Leónidas le resultó instantáneamente insoportable. Sostenía entre las manos una caja mediana envuelta en papel de regalo plateado con un lazo elegante.

​—De verdad no tenías por qué molestarte, Matías —decía Mía, manteniendo una distancia prudencial mientras aceptaba el paquete con cortesía pero sin exagerar el entusiasmo.

​—Para la chica más hermosa de toda la facultad, ningún detalle es suficiente —respondió Matías con una voz engolada y una inclinación coqueta que buscaba fijar la vista en el escote de Mía—. Es un perfume importado que me trajo mi viejo de su último viaje a Europa. Edición limitada. Pensé que iría perfecto con tu personalidad... efervescente.

​—Vaya, qué generoso —comentó Mía, atisbando la caja sin abrirla del todo.

​—Es solo un pequeño adelanto —insistió Matías, dando un paso más hacia ella e invadiendo su espacio personal sin ningún pudor—. Lo que realmente quiero regalarte es una cena esta semana. En ese restaurante italiano nuevo del puerto, el que tiene lista de espera de tres meses. Ya tengo la mesa reservada para dos el viernes. ¿Qué dices, Mía? Te paso a buscar a las nueve en mi auto.

​Mía abrió la boca para articular una respuesta elegante que declinara la invitación sin montar un espectáculo, pero no tuvo oportunidad de pronunciar palabra.

​Una sombra imponente se proyectó desde atrás, cortando la luz del ventanal y envolviendo la escena en una atmósfera repentinamente helada.

​Leónidas irrumpió en el espacio entre ambos con la elegancia pesada y amenazante de un depredador que reclama su territorio. Su figura alta y ancha eclipsó por completo la presencia de Matías. La camisa blanca de Leónidas, con las mangas arremangadas revelando antebrazos potentes, contrastaba con la postura erguida y rígida que adoptó de inmediato. Sus ojos oscuros, habitualmente serenos y calculadores, se fijaron en el muchacho rubio con una frialdad tan cortante que el aire pareció perder varios grados de temperatura en un segundo.

​—¿Hay algún problema aquí? —preguntó Leónidas. Su voz no era elevada, pero poseía un tono grave, bajo y cargado de una autoridad tan aplastante que el sonido de la música pareció quedar en segundo plano.

​Matías dio un paso atrás de manera instintiva, parpadeando sorprendido ante la irrupción del hombre mayor. Intentó recomponer su postura de galán, pero la diferencia de porte, edad y presencia física era demasiado abrumadora.

​—No... ninguno —dijo Matías, tragando saliva y mirando a Leónidas de arriba abajo con cierta inseguridad—. Solo le estaba entregando un regalo de cumpleaños a Mía y proponiéndole un plan para el fin de semana. ¿Y usted quién es? ¿El seguridad de la casa?

​Mía tuvo que morderse el labio inferior por dentro para no soltar una carcajada antológica. La vena del cuello de Leónidas se hinchó ligeramente ante la impertinencia del muchacho.

​Leónidas dio un paso frontal, acortando la distancia con Matías hasta quedar a escasos centímetros de él, mirándolo desde su imponente altura con un desprecio absoluto.

​—Soy Leónidas Benavídez. El dueño de la mitad de esta propiedad, el hermano mayor de Joaquín y la persona que te sugiere muy amablemente que guardes tus invitaciones y busques a alguien de tu edad para molestar.

​El apellido Benavídez resonó en la mente de Matías con el peso de la firma constructora que financiaba varios proyectos de la universidad y de la ciudad. La sonrisa engreída del joven se desintegró por completo, sustituida por un rictus de nerviosismo evidente.

​—Ah... el hermano de Joaquín. Claro... yo no pretendía molestar —balbuceó Matías, dando dos pasos hacia atrás mientras guardaba las manos en los bolsillos de su pantalón—. Solo era un gesto amable por el cumpleaños de Mía.

​—El gesto ya fue entregado —dijo Leónidas con voz de hielo, manteniendo la mirada fija en los ojos del estudiante sin pestañear un solo milisegundo—. Y la fiesta continúa fuera del área de los ventanales. Que tengas buena noche, Silva.

​La mención explícita de su apellido le indicó a Matías que Leónidas sabía perfectamente quién era y que no tenía el más mínimo interés en socializar. Sin añadir una sola palabra más, el joven rubio asintió torpemente, le dedicó una rápida mirada de auxilio a Mía y se retiró a toda prisa hacia el grupo de la pista de baile, desapareciendo entre la multitud como si lo estuviera persiguiendo un fantasma.

