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Los Gemelos Secretos del Magnate

Los Gemelos Secretos del Magnate

Status: Terminada
Genre:CEO / Embarazo no planeado / Reencuentro / Juego de roles / Completas
Popularitas:253
Nilai: 5
nombre de autor: jessica001002

Hace siete años, Lúcia pasó una sola noche con su jefe, Elias Varella, el CEO más frío de Manhattan. A la mañana siguiente, él le dejó claro que no era nada especial. Ella renunció, se llevó el corazón roto… y un secreto que él nunca sospechó.

Hoy Lúcia trabaja en dos empleos para que Enzo y Mia, sus gemelos de siete años, no le tengan miedo al futuro. Limpia oficinas de día, cose hasta la madrugada y casi nunca come. Hasta que un accidente en el peor momento la deja cara a cara con el hombre que juró no volver a ver. Y Elias, que nunca ha perdido una negociación, empieza a hacer cuentas: las edades, las fechas, los ojos de esos niños.

Cuando la verdad sale a la luz, él no pide permiso. Quiere a sus hijos en su casa, bajo su apellido, y está dispuesto a usar todo su poder para lograrlo. Pero Lúcia ya no es la asistente que se rindió en silencio, y los niños no saben si pueden confiar en un padre que apenas conocen.

Entre una mansión demasiado grande, una familia que no los quiere y una mujer decidida a protegerlos de todos, incluso de él, Elias tendrá que aprender lo que ningún dinero le ha enseñado: pedir perdón, tener paciencia y ganarse el amor que una vez despreció.

¿Podrá un padre llegar tarde y aun así quedarse? ¿Y alguien puede volver a confiar en el hombre que le rompió el corazón?

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Capítulo 5

Lúcia

—¡Mamá! —la voz de Mia rompe el silencio suave de la sala, algo ahogada por el sueño, pero llena de una emoción que apenas puede contener.

—¡Te estábamos esperando! —completa Enzo, justo detrás, en un tono más bajo.

Entro en la salita acogedora de la casa de doña Rosa y ahí están, hechos bolita en el sofá, tapados con la cobija a cuadros que ya es una vieja conocida nuestra, gastada en las orillas de tanto uso. A los dos se les cierran los ojitos de sueño, pero aun así brillan con esa luz que solo un niño puede conservar después de pasar el día entero guardando un secreto. Se lanzan miradas rápidas, sonríen de lado, esconden las manitas detrás de la espalda como quien protege un tesoro.

Bostezan despacio, uno tras otro, pero se esfuerzan por mantenerse despiertos. Claramente ansiosos. A punto de estallar si me tardo un segundo más.

—Hola, mis pequeños… —susurro, arrodillándome en el piso frío para quedar a su altura, con ese apretón en el pecho que es el único cansancio que vale la pena—. Tienen mucho sueño, pero se ven llenos de energía, ¿eh?

—Tenemos una sorpresa —confiesa Mia, casi sin voz, inclinándose hacia mí, con el pelo suelto cayéndole sobre la carita—. ¡Pero no puedes preguntar!

—Es secreto hasta la hora —añade Enzo, serio, como si guardarlo fuera la misión más importante de su vida.

En ese instante aparece tía Cida, despacio, desde la cocina, con el estrecho pasillo iluminado por un haz de luz amarilla a su espalda. En las manos lleva un plato, y sobre él, un pastel redondo, decorado de un modo casi torpe, hecho con cariño y no con técnica. Una sola vela delgada, encendida en el centro, tiembla apenas con el movimiento de la mujer por la sala y la llama proyecta sombras suaves en su rostro amable.

—Feliz cumpleaños, Lúcia —dicen las dos, doña Rosa y tía Cida, casi al unísono, con las voces mezcladas en un solo cariño.

Me quedo paralizada. El cuerpo entero se olvida por un segundo de cómo moverse. Entre los turnos dobles, las cuentas que nunca cuadran y un cansancio que ya no se me quita ni durmiendo, había olvidado por completo mi propia fecha. Ni se me había pasado por la cabeza. Y ahí, frente a ese pastel chueco y esa velita, me doy cuenta de que ni yo misma me había acordado de mí.

—¡Nosotros ayudamos a hacer el pastel! —cuenta Mia, de pronto mucho más despierta, con el sueño barrido por la emoción—. ¡Mezclamos la masa con la tía, mamá, muy despacito para que no se derramara!

