Valentina Solano despierta en un hospital después de perder a su bebé y descubre una verdad devastadora: su esposo y su suegra provocaron el accidente para quedarse con su dinero y su empresa.
Decidida a destruirlos antes de que ellos terminen de destruirla, busca a Sebastián Montero, el abogado de divorcios más temido de la Ciudad de México. Frío, brillante y acostumbrado a no perder jamás, Sebastián debería ser solamente su defensor. Pero entre audiencias, amenazas y secretos, la atracción rompe todas las reglas… y una sola noche cambia sus vidas para siempre.
Tres años después, Valentina regresa convertida en una mujer independiente, con una marca propia y un niño llamado Emilio que tiene los ojos de Sebastián.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su poderosa familia, a sus enemigos y hasta a la propia Valentina para recuperar el tiempo perdido. Porque Sebastián Montero puede ganar cualquier juicio, pero conquistar a la mujer que todavía ama será el caso más difícil de su vida.
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Capítulo 13
Cap 13 — Una cita que no es cita
La película era de terror.
Valentina odiaba las películas de terror. Los sustos baratos. Las puertas que se abren solas. Los violines que chirrian tres segundos antes de que algo salte en la pantalla. Lo odiaba desde los catorce años, cuando su prima la llevó a ver una de zombis y pasó dos semanas durmiendo con la luz encendida.
Pero Sebastián había dicho «hay una película a las siete» con el mismo tono con que habría dicho «hay una audiencia a las nueve».
Y Valentina había dicho que sí.
Antes de que su cerebro pudiera procesar que estaba aceptando algo que no era profesional. Que no tenía nada que ver con el caso. Que era, por todos los criterios posibles, una cita.
Una cita que no era una cita. Porque las citas las tienen las personas que se gustan, y ellos dos habían acordado pretender que nada había pasado.
Y sin embargo ahí estaban. Un miércoles por la noche. En un cine medio vacío que olía a palomitas con mantequilla y a alfombra vieja.
Sebastián compró dos boletos y un refresco grande sin preguntarle si quería palomitas. Lo cual significaba que la conocía mejor de lo que ella creía.
O que la había observado lo suficiente como para saber.
Lo cual era peor. O mejor. Dependiendo del minuto.
Se sentaron en la fila del centro. El descansabrazos entre los dos como una frontera diplomática.
La pantalla se encendió. La sala se oscureció.
Una casa abandonada. Una mujer sola. Ruidos en el sótano.
—¿Por qué está bajando? —murmuró Valentina—. Hay un ruido raro en la oscuridad. ¿Quién baja al sótano cuando hay un ruido raro en la oscuridad?
—La gente que vive en las películas de terror —dijo Sebastián, y Valentina detectó algo en su voz que podría haber sido humor. O la cosa más cercana al humor que Sebastián Montero se permitía en público.
La mujer bajó al sótano. La música subió. Los violines chirriaron.
Algo saltó en la pantalla.
Valentina pegó un brinco tan fuerte que se agarró del primer objeto sólido que encontró.
Que resultó ser el brazo de Sebastián.
Lo apretó con las dos manos. Le clavó los dedos a través de la camisa. Cerró los ojos con tanta fuerza que vio estrellas.
—Es una película —dijo él. Su voz sonaba tranquila. Casi divertida.
—Lo sé —dijo ella, sin soltarlo, sin abrir los ojos.
—La cosa ya se fue.
—No me importa. Puede volver.
—No va a volver. Tiene un patrón de aparición cada quince minutos.
Valentina abrió un ojo.
—¿Estás cronometrando al monstruo?
—Es predecible.
Abrió los dos ojos. Los violines se habían calmado. La mujer de la pantalla había dejado de gritar.
Y Valentina todavía lo tenía agarrado.
Él no se había movido. No la había apartado. No se había puesto rígido. No había hecho ninguno de los gestos que hacen las personas cuando alguien invade su espacio sin permiso.
Simplemente se había quedado ahí. Con el brazo firme debajo de sus dedos. Como si fuera algo que le pasara todos los días. Como si fuera algo que quisiera que le pasara todos los días.
Lo soltó despacio.
—Perdón.
—No tiene que disculparse.
Valentina volvió a acomodarse en su asiento. Puso las manos en su regazo. Se sintió ridícula. Una mujer adulta aferrándose al brazo de su abogado en un cine porque una actriz mal pagada gritó en una película de treinta millones de presupuesto.
Profesional, se dijo. Eres una profesional.
El siguiente susto llegó quince minutos después. Exactamente quince minutos. Sebastián tenía razón.
