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El Don en quien confiaba mi hermano

El Don en quien confiaba mi hermano

Status: Terminada
Genre:Mafia / Juego de roles / Diferencia de edad / Romance oscuro
Popularitas:11
Nilai: 5
nombre de autor: Elena Marlowe

Sienna Hale tiene veinticuatro años, un título de diseño de modas y ninguna intención de volver a ser la hija obediente de nadie. Cuando por fin consigue escapar de su pasado, su hermano Wes le ofrece un refugio: un apartamento en lo más alto de Larkspur Tower, en Vale Harbor, donde la espera una regla muy simple. Mantente lejos de Ronan Kestrel.

Ronan es el mejor amigo de Wes, el hombre al que todos en la ciudad le hablan en voz baja y a quien nadie se atreve a decirle que no. Tiene la mirada de quien ya decidió algo y una cocina donde, a las tres de la madrugada, hay cosas que Sienna no debería haber visto.

Ella necesita un trabajo, un nombre propio y un lugar donde no tenga que demostrar nada. Él necesita que ella sea intocable. Pero entre cenas incómodas, miradas que duran un segundo de más y una puerta que alguien deja entreabierta, los dos empiezan a descubrir que la prohibición solo hace más difícil resistirse.

Mientras Sienna construye la carrera con la que siempre soñó, el mundo de Ronan, con sus familias, sus deudas y sus enemigos, empieza a acercarse demasiado. Y confiar en el hombre equivocado puede costar mucho más que un corazón roto.

NovelToon tiene autorización de Elena Marlowe para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

Capítulo 16: Se lamió mi sabor del pulgar

Sienna

Sonó mi celular. Ese número. Lo miré vibrar sobre la alfombra. Una vez. Dos. Tres. Si no contestaba, ¿qué haría? Lo levanté con dedos temblorosos.

—¿Hola?

Mi voz salió minúscula. Lo odié.

—Hola, hermosa.

Cole. Cinco años, y su voz todavía me hacía esto. Esa sonrisita perezosa metida en ella. Podía ver su cara como si estuviera parado frente a mí.

—¿Qué quieres? —pregunté.

—A ti.

Así, sin más. Cerré los ojos.

—Cole, por favor. Han pasado años. Ya no puedo con estos juegos.

—¿Juegos? —Su voz se afiló—. Te fuiste en plena noche. Cambiaste de número. Simplemente desapareciste. ¿Y crees que yo soy el que juega?

—Por favor, solo déjame en paz.

—Huir no hace que dejes de ser mía, baby boo.

Luego se rio. Suave y feo.

—Y gracias por la foto. Bonitos pants. Siempre te veías bien medio desnuda.

Se me revolvió el estómago. La foto. Dios. Le mandé la foto.

—Contéstame cuando te escriba —dijo—. O le escribo a tu hermano. Seguro a Wes le encantaría saber qué hacía su hermanita para ganar dinero.

—No. Por favor. Deja a Wes fuera de esto.

—Entonces pórtate bien.

Colgó.

No me levanté de la cama el resto del día. Me quedé ahí tirada con mis pants, mirando el techo, con náuseas. ¿Cómo me encontró? ¿Cómo consiguió mi número? Ni siquiera Dawn lo tenía.

Nos vemos por ahí.

¿Sabía dónde vivía? No. No podía. Este edificio tenía más seguridad que un banco.

Pero con dos minutos de Cole de vuelta en mi vida, ya me estaba derrumbando.

—¡Si! ¡Ya llegamos! ¡Trajimos comida!

Wes. Me arrastré fuera de la cama y fui a la sala. No venía solo. Ronan estaba ahí. Y Owen. De pie en mi cocina recién estrenada, sacando bolsas de Olive & Ash.

Y yo en pants. Mis pants. Sin maquillaje, con el pelo en un chongo desordenado y los ojos todavía rojos.

Quise darme la vuelta y huir, pero ya era tarde. Todos me habían visto.

—Hola —dije.

Intenté sonreír. No funcionó. Wes me miró y frunció el ceño de inmediato.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Te ves enferma.

—Vaya. ¿Tan mal me veo? —Me jalé los pants—. ¿Es por esto?

