Elian Varela, un chico de diecisiete años, sobrevive
en silencio a los abusos de su tío junto a su única madre.
Cuando el dolor se vuelve insoportable, un poder antiguo
despierta en él: magia roja que crea vida y luz, y magia
violeta que deshace y absorbe la fuerza de los demás.
Tras perderlo todo , conoce a Damián,
un jefe de policía que no lo salva, sino que camina a su lado.
A lo largo de , enemigos oscuros, aliados
dudosos y el precio de cada hechizo lo obligan a elegir:
¿crear para proteger… o tomar para sobrevivir?
Una historia realista, sin finales felices garantizados,
donde el poder más grande no es destruir, sino seguir de pie.
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CAPÍTULO 3 El chico del rayo
Ali no durmió ni un segundo en toda la noche.
Se quedó acurrucado en el sofá cama, con la manta delgada envuelta hasta la barbilla, los ojos abiertos fijos en la oscuridad del techo agrietado, escuchando. Desde la habitación del fondo llegaban las voces de su tío Marcos, bajas, entrecortadas, mezcladas con risas secas que le helaban la sangre cada vez que oía una palabra clave: *sobrino*, *cosas raras*, *uno de esos*, *mucho dinero*, *mañana por la tarde*. No oía todo lo que decía, pero oía lo suficiente para entenderlo perfectamente: Marcos no le tenía miedo. Le tenía ganas. Había encontrado alguien dispuesto a pagar por él. Alguien que quería lo que Ali tenía dentro.
A las tres de la madrugada se levantó despacio, sin hacer ruido, y fue al baño. Se cerró con llave. Se miró al espejo roto encima del lavabo. Tenía la cara pálida como la cera, ojeras enormes y oscuras bajo los ojos, la mejilla derecha todavía hinchada por el bofetón de dos noches antes. Se bajó un poco el cuello de la sudadera. Justo encima de la clavícula, la marca que le había salido después de lo del instituto brillaba ahora en la oscuridad, tenue pero clara: una línea curva, mitad rojo carmesí, mitad violeta oscuro, como si dos llamas distintas se estuvieran peleando por salir de debajo de su piel. La tocó con la yema del dedo. Ardiía. No dolía, pero quemaba, como si tuviera un carbón encendido metido dentro.
Escuchó un ruido en el pasillo. Se sobresaltó. Se subió el cuello de golpe, apagó la luz del baño y se quedó quieto, pegado a la puerta, escuchando. Eran los pasos pesados de Marcos yendo a la cocina por un vaso de agua. Volvió a su habitación, cerró la puerta de un golpe fuerte. Ali soltó el aire que tenía retenido en los pulmones, temblando.
Mañana por la tarde. Eso era lo que había dicho. Mañana por la tarde vendrían por él.
No tenía mucho tiempo.
Se sentó en la tapa del váter, sacó la navaja del bolsillo y la abrió y cerró una y otra vez, el chasquido metálico resonando en el baño pequeño y silencioso. Pensó en usarlo ahí mismo, acabar con todo antes de que nadie pudiera llevárselo, antes de que lo usaran como un animal para experimentos, antes de convertirse en algo peor de lo que ya era. Pero luego pensó en su madre, en su cara cuando vio la flor nacer de la sangre en el suelo de la cocina, en cómo había apartado la mirada sin decir nada. No podía dejarla sola con Marcos. No podía hacerle eso. Aunque ella no lo quisiera. Aunque ella prefiriera fingir que nada pasaba.
Tenía que escapar.
Solo que no sabía a dónde. No tenía dinero. No tenía familia. No tenía amigos. No tenía a nadie en todo París más que a la mujer que le daba la espalda y al hombre que quería venderlo.
A las seis y media de la mañana oyó que Marcos se levantaba. Oyó que hablaba por teléfono otra vez, más alegre ahora, riendo con alguien al otro lado de la línea. Luego oyó los pasos acercándose al salón. Ali se metió rápido debajo de la manta, cerró los ojos y fingió que dormía, con el corazón latiéndole tan fuerte que creía que se le oiría por todo el departamento.
Marcos se paró delante del sofá durante un minuto entero. Ali podía oler su aliento a tabaco y vino barato, podía sentir su mirada pesada recorriéndole todo el cuerpo. No se movió ni un milímetro. Respiraba lento, profundo, fingiendo el sueño.