—Y nos quedamos calladitos todo el día para no arruinar la sorpresa —agrega Enzo, con el pecho inflado de orgullo por su propio disfraz, como si hubiera guardado un secreto de Estado.

—Yo… —la voz me falla—. No tengo palabras. Hasta yo me había olvidado de que hoy era mi cumpleaños.

—Entonces pide un deseo, mamá —pide Mia, brincando un poco en su lugar, ansiosa.

Cierro los ojos un segundo antes de soplar. Pienso en ellos dos, solo eso, y soplo la llama despacio, sintiendo cómo el corazón se me abre como hacía mucho que no pasaba. El pequeño grupo aplaude bajito, cuidando de no despertar a toda la calle. Tía Cida me entrega el plato con una rebanada generosa y el primer bocado es dulce y suave, y me calienta más el alma que el estómago. Es, sin exagerar, el gesto más bonito que recibo en años.

—Gracias… por acordarse de mí —logro decir, abrazando a los dos, que se aprietan contra mí con toda la fuerza pequeña que tienen—. Y gracias por cuidarnos tan bien. No se imaginan lo que eso significa.

—¡Ahora es nuestro regalo! —Mia sale corriendo hacia la mesita de la esquina, con Enzo detrás, los dos disputándose quién sostiene más la hoja de papel doblada por la mitad—. ¡Yo lo hice!

—Lo hicimos nosotros, Mia —corrige él, con su paciencia de siempre.

Tomo la hoja con cuidado, como si fuera algo frágil, y la abro despacio. Una sonrisa me nace sola en cuanto veo el dibujo. Trazos chuecos de crayola, colores que se salen un poco de las líneas, pero llenos de intención. En el centro estoy yo, con un sombrero de cumpleaños torcido y una sonrisa enorme, dibujada más grande que el resto de la cara. A los lados, los dos abrazándome con brazos demasiado largos para el cuerpo. Y un poco más atrás, doña Rosa y tía Cida, con vestido de flores, exactamente como las usan de verdad. Hasta los aretes de Rosa están ahí, dos puntitos amarillos cuidadosamente dibujados.

—Me encantó —la voz me sale ahogada y se me escapa una lágrima antes de poder contenerla. Los cubro de besos, uno en cada mejilla, y arranco risitas que da gusto oír—. Los amo más que a nada en esta vida. ¿Lo sabían?

—¡Sí! —ríe Mia, apartándose un poco solo para mirarme a los ojos—. ¡Lo dices a cada rato!

—Y lo seguiré diciendo —respondo, besándole la coronilla.

Me despido con cariño de las vecinas, con un abrazo largo para cada una y palabras de agradecimiento que nunca parecen suficientes para todo lo que hacen por nosotros. Sigo después de la mano de Enzo y Mia por la calle casi desierta, con el viento de la madrugada más tenue ahora, casi amable. Los dos arrastran los pies de sueño, pero no me sueltan la mano ni un momento.

En cuanto llegamos a casa, los acomodo en la cama pequeña que comparten y les subo la cobija hasta la barbilla. Se duermen casi al instante, todavía con un resto de sonrisa en la cara, como si ni dormidos quisieran soltar aquella alegría.

Me quedo sentada en el piso, junto a la cama, mucho rato, solo oyendo su respiración tranquila, tan distinta de la mía, guardando en la memoria el olor a chocolate que aún flota en el aire, la imagen de la vela temblando, el peso bueno de ese día. Aun con la vida difícil, con lo poco que tenemos, hoy descubrí de nuevo que no estamos del todo solos en este mundo.

Miro el reloj de la pared: la una de la madrugada.

—Perdónenme… —susurro al cuarto, a esos dos que ya no me oyen.

Y es entonces cuando por fin dejo bajar las lágrimas. Apoyo la cabeza en la orilla de la cama y lloro bajito, con el cuerpo cargando el cansancio acumulado de un día entero, de una vida entera.

Así me siento. Insuficiente. Después de pasar el día lejos de ellos, corriendo de un trabajo a otro, solo para verlos de verdad ahora, de noche, cuando ya están dormidos. Ya no recuerdo cuándo fue la última vez que tuve tiempo de verdad con mis hijos. No esta rutina apurada de siempre, sino tiempo de verdad, sin reloj, sin prisa, sin culpa pesándome en el pecho.

Hago todo lo que puedo para que no les falte nada. Comida en la mesa, ropa lavada, un techo sobre la cabeza. Lo intento con todas las fuerzas que me quedan.

Pero al final, siempre falta lo más importante.

Yo.

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