Durante siete años, Amelia Ferrer creyó que estaba construyendo un matrimonio y un futuro junto a Esteban Llorente. Renunció a sus propios sueños para convertir la empresa familiar de su esposo en un imperio, convencida de que algún día ambos compartirían el éxito que habían levantado juntos.
Todo cambia cuando descubre que Esteban y su madre llevan meses preparando un divorcio cuidadosamente planificado. No solo pretenden separarse de ella: quieren borrar cualquier rastro de su trabajo, apropiarse de sus aportes y dejarla sin un solo derecho sobre la empresa que ayudó a crear.
Amelia firma el divorcio sin discutir. Lo que nadie imagina es que una antigua sociedad fundada por su padre conserva, sin que ella lo sepa, derechos sobre uno de los activos más valiosos del Grupo Llorente.
Ese descubrimiento llama la atención de Gael Santoro, heredero de uno de los conglomerados empresariales más poderosos del país.
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Capítulo 1 La mujer que sobraba
El edificio del Grupo Llorente despertaba mucho antes que la ciudad.
A las siete de la mañana, las luces de los últimos pisos ya permanecían encendidas y el ir y venir de asistentes, analistas y directivos marcaba el inicio de una jornada que prometía ser tan intensa como las anteriores. Para muchos era solo una empresa. Para Amelia Ferrer había sido, durante siete años, una segunda casa.
Entró por la puerta principal con la misma discreción de siempre. Saludó al personal de recepción, respondió con una sonrisa a quienes le desearon buenos días y continuó su camino hacia los ascensores.
Llevaba una carpeta azul bajo el brazo. En ella descansaban los planos finales de un proyecto que había ocupado gran parte de los últimos seis meses. Si todo salía como estaba previsto, aquella propuesta abriría la puerta a una expansión internacional que consolidaría al Grupo Llorente como una de las compañías más importantes del sector.
Había noches en las que todavía se preguntaba cómo había llegado hasta allí.
Recordó el pequeño estudio donde trabajaba cuando conoció a Esteban. Apenas eran dos jóvenes convencidos de que podían construir un futuro juntos. Él tenía ambición. Ella tenía una capacidad extraordinaria para convertir las ideas en proyectos viables. Aquella combinación había parecido perfecta.
Con el tiempo, la empresa creció.
Los contratos aumentaron.
Las responsabilidades también.
Y, sin darse cuenta, Amelia fue dejando de firmar sus propios proyectos para revisar los que llevaban el nombre de otros.
Nunca le molestó demasiado.
Creía que el éxito compartido no necesitaba dos protagonistas.
El ascensor se detuvo en el piso ejecutivo.
Al salir, percibió algo diferente.
No era un cambio evidente. Nadie la miraba con hostilidad ni había un ambiente tenso. Sin embargo, las conversaciones se interrumpían apenas ella pasaba junto a algunos despachos. Dos asistentes dejaron de hablar al verla acercarse y fingieron revisar unas carpetas.
Amelia siguió caminando.
Podía ser una coincidencia.
O quizá solo era el cansancio acumulado de las últimas semanas.
Entró en su oficina y dejó la carpeta sobre el escritorio.
Mientras encendía el ordenador, revisó la agenda del día.
A las ocho y media debía reunirse con Esteban para ultimar la presentación del nuevo proyecto.
A las diez estaba prevista la videoconferencia con los inversionistas.
Después del almuerzo viajarían a otra ciudad para reunirse con un grupo de socios.
Todo parecía seguir el curso habitual.
El teléfono sonó.
Era la asistente de presidencia.
—Buenos días, Amelia. El señor Llorente adelantó la reunión con el comité ejecutivo.
—No estaba al tanto de ese cambio.
—La modificación se hizo anoche.
Amelia frunció ligeramente el ceño.
—¿A qué hora empieza?
Hubo un breve silencio.
—Ya comenzó.
Aquella respuesta la sorprendió más de lo que quiso admitir.
Esteban nunca iniciaba una reunión importante sin ella cuando se trataba de proyectos que ambos habían preparado.
—Gracias por avisarme.
Colgó con tranquilidad.
Abrió el correo electrónico para comprobar si había pasado por alto alguna notificación.
No encontró nada.
Ningún mensaje.
Ninguna convocatoria.
Nada.
Respiró despacio.
Quizá había sido un simple error administrativo.
Tomó la carpeta azul y salió de la oficina decidida a incorporarse a la reunión.
Al acercarse a la sala del comité ejecutivo, observó que la puerta permanecía completamente cerrada.
Desde el pasillo apenas llegaban algunas voces apagadas.
Levantó la mano para llamar.
Entonces escuchó el nombre de uno de los proyectos que llevaba meses desarrollando.
Se detuvo.
No pretendía escuchar una conversación ajena.
Solo necesitó unos segundos para comprender que aquella reunión no era una reunión cualquiera.
Una voz masculina repasaba la agenda del día.
Después intervino Esteban.
Su tono era tranquilo.
Seguro.
Profesional.
—El cronograma debe mantenerse. La transición no puede afectar la confianza de los inversionistas.
Otra voz respondió.
Era Victoria Llorente.
—¿Y Amelia?
Esteban tardó apenas un instante en contestar.
—Cuando salga de la empresa, todo deberá continuar con absoluta normalidad.
Amelia sintió que el pasillo se volvía demasiado estrecho.
No entendía lo que acababa de escuchar.
Pensó que quizá había interpretado mal aquella frase.
Sin embargo, la conversación continuó.
—Los nuevos organigramas ya están preparados —añadió Victoria—. Nadie cuestionará el cambio si actuamos con discreción.
Un consejero intervino.
—¿Ella ya conoce la decisión?
—Todavía no —respondió Esteban—. Primero resolveremos el aspecto legal.
Amelia bajó lentamente la mano.
Ya no iba a llamar a la puerta.
Retrocedió un paso.
Después otro.
Las voces siguieron escuchándose al otro lado, pero dejó de prestar atención a las palabras.
Su mente intentaba encontrar una explicación lógica.
Una reestructuración.
Un malentendido.
Un proyecto nuevo.
Cualquier cosa.
Pero ninguna explicación conseguía encajar con la frase que acababa de escuchar.
Cuando salga de la empresa.
No habían hablado de un traslado.
Ni de un ascenso.
Habían hablado de su salida.
Y ella no sabía absolutamente nada.