​Mía contempló la escena con los brazos cruzados bajo el pecho, la caja de regalo plateada sostenida con desgano entre los dedos y un brillo de triunfo absoluto bailándole en las pupilas.

​En cuanto Matías estuvo a una distancia segura, Leónidas giró sobre sus talones para encarar a Mía. Tenía las cejas fruncidas y el pecho subiendo y bajando con una respiración contenida y pesada. Sus celos, aunque él jamás lo admitiría en voz alta, habían quedado expuestos de la manera más cruda e incontrolable.

​—¿Se puede saber qué hacías hablando con ese idiota? —cuestionó Leónidas con aspereza, cruzando los brazos sobre el tórax en un gesto sumamente rígido.

​Mía ladeó la cabeza, mirándolo con fingida inocencia.

​—Estaba siendo educada, Leónidas. Es un compañero de la facultad que vino a traerme un regalo de cumpleaños. ¿O es que ahora también tengo que pedirte permiso para recibir regalos?

​—Ese tipo no estaba siendo educado, Mía. Te estaba mirando como si fuera a devorarte con la mirada y proponiéndote salidas a solas. Es un engreído que solo busca coleccionar conquistas en la universidad.

​—Bueno, al menos él tiene el valor de invitarme a cenar y decirme abiertamente lo que quiere conmigo —disparó Mía con una rapidez letal, dando un paso hacia él y alzando la barbilla para sostenerle el duelo de miradas—. No como otros hombres de treinta años que se dedican a vigilarme desde las esquinas, a espantar a mis pretendientes y a poner cara de perro de caza cada vez que un chico se me acerca a menos de dos metros.

​Leónidas sintió el golpe directo en el orgullo. Se acercó un paso más a ella, quedando tan cerca que la caja de regalo quedó aprisionada suavemente entre los pechos de ambos. El calor que emanaba del cuerpo de Mía era una tentación física que le nublaba el juicio.

​—Hago esto porque soy el hermano de tu mejor amigo y porque me preocupa con quién te relacionas —mintió Leónidas con la voz vuelta un gruñido grave y áspero.

​Mía soltó una risita suave, una melodía burlona y extremadamente sensual que pareció acariciarle los nervios a Leónidas.

​—Mentira, Leónidas Benavídez. Mentira rotunda —murmuró ella, inclinándose apenas un milímetro hacia arriba, dejando que su aliento cálido le rozara la mandíbula firme a él—. No lo haces por ser el hermano de Joaquín. Lo haces porque te estás muriendo de celos. Porque no soportas la idea de que otro hombre me toque, me mire o me lleve a cenar. Porque te mueres de ganas de ser tú el que esté ocupando ese lugar.

​Leónidas se quedó paralizado. Su mente analítica intentó articular una defensa racional, una negación tajante que restableciera la distancia y la jerarquía entre ambos, pero las palabras se le quedaron atoradas en la garganta. La cercanía del cuerpo de Mía, la curva tentadora de sus labios rojos a pocos centímetros de los suyos y la certeza absoluta de que ella tenía toda la razón del mundo paralizaron sus defensas.

​Mía sonrió con la satisfacción de quien ha ganado una batalla crucial sin disparar una sola bala de más. Dio un paso atrás, rompiendo el contacto, y le entregó la caja plateada de regalo a Leónidas directamente en el pecho. Él la tomó por instinto.

​—Sosténmelo un segundo, ¿sí? Voy a ir a buscar a tu hermano para cortar el pastel. Y por cierto, Leónidas... —Mía se detuvo antes de alejarse, mirándolo por encima del hombro con una chispa ardiente en sus ojos oscuros—: El viernes no voy a ir a cenar con Matías. Pero si sigues comportándote así de celoso, voy a empezar a pensar que estás preparando una propuesta mejor.

​Sin esperar respuesta, Mía caminó hacia el centro de la pista con un contoneo suave y decidido de caderas que dejó a Leónidas sin aliento, sosteniendo la caja de perfume importado en la mano como si fuera un trofeo ridículo y sintiendo que el control de su propia vida se le escapaba definitivamente entre los dedos.

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Martha Divas Delgado
❤️❤️❤️🤭🥰 estoy henamorada☺️
Martha Divas Delgado
hay Vanesa te van a ASER k comas polvo en tu caida🤭
Martha Divas Delgado
🥰me encanta mia sabe lo k quiere❤️
Martha Divas Delgado
jajaja jajaja jajaja pobre leonidas☺️
Martha Divas Delgado
jajaja jajaja leonidas cuídate por k mia te comerá y🤭 completito
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