Se tensó pero no lo agarró. Se aferró al descansabrazos con la mano izquierda, apretando los dedos contra el plástico frío hasta que le dolieron los nudillos.
Y entonces sintió los dedos de Sebastián.
No sobre su mano. Junto a su mano. En el descansabrazos, a medio centímetro de la suya. Tan cerca que podía sentir el calor de su piel sin tocarlo.
Y luego, despacio, como si cada milímetro fuera una decisión tomada y retomada y vuelta a tomar, sus dedos se deslizaron hasta cubrir los de ella.
Valentina dejó de respirar.
La pantalla seguía mostrando cosas. Puertas. Sombras. Una criatura que no habría podido describir ni bajo amenaza de muerte.
Pero no veía nada. Solo sentía.
La presión de sus dedos. Cálidos. Largos. Envolviendo los de ella como si fueran algo que se podía romper. El pulgar trazando un círculo lento sobre su nudillo. La oscuridad del cine cubriéndolos como una manta y convirtiéndolos en dos personas sin nombres, sin caso, sin pasado.
Un minuto. Tal vez dos.
Valentina se soltó.
No porque quisiera. Porque se acordó de quién era ella. Una mujer divorciada. Con un hijo muerto. Con un caso abierto. Con un borrón y cuenta nueva que ella misma había pedido.
Y se acordó de quién era él. Su abogado. Un hombre que le decía Señora Solano en los correos y le sostenía la mano en la oscuridad.
Las cosas que no tienen sentido son las que más duelen cuando se terminan.
Retiró la mano. La puso en su regazo.
Sebastián no dijo nada. No la miró. Volvió a poner la mano sobre el descansabrazos, solo, y siguió viendo la película como si no hubiera pasado nada.
La película terminó. Los créditos subieron. La sala se iluminó con esa luz fea de los cines que te recuerda que el mundo real sigue existiendo.
Salieron al pasillo sin hablar. Valentina caminaba un paso detrás de él, mirando su espalda y la forma en que la camisa se movía sobre sus hombros.
El pasillo olía a palomitas frías y a desinfectante.
—Gracias —dijo en el estacionamiento—. Por la película.
—Era mala —dijo Sebastián.
—Terrible.
—El guion tenía por lo menos catorce inconsistencias narrativas.
—¿Las contaste?
—Es difícil no contarlas.
Valentina se rio. Una risa real. Y se dio cuenta de que era la primera vez que se reía con él fuera de un juzgado.
Se miraron.
En la luz amarillenta del estacionamiento, los ojos de Sebastián parecían más oscuros. Y Valentina pensó que si se acercaba un paso más iba a besarlo. Y que si lo besaba no iba a ser culpa del vino esta vez.
No tener excusa era mucho más aterrador que cualquier criatura del sótano.
No se acercó. Sebastián le abrió la puerta del auto. Se fue a casa.
En la cama, mirando el techo, se tocó la mano derecha con la izquierda. Donde él la había tocado. Donde su pulgar había trazado ese círculo lento sobre su nudillo como si estuviera escribiendo algo que no podía decir con palabras.
Todavía estaba tibia.
Estoy en problemas, pensó. Estoy en serios problemas.
A las once de la noche, en un café del centro que olía a cigarrillo viejo y a grasa de cocina, Gladys Reyes se sentó frente a un hombre con una grabadora en el bolsillo del chaleco.
—Usted es el reportero —dijo Gladys. No era una pregunta.
—Señor Peña. Del periódico La Voz del Valle.
No era un buen periodista. Su columna era un compendio de chismes mal verificados y titulares amarillistas que vendían más por el escándalo que por la verdad. Pero tenía olfato para las historias que vendían. Y esta olía a portada.
Gladys sacó el celular. Puso tres capturas de pantalla sobre la mesa. Valentina entrando al bufete. Valentina saliendo del juzgado con Sebastián. Valentina subiendo a su auto.
—Ella le robó todo a mi hijo —dijo, con la voz temblando—. Todo. La empresa. La dignidad. La vida. Y ese abogado la ayudó. Son amantes, todo el mundo lo sabe.
Peña la miraba con los ojos entrecerrados. Los dedos tamborileando sobre la mesa.
—¿Tiene pruebas?
—Tengo algo mejor que pruebas. —Deslizó el celular hacia él—. Tengo una historia que la gente quiere escuchar. La de una madre que perdió a su hijo por culpa de una mujer sin escrúpulos.
Peña miró las fotos. Miró a Gladys. Sacó la grabadora y la puso sobre la mesa.
—Cuénteme todo.
Gladys sonrió. Era la primera vez que sonreía en semanas.
La sonrisa no le llegó a los ojos.
que le consiguió ese trabajo?