—Despierta, mocoso —dijo Marcos al fin, dándole una patada suave en el borde del sofá, no fuerte, solo para molestar—. Hoy no vas al instituto.
Ali abrió los ojos despacio, fingiendo sueño. Miró a su tío con cara de confusión.
—¿Qué? —preguntó, con la voz ronca.
—Has oído bien. Hoy te quedas en casa. Vienen unos amigos míos a verte. Tenemos que hablar de unas cosas importantes. —Marcos sonrió, y a Ali le dieron ganas de vomitar. No era una sonrisa de tío. Era la sonrisa de un vendedor que acaba de encontrar la mercancía perfecta—. Y ni se te ocurra intentar salir. He cerrado la puerta con llave por fuera. Las ventanas dan al quinto piso. Si te tiras, te mueres. Si te quedas… a lo mejor te va bien. Depende de cómo te portes.
Se dio la vuelta y se fue hacia la puerta principal. Ali oyó cómo sacaba las llaves, cómo giraba la cerradura dos veces, cómo el cerrojo de seguridad echaba chasquido. Luego los pasos alejándose por el rellano, la puerta del ascensor cerrándose.
Silencio.
Ali se quedó quieto diez segundos más, hasta que estuvo seguro de que Marcos se había ido del todo. Luego se levantó de un salto, sin hacer ruido. Corrió al pasillo. Probó el pomo de la puerta principal. Cerrada con llave, tal como había dicho. Miró por la mirilla: el rellano estaba vacío.
Volvió al baño, el único sitio con ventana que no daba directamente a la fachada principal. La ventana era pequeña, de cristal sucio, y daba a la escalera de incendios de metal, vieja, oxidada, que bajaba por la parte trasera del edificio hasta el patio interior. Ali la abrió despacio, quejándose el metal frío. El aire de enero le golpeó la cara de golpe, frío como navajas. Miró hacia abajo: cinco pisos de altura, el suelo del patio muy abajo, las barandillas de la escalera llenas de óxido, algunas piezas faltando.
Se tambaleó un poco. Tenía vértigo. No era bueno con las alturas. Nunca lo había sido.
Pero detrás de él estaba la puerta cerrada. Y dentro de unas horas vendrían los “amigos” de Marcos. Y no quería saber qué le harían.
Se subió al alféizar de la ventana, descalzo, temblando de pies a cabeza. Se agarró fuerte a la barandilla de la escalera de incendios con las dos manos, la mano herida doliéndole muchísimo al apretar el metal frío. Dio el primer paso fuera. El escalón de metal crujió bajo su peso. Ali cerró los ojos un segundo. Respiró hondo.
Y empezó a bajar.
Paso a paso. Despacio. Sin mirar hacia abajo. Cada crujido del metal le hacía saltar el corazón. Una vez se resbaló un poco, un pie se fue al vacío, y se quedó colgado de una sola mano durante tres segundos eternos, jadeando, el sudor frío pegándole el pelo a la frente. Se volvió a poner en pie, temblando más que antes, y siguió. Cuando por fin pisó el suelo de cemento del patio interior, tuvo que agacharse y apoyar las manos en las rodillas para no vomitar. Había bajado cinco pisos por una escalera de hierro podrido. Había escapado. Por ahora.
Salió del patio por un pasadizo estrecho que daba a la calle de atrás. Empezó a caminar rápido, sin rumbo fijo, con la capucha bien puesta, mirando por encima del hombro cada dos pasos por si Marcos volvía, por si le seguían. No sabía a dónde ir. No podía ir al instituto, porque Marcos seguramente llamaría para avisar que no iría, y podrían estar esperándole ahí. No podía ir a casa de nadie, porque no tenía a nadie.
Caminó durante cuarenta y cinco minutos hasta llegar a la estación de metro de Belleville. Bajó las escaleras mecánicas sin pensar. Tenía el billete de abono mensual en el bolsillo de la chaqueta, lo usaba todos los días para ir al instituto. Pasó el torniquete. Se dejó arrastrar por la gente que iba y venía, caras cansadas, gente que iba al trabajo, que volvía de salir, que no miraba a nadie, igual que siempre. París seguía siendo París, ajena a su infierno particular.
