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Rechazada por gorda, elegida como madre

Rechazada por gorda, elegida como madre

Status: Terminada
Genre:Matrimonio contratado / Grandes Curvas / Divorcio / Amor Campestre / Completas
Popularitas:433
Nilai: 5
nombre de autor: CovieVy

El día que su divorcio quedó firmado, Mireya terminó en el suelo del estacionamiento del juzgado, con las rodillas ensangrentadas, noventa y cinco kilos de humillación y cuatro dólares en la cartera. Su exmarido la llamó «gorda». Su exsuegra y su excuñada, «cerda». Nadie se detuvo a ayudarla.

Esa misma tarde, un anuncio en las redes sociales le abre una puerta imposible: SE BUSCA A ALGUIEN DISPUESTA A SER MADRASTRA.

Al final de un camino de tierra la espera una hacienda enorme, un niño de cinco años que se niega a comer y a dejarse tocar, y Álvaro Zarreta: un hombre de mirada helada que no necesita una esposa, solo una madre para su hijo. Una prueba absurda, un plato de arroz frito y un matrimonio por contrato después, Mireya descubre que la tierra descuidada de esa hacienda le habla como a nadie, que un niño puede enamorarse de quien le roba la comida, y que hasta el hombre más callado sabe, a su manera, celar.

Pero su pasado no se ha ido. El exmarido que la tiró como basura reaparece. Las reglas del contrato no son tan claras como parecían. Y en esa casa hay un pasado del que nadie le ha hablado.

NovelToon tiene autorización de CovieVy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

8. El contrato matrimonial

Mireya, que seguía despierta, cerró el libro de cuentos.

Observó la carita dormida a su lado.

—Qué rápido te dormiste —murmuró.

Con la mano le acomodó la manta, que se le había resbalado un poco.

Sin que ella lo notara, alguien se había detenido tras la puerta entreabierta.

Álvaro.

Acababa de cruzar el pasillo cuando oyó la voz de Elián. Se detuvo. Su mirada se dirigió hacia el interior del cuarto.

Desde donde estaba, vio a su hijo dormir tranquilo junto a Mireya.

Sin la inquietud de siempre. Sin el miedo de antes a cualquier ruido que llegara de la ventana.

Sin la manita que se aferraba a las sábanas, como solía hacer cuando dormía en su propia habitación.

Elián incluso parecía cómodo, recostado contra el brazo de ella.

Álvaro se quedó quieto un buen rato.

Durante cinco años había probado todo tipo de maneras de lograr que su hijo aceptara a otra persona.

Ninguna había funcionado.

Y esa mujer, que llevaba allí apenas unas horas, había conseguido que Elián comiera, riera y hasta pidiera dormir con ella.

Soltó el aire despacio. No sabía qué le había hecho Mireya a su hijo.

Pero era evidente que había algo distinto. Así que tomó una decisión, esa misma noche. Y se atrevió a llamar a la puerta.

Toc.

Toc.

Toc.

Sus miradas casi se cruzaron por la rendija.

—Mireya.

Ella bajó de la cama de inmediato.

—¿Señor Álvaro?

—Baja. Quiero hablar contigo.

Mireya miró a Elián, que seguía dormido.

Se acercó a la puerta sin hacer ruido.

—De acuerdo.

Abrió. Pero Álvaro ya se había adelantado por el pasillo.

Volvió a cerrar. De pronto se le había tensado la cara.

¿Por qué me llama así, de repente?

Las palabras de don Camilo le vinieron a la mente.

No intente seducir al señor Álvaro.

No espere que el señor Álvaro la ame.

No pregunte por el trabajo del señor Álvaro.

Y, sobre todo, la que más le erizaba la piel: las historias de las mujeres que se habían postulado para ser madrastra de Elián.

Tragó saliva.

¿Y si yo corro la misma suerte?

Miró hacia los cultivos, apenas visibles desde la ventana.

Santo cielo. ¿Y si me cuelgan del árbol más alto por haberme ganado a Elián demasiado rápido?

Negó con la cabeza.

—Imposible.

Respiró hondo.

—Cálmate, Mireya. No has hecho nada malo.

Comprobó que Elián seguía dormido y salió del cuarto.

Avanzó por el pasillo con paso cuidadoso. Cada paso le pesaba más que el anterior.

En cuanto llegó a la sala, vio a Álvaro sentado en uno de los sofás.

Parecía tranquilo, leyendo algo en una hoja.

Volvió a acordarse de las palabras de don Camilo.

Un hombre así, cuando se enoja, a lo mejor ni se nota.

Mireya se sentó en el sofá de enfrente.

Dejó las manos sobre el regazo.

—¿Quería hablar de algo, señor?

Álvaro no respondió enseguida. Su mirada, en cambio, empezó a moverse con lentitud.

Desde la punta de su cabello... bajó al rostro, luego a la ropa que llevaba... hasta detenerse en sus manos.

Mireya tragó saliva. ¿Por qué me mira así?

Por fin Álvaro habló.

—Parece que a Elián le caes muy bien.

Mireya asintió.

—Eso parece.

—¿Tienes hijos?

Ella negó con la cabeza.

—No.

Álvaro la miró.

—¿Nunca?

—Nunca.

Mireya guardó silencio un instante antes de continuar.

—Solo tengo experiencia cuidando al sobrino de mi exmarido.

Álvaro arqueó apenas una ceja.

—¿Por cuánto tiempo?

—Desde que era un bebé hasta que cumplió unos tres años.

—¿Y después?

Mireya bajó la vista.

—Después de divorciarme, no volví a verlo.

El salón quedó en silencio.

La mirada de Álvaro bajó otra vez.

Esta vez se detuvo en los dedos de Mireya. Más exactamente, en la pequeña cicatriz del anular. La marca del anillo.

Se había dado cuenta.

—Tu herida no ha sanado.

Mireya también miró su dedo.

—Ah.

Movió la mano.

—¿Esto?

Álvaro asintió.

—No es nada. Ayer me obligaron a quitarme el anillo. Con el tiempo, el anillo de mi boda de antes me fue quedando cada vez más pequeño. —Lo dijo con ligereza.

Pero Álvaro no preguntó más.

Se limitó a entregarle las hojas que tenía en la mano.

Las dejó frente a ella.

—Lee.

Mireya miró los papeles.

—¿Qué es esto?

—Un acuerdo.

Tomó las hojas. De inmediato sus ojos encontraron el título impreso en la primera página.

CONTRATO MATRIMONIAL

Mireya se quedó helada.

—¿Esto es...?

—Léelo hasta el final.

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