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Mi exmarido no sabía que tuve a sus gemelos

Mi exmarido no sabía que tuve a sus gemelos

Status: Terminada
Genre:CEO / Madre soltera / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:1
Nilai: 5
nombre de autor: StudioVM

Hace cuatro años, Isabella firmó los papeles del divorcio, empacó su vida en una sola maleta y se marchó de la casa de los Valença sin decirle a Leonardo lo único que habría cambiado todo.

Ahora tiene dos hijos, una carrera que levantó desde cero y la costumbre de no esperar nada de nadie.

Hasta que un proyecto de trabajo la obliga a cruzarse otra vez con su exmarido. Él sigue siendo el heredero que lo controla todo, y ella, la única que sabe lo que él ignora.

Entre juntas, reglas inquebrantables y niños que ven más de lo que deberían, Isabella tendrá que decidir si una segunda oportunidad es una trampa o la primera elección que de verdad hace por sí misma.

NovelToon tiene autorización de StudioVM para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

UNA NIÑA LLAMADA LUNA

—¿Mamá?

Leonardo lo repitió.

No había acusación en su voz. Solo sorpresa. Mucha.

Puse el celular sobre la mesa.

—Sí.

Siguió mirándome.

—¿Tienes una hija?

—Tengo.

El silencio que siguió fue extraño. No doloroso. No exactamente. Era como ver a alguien reordenar mentalmente cuatro años de ausencia.

—¿Cuántos años tiene?

Todo mi cuerpo se puso en alerta.

—Eso no tiene relación con el proyecto.

—Isabella.

—Leonardo.

Se recargó en la silla.

—Solo pregunté la edad de tu hija.

—Y yo solo dije que no tiene relación con el proyecto.

—¿Por qué estás a la defensiva?

Porque tú eres el padre.

Tragué saliva.

—Porque tú no haces preguntas sin motivo.

—Quizá tengo curiosidad.

—La curiosidad no es un derecho.

Se le tensó la mandíbula.

—No dije que lo fuera.

—Entonces perfecto.

Guardó silencio. Abrí la carpeta.

—¿Podemos continuar?

—¿Te volviste a casar?

La pregunta me hizo levantar la vista.

—No.

—¿Estás con alguien?

—Leonardo.

—Es una pregunta.

—Personal.

—Sí.

—Entonces no voy a responderla.

Respiró hondo.

—Está bien.

Volvimos al trabajo. O lo intentamos. Cada dos minutos, sentía sus ojos sobre mí.

Cuando terminamos, Leonardo recogió los documentos.

—Voy a revisar el presupuesto.

—Helena enviará la versión actualizada a más tardar mañana.

—Está bien.

Se puso de pie.

—Isabella.

Yo ya lo sabía.

—¿Qué?

—Felicidades.

La palabra me desarmó por un segundo.

—¿Por qué?

—Por tu hija.

Se me apretó el pecho.

—Gracias.

Asintió. Se dio la vuelta. Se fue.

Me quedé sentada hasta oír que la puerta se cerraba. Solo entonces respiré.

Eso era todo. Sabía que yo tenía una hija. No sabía de Theo. No sabía su edad. No sabía nada.

Todo seguía bajo control.

A las cinco, fui por los niños. Mi mamá me esperaba en la puerta del edificio.

—Hoy están acelerados.

—¿Cuándo no?

Luna apareció primero, con la mochila rosa a la espalda.

—¡Helado!

—Hola a ti también.

Theo venía detrás.

—Lleva hablando de eso desde las cuatro.

—Porque tú también quieres.

—No dije que no.

—Vamos.

Bajamos. En el camino, Luna contó de una compañera que se había cortado el pelo sola. Theo explicó por qué eso era "estadísticamente previsible". Yo escuché. Me reí. Por unos minutos, Leonardo dejó de existir.

Hasta que llegamos a la heladería.

Era un local pequeño cerca de mi oficina. Habíamos ido decenas de veces. Escogimos una mesa al fondo. Luna pidió fresa. Theo, chocolate. Yo, café.