Su cara cambió. Sabía. Sabía lo de nuestro padre y los pants. Sabía lo que significaban para mí. Se acercó y me puso la mano en el hombro.

—No —dijo con suavidad—. Te quedan bien. Te ves bien.

Casi me puse a llorar ahí mismo.

Wes me sirvió un plato. Pasta. Pan. Esas alcachofitas fritas que me encantaban. Luego sonó su celular y se fue a su cuarto a contestar. Owen salió al pasillo, y eso me dejó sola en la cocina.

Con él.

Ronan iba de negro otra vez. Traje negro, camisa negra, abierta en el cuello. Debía de venir de una reunión. Se recargó en mi barra como si fuera suya.

—Gracias por las flores —dije en voz baja—. Si fuiste tú.

Asintió una vez, así que fue él. Las flores eran de Ronan.

Pero los mensajes no.

Se despegó de la barra y caminó hacia mí. Se detuvo justo frente a mí. Luego me recorrió despacio con la mirada. Del chongo desordenado a los ojos rojos, al cárdigan viejo, a los pants grises holgados, a los pies descalzos. Me removí. No pude evitarlo.

—Tu hermano tiene razón —dijo—. Algo pasa.

—No. No pasa nada.

—Sienna.

Esa voz.

Miré mi plato. Probé un bocado de pasta para no tener que hablar.

—Mírame.

Levanté la vista. Estaba tan cerca. Ojos azul oscuro, cejas oscuras fruncidas. No estaba enojado. Era otra cosa. Algo para lo que no tenía palabra. Levantó la mano.

Su pulgar tocó la comisura de mi boca. Me quedé helada. Despacio, con suavidad, me limpió una manchita de salsa del labio. Luego se llevó el pulgar a su propia boca.

Y lo lamió hasta dejarlo limpio.

Se me fue todo el aire del cuerpo. No apartó la vista mientras lo hacía. Sus ojos se quedaron en los míos todo el tiempo. Su lengua se deslizó despacio sobre la yema del pulgar, y las rodillas me flaquearon, y todas las cosas malas de mi cabeza callaron.

Solo por un segundo. Solo por un segundo perfecto, no hubo Cole. Ni fotos. Ni miedo.

Solo estaba él.

—Sea lo que sea —dijo, en voz baja—, me lo dices.

Mis labios se entreabrieron.

—Y yo me encargo.

Le creí. Esa era la parte aterradora. Miré a ese hombre, sus nudillos amoratados y sus ojos tranquilos, y supe que podía hacer desaparecer a Cole con una sola llamada. Las palabras estaban ahí, en la punta de la lengua.

Mi ex. Me encontró. Tiene fotos. Por favor, ayúdame.

—Ronan, yo...

—Ya, perdón, perdón. —Wes volvió a entrar, guardando el celular—. Era Theo. ¿Qué me perdí?

Ronan dio un paso atrás. Yo miré mi plato.

—Nada —dije.

Llevé mi comida a mi cuarto y no la comí. Lloré un poco. En silencio, contra la almohada, para que nadie me oyera.

Luego me dormí con el celular en la mano.

Al día siguiente estaba contando botellas de tinta en el cuarto de suministros del trabajo cuando vibró el celular. Había guardado su número como Ex. Solo Ex. No quería su nombre en mi celular. No quería que nadie supiera que existía.

Pensando en ti.

No contesté. Una hora después, volvió a vibrar.

Contéstame o Wes recibe esto.

Esta vez había fotos.

Era yo. Dieciocho años. En ese escenario. Maquillaje pesado, brillantina en las mejillas, una blusa negra transparente y una tanga diminuta. Tacones altos. La espalda arqueada contra el tubo. Casi no me reconocí.

Pero era yo. Apreté el celular contra el pecho para que nadie lo viera. El corazón me latía tan fuerte que dolía. Odié a esa chica. Odié lo que él la obligó a hacer.

Y lo odié a él.

Por favor, bórralas,* escribí. Por favor, Cole. Te lo suplico.*

La respuesta llegó de inmediato.

Mmm. Siempre me encantó cuando suplicabas.

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