Ariana Montero es, a los ojos de todos, una esposa insignificante.
Su suegra la humilla en cada cena. Su esposo, Simón Valverde, la exhibe como un adorno inútil mientras pasea a su amante del brazo frente a la familia. Nadie le pregunta adónde va por las noches. Nadie sospecha que debajo del vestido sencillo y el silencio calculado se esconde una de las cirujanas cardíacas más brillantes del país.
Cuando un misterioso inversionista llamado Santiago Guerrero la recluta para dirigir un ambicioso proyecto médico, los dos mundos de Ariana comienzan a colisionar. En el hospital es la "Doctora Genio", una leyenda anónima cuyos dedos han salvado vidas que otros daban por perdidas. En casa sigue siendo la mujer a la que nadie toma en serio.
Pero los secretos tienen fecha de caducidad.
A medida que su identidad se resquebraja, Ariana descubre algo mucho más peligroso que un matrimonio roto: la muerte de sus padres —dos médicos célebres que perecieron en un supuesto accidente automovilístico— fue un asesinato orquestado por las mismas familias que hoy la rodean. Un hombre con el rostro marcado por cicatrices, un tío político con las manos sucias y una suegra cuya elegancia esconde complicidad van tejiendo un rompecabezas que lleva veinticinco años enterrado.
Entre conspiraciones familiares, traiciones inesperadas, bisturís y balas, Ariana deberá decidir hasta dónde está dispuesta a llegar para honrar la memoria de quienes le dieron la vida... y si el hombre que le ofrece protección merece también su confianza.
Porque en esta historia, ser subestimada no es una debilidad.
Es una ventaja.
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Capítulo 5
En casa, la noche posterior al banquete, Simón permanecía sentado en la sala con el saco que aún no se había quitado. Las luces seguían encendidas a toda potencia, como si desafiara al reloj a propósito. Esperaba a que Ariana regresara para interrogarla y exigirle una explicación.
Sin embargo, las agujas del reloj siguieron avanzando más allá de la medianoche y Ariana no apareció.
—¿¡Dónde se metió!? —gruñó, y con irritación marcó el número de su esposa. En lugar de la voz que esperaba, respondió la operadora: el teléfono estaba apagado.
—¡Esa mujer! ¡Cómo se atreve a apagar el celular! —masculló; la mandíbula se le tensó.
A la mañana siguiente llegó un sobre marrón. Sin el menor presentimiento, Simón lo abrió con prisa. Varias hojas de papel oficial cayeron al suelo.
Demanda de divorcio.
El rostro se le demudó antes de arder de furia.
—¡Ariana…!!!
Mientras tanto, en el departamento que acababa de volver a ocupar, Ariana estaba sentada con calma frente a su laptop. Todas sus pertenencias habían sido trasladadas de la casa de Simón: sin ruido, sin drama.
En la pantalla se desplegaban hileras de datos y documentos perfectamente organizados. Estudiaba informes financieros, el flujo de proyectos médicos y varias transacciones sospechosas que hasta entonces habían pasado inadvertidas para el público.
Su mirada era afilada; ya no quedaba rastro de duda.
Si crees que me fui solo por orgullo herido… te equivocas, Simón.
Su dedo se detuvo sobre un nombre y una cifra que no cuadraban. Una transferencia cuantiosa a una cuenta vinculada con una fundación médica, la fundación que durante años había sido el estandarte de Simón.
Ariana se recostó en la silla. El juego aún no terminaba.
El divorcio era solo el primer paso.
En su despacho silencioso, impregnado de aroma a madera fina, Santiago recibió un expediente delgado de manos de su hombre de confianza. Entornó los ojos al leer los resultados de la investigación.
—Así que… la doctora Ariana, la doctora genio, es la esposa legal de Simón Valverde —murmuró; la comisura de sus labios se elevó apenas—. Interesante. Todo este tiempo, la que ha estado al lado de Simón ha sido otra mujer. ¿Será simple profesionalismo… o una infidelidad?
Su subordinado inclinó la cabeza con respeto antes de responder; la voz, serena y mesurada:
—Por el momento no se han hallado pruebas de que el señor Simón sea infiel, señor. Sin embargo, es un hecho que en cada banquete y reunión de negocios siempre lo acompaña la doctora Mariana. Es la médica de confianza del proyecto de la empresa.