—El café no es helado —observó Luna.

—Soy adulta.

—Entonces puedes elegir mal.

—Gracias.

Mi celular vibró. Helena.

"Urgente. El cliente pidió un cambio en la entrada principal. Leonardo va para allá."

El corazón se me detuvo.

Para allá.

Mi oficina. A dos cuadras.

Miré a los niños.

—¿Problema? —preguntó Theo.

—Trabajo.

—¿Siempre pones esa cara cuando es trabajo?

—¿Qué cara?

—La de querer huir.

Luna se rio.

—¿Mamá huye?

—No.

—A veces.

Iba a responder cuando vi a alguien entrar a la heladería.

Traje oscuro. Pasos seguros.

Leonardo.

Por un segundo pensé que lo estaba imaginando. No lo estaba. Hablaba por teléfono. No nos vio.

Mi cuerpo entero se puso rígido. Theo lo notó.

—¿Mamá?

—Nada.

Leonardo caminó hasta el mostrador. Quizá esperaba a alguien. Quizá había entrado por casualidad.

Yo tenía que salir de ahí.

—Niños, terminen.

—Pero si acaba de llegar —reclamó Luna.

—Nos lo llevamos.

—¿Por qué?

—Porque tengo un compromiso.

Theo me miró. Luego miró hacia la entrada. Y vio a Leonardo. Su rostro cambió.

—Es el hombre de la foto.

El corazón se me disparó.

—Theo.

Luna giró.

—¡El hombre enojado!

Antes de que pudiera impedirlo, bajó de la silla.

—Luna.

No me oyó. Caminó directo hacia Leonardo. Yo me levanté.

Demasiado tarde.

—¡Hola!

Leonardo bajó la mirada. Luna sonrió.

—Tú conoces a mi mamá.

Se me congeló la sangre.

Leonardo levantó los ojos. Me vio. Luego volvió a mirar a Luna.

—Sí.

Ella abrió una sonrisa más grande.

—Yo soy Luna.

El nombre. La voz por teléfono. La hija.

Leonardo entendió de inmediato.

—Luna.

—Así es.

Él sonrió. Una sonrisa de verdad. Rara. La misma que yo había pasado años tratando de arrancarle.

Se me apretó el pecho.

—Mucho gusto en conocerte.

Luna extendió la mano, como había visto hacer a los adultos.

—Mucho gusto.

Leonardo se la estrechó con delicadeza. Entonces me miró a mí. La pregunta llegó sin palabras.

Me acerqué.

—Luna, vámonos.

—Pero no he terminado.

—Llévate el helado.

Leonardo se hizo a un lado.

—No quería interrumpir.

—No interrumpiste.

Mentira.

—Iba a ir a tu oficina.

—Helena me avisó.

Luna miró de uno al otro.

—¿Eres jefe de mi mamá?

—No —respondí rápido.

Leonardo casi sonrió.

—No.

—Qué bueno —dijo Luna—. A ella no le gusta que la manden.

Cerré los ojos.

—Luna.

—¿Qué?

Leonardo rio bajito. Me dolió el corazón.

—Tu mamá siempre fue así.

—¿La conoces desde hace mucho?

Se acabó el aire.

Leonardo me miró. Yo respondí antes que él.

—Un poco.

—¿Cuánto?

—Luna, basta.

Hizo un puchero.

—Ay, está bien.

Le tomé la mano.

—Vámonos.

—¿Y Theo?

La palabra salió.

Leonardo frunció el ceño. Mi corazón se detuvo.

—¿Theo?

Antes de que yo respondiera, una vocecita se oyó detrás de nosotros.

—Aquí estoy.

Me volví.

Theo había bajado de la silla. Y estaba parado a pocos metros de Leonardo.

El rostro de Leonardo cambió. Primero, curiosidad. Después, sorpresa. Después, algo mucho más peligroso.

Reconocimiento sin memoria.

Porque Theo tenía sus ojos.

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