El tren de la línea 2 entró en la estación con un chillido de frenos metálicos y una nube de aire caliente y sucio. Las puertas se abrieron. Ali subió en el último vagón, el más vacío, se sentó en el rincón más alejado, pegado a la ventana, y bajó la cabeza entre las rodillas para que nadie le viera la cara. El tren arrancó suavemente. Las luces fluorescentes del techo parpadeaban un poco. El ruido de las ruedas sobre las vías era rítmico, casi hipnótico. Ali cerró los ojos. Por un segundo, solo por un segundo, se sintió a salvo.
Se equivocaba.
Al cabo de tres paradas, en la estación de Colonel Fabien, subió alguien.
Ali no lo miró al principio. Estaba demasiado ocupado intentando no tener un ataque de pánico, pensando en Marcos, en los amigos que vendrían, en lo que le harían cuando le encontraran. Pero en cuanto el chico entró en el vagón y se acercó hacia donde él estaba, sintió algo extraño. Un cosquilleo fuerte en la marca del cuello, como si alguien le estuviera tocando con un dedo de hielo justo ahí. El calor de las dos llamas dentro de su pecho se agitó de golpe, sin razón, como si reaccionaran a algo que estaba cerca.
Ali levantó la vista.
El chico tenía unos diecinueve años, quizás veinte. Pelo castaño corto y revuelto, con un mechón rubio teñido que le caía sobre un ojo. Llevaba una chaqueta de cuero negra desgastada, vaqueros rotos por las rodillas, botas militares negras llenas de barro. Tenía tatuajes negros de rayos y cadenas en los nudillos de ambas manos, y un piercing de aro en el labio inferior. Se movía con una seguridad arrogante, como si no le importara nada ni nadie, como si el mundo fuera suyo y él solo estuviera de paso. Caminó por todo el vagón, pasando delante de una señora mayor con la compra, de un grupo de adolescentes que jugaban con el móvil, de un hombre en traje que dormía con la cabeza apoyada en la ventana… y se paró JUSTO al lado del asiento de Ali.
No se sentó. Se quedó de pie, agarrado a la barra de metal que colgaba del techo con una sola mano, mirando al frente, como si Ali no existiera. Pero Ali no podía dejar de mirarlo. El cosquilleo en el cuello era cada vez más fuerte. La llama roja y la violeta giraban descontroladas dentro de él, como si reconocieran a alguien igual. Como si supieran.
El chico giró la cabeza de golpe.
Miró directamente a Ali a los ojos.
Tenía los ojos de un color verde muy claro, brillante, como la electricidad. Le dedicó una sonrisa media, torcida, divertida, como si supiera exactamente lo que Ali estaba pensando. Como si supiera lo que llevaba dentro.
Ali se quedó helado. Se quedó sin aire. Quiso bajar la mirada, esconderse, fingir que no pasaba nada… pero no podía. No podía apartar los ojos de él.
El chico levantó una mano. La mano con los tatuajes de rayos en los nudillos. La acercó muy despacio, muy suave, hasta tocar con la yema del dedo índice el panel de plástico gris que cubría los cables eléctricos del vagón, justo al lado de la puerta.
Nadie más lo vio. Todos seguían con sus cosas.
El chico apretó el dedo contra el plástico.
Sonrió más fuerte.
Y TODO SE APAGÓ.
Primero las luces fluorescentes del techo, que parpadearon tres veces rápido y se murieron del todo, dejando el vagón en una oscuridad casi total, solo iluminado por los reflejos tenues de los túneles que pasaban por las ventanas. Luego las pantallas de información que decían la siguiente parada, que se quedaron negras. Luego el propio tren, que empezó a frenar de golpe, suave pero firme, con un zumbido bajo que se apagó poco a poco hasta dejar todo en un silencio absoluto, roto solo por las ruedas rozando todavía las vías.
El tren se detuvo en medio del túnel, entre dos estaciones.
Silencio.
Luego el caos.
—¡¿Qué pasa?! —gritó alguien.
—¡Se ha parado! ¡Estamos parados en el túnel!
—¡Las luces! ¡No hay luz!