Santiago apoyó la espalda en el respaldo de la silla y tamborileó los dedos sobre la superficie del escritorio. Su mirada se volvió incisiva, como si estuviera trazando el siguiente movimiento.
—Continúa con la investigación —ordenó con firmeza—. Quiero hechos, no suposiciones. Si hay una grieta, por pequeña que sea, encuéntrala.
—Sí, señor. Lo atenderé de inmediato.
El silencio volvió a envolver la habitación. Pero detrás de esa quietud, algo se estaba poniendo en marcha.
Esa noche, en su casa, Simón estrelló una copa de cristal contra la pared.
—¿¡Ella me demandó primero!? —la voz se le quebró de rabia y de un orgullo hecho pedazos.
Mirna permanecía rígida junto a la ventana.
—Eso no puede pasar. El buen nombre de la familia quedará manchado.
—¿Cree que puede hundirme? —Simón soltó una risa gélida—. No es más que una mujer sin empleo.
Pero aquellas palabras sonaron vacías incluso para sus propios oídos. Porque desde la noche de la gala, los murmullos habían empezado a circular.
Su esposa fue quien salvó al comisario. ¿Por qué no la doctora Mariana, a la que Simón siempre presumía? Y dentro de poco, sin duda, surgirían noticias preguntando por qué se divorciaban justo después del incidente.
Su orgullo estaba herido, y Simón nunca había sabido reparar nada de otra forma que no fuera atacando.
Al día siguiente se convocó una conferencia de prensa improvisada tras filtrarse la noticia del divorcio.
Simón se plantó frente a los periodistas.
—Mi esposa ha estado sometida a una presión emocional considerable y decidió abandonar el hogar sin una discusión madura. Respeto su decisión, aunque no sea la más prudente.
La frase era delicada, pero el mensaje resultaba transparente. Estaba construyendo una narrativa: que Ariana era emocionalmente inestable.
Y, por supuesto, la prensa jamás dejaba pasar algo que pudiera convertirse en material noticioso; de inmediato inflaron la historia, moldeándola como si fuera un drama digno de primera plana.
En su departamento, Ariana vio la repetición sin inmutarse. Porque la guerra psicológica no se trata de quién habla más fuerte, sino de quién sostiene las pruebas más contundentes.
Mientras tanto, Mariana también había comenzado a moverse. Contactó a una de las enfermeras veteranas del Hospital Horizonte, alguien que en su momento no había pasado el proceso de ascenso.
—Solo necesito acceso al calendario de cirugías y a los reportes de complicaciones de los últimos tres meses —dijo Mariana en voz baja—. Sobre todo las operaciones firmadas por esa jefa de equipo anónima.
—¿Para qué, doctora?
—Para asegurarme de que nada esté exagerado.
Pero lo que buscaba no era la verdad: buscaba una grieta para derribar a Ariana. Y si la encontraba, le bastaría un solo caso para manipularlo.
Poco después, Mariana lo encontró. Había un paciente de bypass coronario que sufrió complicaciones posoperatorias y falleció dos días más tarde. El caso era en realidad complejo: factores de comorbilidad severos y un riesgo elevado desde el principio. Pero en las manos equivocadas, los datos pueden cambiar de significado.
Mariana esbozó una sonrisa fina.
—Hasta una doctora genio puede cometer errores, ¿no? —murmuró con frialdad.
Una semana después.
Un medio de comunicación del ámbito sanitario publicó de pronto un artículo anónimo:
«¿La jefa del equipo quirúrgico del proyecto del Centro Cardíaco oculta la muerte de un paciente?»
El contenido era especulativo: no mencionaba nombres, pero señalaba con el dedo.
Los inversionistas empezaron a inquietarse. Santiago recibió el informe con el rostro impasible.
—¿Quién es la fuente?
—El rastro digital conduce a una cuenta vinculada con un dispositivo interno de la empresa Valverde.
Santiago no reaccionó de inmediato.
—No eliminen ese artículo.
—¿Señor?
—Dejen que se difunda.
Su asistente enmudeció.
Santiago sonrió levemente.
—A veces, quien se cree listo enseña todas sus cartas antes de lo que debería.