Gente encendió las linternas de sus móviles. Pequeños círculos de luz blanca bailaban por todo el vagón, iluminando caras asustadas, confundidas. La señora mayor rezaba en voz baja en francés. Los adolescentes se reían nerviosos, grabando todo con el móvil. El hombre del traje se había despertado de golpe y miraba a todos lados sin entender nada.
Ali no se movió.
Seguía mirando al chico de la chaqueta de cuero.
Él también seguía ahí, de pie al lado de su asiento, en la oscuridad. No tenía miedo. No estaba confundido. Seguía sonriendo. En el reflejo de una linterna que pasó por delante de su cara, Ali vio que sus ojos verdes brillaban más que antes, casi eléctricos. Vio cómo salía una pequeña chispa azulada, de un centímetro, de la yema de su dedo que seguía pegada al panel eléctrico, una chispa que bailó un segundo y luego desapareció.
Las puertas del tren se abrieron de golpe, solas, por el sistema de seguridad de emergencia. El aire frío y húmedo del túnel entró en el vagón.
El chico bajó la mano del panel. Se giró hacia Ali otra vez.
Le guiñó un ojo.
Y se bajó del tren.
Ali lo vio caminar por el bordillo de cemento del túnel, con paso tranquilo, seguro, desapareciendo poco a poco en la oscuridad hacia la estación más cercana, sin que nadie más le prestara atención, sin que nadie le viera. Nadie más lo había mirado. Nadie más sabía. Solo Ali.
—¡Eh! ¡Ha sido él! —gritó de repente uno de los adolescentes, señalando hacia donde se había ido el chico—. ¡Lo he visto! ¡Él ha tocado los cables antes de que se apagara todo! ¡Es uno de esos! ¡Un Despertado!
La gente empezó a murmurar más fuerte, más asustada ahora. *Despertado*. Esa palabra otra vez. La misma que había oído en la noticia de la tienda de electrónica. La misma que susurraban en su clase después de lo del vaso volador.
Ali no escuchaba más.
Se levantó del asiento de un salto, temblando de pies a cabeza, y se abrió paso entre la gente confundida hacia las puertas abiertas. Bajó también al bordillo del túnel, el frío del hormigón calándole los calcetines finos. Miró hacia donde se había ido el chico del rayo. Ya no se le veía. Había desaparecido como si nunca hubiera existido.
Pero Ali sabía que había sido real.
Lo había visto.
Lo había sentido.
Había otro como él.
Otro que hacía cosas imposibles. Otro que no era normal. Otro Despertado.
No era el único.
Subió los escalones de la estación de emergencia, salió a la calle de golpe, el aire de enero golpeándole la cara otra vez. Se apoyó en la pared de ladrillo de la boca del metro, jadeando, con las manos en las rodillas, el corazón a punto de salírsele del pecho. La gente pasaba a su lado, sin mirarlo, sin saber que acababa de descubrir que todo lo que creía saber sobre el mundo era mentira. Que había millones de cosas ocultas a plena luz del día. Que no estaba solo en su infierno.
Se tocó la marca del cuello.
Brillaba ahora más fuerte que nunca, rojo y violeta, viva, latiendo al compás de su corazón.
Cerró los ojos.
Recordó la sonrisa del chico. La chispa azul saliendo de su dedo. La facilidad con la que había roto todas las reglas del mundo y luego se había ido, tranquilo, sin miedo a nada.
Ali Varela tenía diecisiete años. Tenía un tío que quería venderlo. No tenía dinero. No tenía casa. No tenía a nadie. Estaba perdido en las calles de París, con dos monstruos peleando dentro de su pecho y una marca brillante en el cuello que no podía ocultar para siempre.
Pero por primera vez en toda su vida…
…ya no era el único monstruo.
Abrió los ojos. Miró hacia el final de la calle, donde el sol de la mañana empezaba a subir por encima de los tejados grises de Belleville.
No sabía qué iba a pasar. No sabía si sobreviviría al día siguiente. No sabía si volvería a ver a su madre, ni al chico del rayo, ni siquiera si llegaría a la noche.
Pero sabía una cosa con toda certeza.
El mundo era mucho más grande, mucho más raro y mucho más peligroso de lo que nunca había imaginado.
Y él ya no podía seguir escondiéndose.
Tenía que aprender lo que era.
Tenía que aprender a controlarlo.
O todo lo que le quedaba se lo iban a quitar.