La presión empezó a sentirse en el hospital. Varios miembros del equipo cuestionaron las decisiones clínicas del caso en cuestión, pero Ariana mantuvo la calma.
—Reúnan todos los expedientes médicos originales —indicó Ariana de forma concisa.
Se sentó a revisar el procedimiento de nuevo, fotograma por fotograma de la grabación quirúrgica.
No había ningún error técnico.
Lo que había era algo anómalo en la administración de medicamentos posoperatorios. La dosis de anticoagulante registrada difería entre la indicación y la ejecución.
Ariana entornó los ojos.
—Esto no fue una complicación espontánea. Fue una manipulación.
Y al otro lado de la ciudad, Simón se volvía cada vez más agresivo. Asistió a otro banquete y esta vez llevó a Mariana abiertamente del brazo.
—Mi esposa está demasiado ocupada en su propio mundo —comentó delante de varios colegas—. Se olvidó de cómo apoyar a su marido.
Alguien preguntó con cautela:
—¿Pero no fue ella quien salvó a don Alejandro Suárez aquella noche?
Simón sonrió con frialdad.
—Eso fue solo un acto reflejo de primeros auxilios, no hay que exagerarlo. La doctora Mariana es mucho más competente. Lo que pasó fue que Ariana se entrometió de repente sin medir su lugar.
Mariana sintió que Simón se ponía de su lado y decidió ir más lejos. Envió un informe formal al comité de ética médica exigiendo una investigación contra la doctora anónima por presunta mala praxis encubierta en aras de la reputación del proyecto. Estaba convencida de una cosa: si la reputación de aquella doctora se derrumbaba, el proyecto tambalearía. Y Simón volvería a tener el control.
Pero Mariana no se daba cuenta de algo: una investigación oficial implicaba una auditoría integral. Eso incluía acceso a las grabaciones internas y también al registro del sistema farmacéutico digital. Y ahí, precisamente ahí, el nombre de usuario que modificó la dosis del medicamento posoperatorio constaba con toda claridad.
No pertenecía al equipo titular, sino a un acceso de respaldo utilizado por una doctora invitada con permiso temporal: la doctora Mariana.
Esa noche, Santiago convocó a Ariana en persona por primera vez fuera de un contexto profesional.
—Este escándalo fue provocado a propósito —dijo sin rodeos.
—Lo sé.
—¿No estás enojada?
Ariana miró la pantalla de su laptop, donde se exhibían las pruebas digitales.
—Me interesa más esa persona. Tiene demasiada confianza en sí misma.
Santiago guardó silencio un momento.
—Si esto se publica, tu identidad podría quedar expuesta.
—Todavía no quiero dar la cara.
—¿Entonces?
Ariana cerró la laptop con lentitud.
—Escalemos esto a una guerra abierta.
—¿Sin revelar tu nombre?
—Sin revelar mi nombre. —La mirada de Ariana se tornó gélida—. Dejemos que crean que están a punto de ganar y luego arranquémosles el suelo de un solo golpe.
Al día siguiente, el Comité de Ética anunció los resultados preliminares:
«Se encontraron indicios de manipulación de datos farmacéuticos en el caso denunciado como mala praxis.»
El nombre del responsable aún no se hacía público, pero la investigación apuntaba a una doctora externa con acceso temporal. Eso señalaba a… Mariana.
Mariana leyó el comunicado con las manos temblorosas.
—No puede ser… —susurró.
Estaba segura de haber borrado su rastro, pero los sistemas digitales nunca olvidan de verdad.
Mientras tanto, Simón recibió una llamada de uno de los inversionistas.
—Posponemos las negociaciones de cooperación hasta que su situación interna se estabilice.
Las palabras le cayeron como un golpe.
Divorcio. Escándalo. Rumores de infidelidad y acusaciones de manipulación médica. Simón sentía que el control se le escapaba por completo de las manos. Y todo había ocurrido después de que Ariana se fue.
Se quedó de pie, solo, en la enorme sala que ahora le parecía vacía, y entonces brotó una pregunta que no quería reconocer:
¿Cuál era, en realidad, la razón por la que siempre había menospreciado e ignorado a Ariana? ¿Solo porque era la esposa que su abuelo eligió por él? Incluso en su soberbia, había creído que Ariana no merecía su amor.