En un lugar de animales evolucionados, bípedos de gran inteligencia, Sobek, un Cocodrilo de agua salada intenta adaptarse al mundo social de los mamíferos, siendo él un ser de sangre fría
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Capitulo 006
Frente a nosotros se abría una tienda con grandes ventanales que permitían ver el interior de las vitrinas. Me acerqué a la puerta que lucía el letrero de «empuje» y, en cuanto la abrí para entrar, un violento golpe de aire helado chocó contra mí. No tenía nada que ver con el aire acondicionado del cine; aquí realmente hacía frío.
El jerbo se limitó a seguir mis pasos. El local estaba repleto de clientes. Recorrí con la mirada los cortes disponibles y, la verdad, no era lo que buscaba. A todas las carnes les habían extraído los huesos y retirado la grasa casi en su totalidad; así es la aburrida carne comercial. Por ello, pasé de largo hacia la sección de menudencias.
—¿Qué tan frescos están los intestinos? —pregunté.
El dependiente detrás de la vitrina me respondió mientras acomodaba las bandejas:
—Toda la mercancía de res llegó ayer por la mañana. Es lo más fresco que tenemos junto a las piernas de cerdo. ¿Cuánto le pongo?
Pensé un poco antes de ordenar. Definitivamente tenía que comprar los intestinos y, por supuesto, los otros órganos en exhibición; en casa prepararía un banquete variado. Al tener una alimentación estrictamente carnívora, me resulta imposible obtener nutrientes de los vegetales, ya que mi sistema digestivo no está diseñado para procesar sus componentes. Mi alimento ideal es la totalidad de un cuerpo: huesos, pezuñas, órganos y tendones.
—Dame dos kilos de hígado, intestinos y sesos; dos kilos de patas de cerdo, un kilo de costillas y ese rabo de res.
—Enseguida.
Mientras el chico pesaba las tripas y el resto del pedido, aproveché para acercarme al mostrador de pescados y mariscos.
—Medio kilo de cangrejo y un kilo de pescado —le indiqué al encargado.
—Tenga su ticket y cancele en la caja —me contestó, extendiéndome el papel.
Cuando me dieron el total de la cuenta, busqué el dinero en el bolso y se lo entregué a la cajera. De inmediato acomodé los paquetes, perfectamente envueltos, dentro de las bolsas térmicas que había traído conmigo. Me giré hacia el jerbo:
—Compra ese pescado en filete.
—¿Hablas del sashimi? —se extrañó, volteándose hacia la vitrina.
—Es para un bocadillo.
Con una expresión de total confusión, pagó y me tendió el paquete. Salimos de la tienda y de inmediato experimenté el abismal cambio de temperatura de la calle. Mientras caminábamos, abrí el envoltorio metálico, me llevé el pescado crudo a la boca y lo engullí de un solo golpe, sin preámbulos.
—Hay platillos que contienen pescado crudo... —comentó el jerbo, mirándome con una mueca—. Es increíble, yo sería incapaz de comérmelo así.
—No es tan difícil —respondí, abriendo un momento las mandíbulas—. No pasa nada malo cuando omites el paso de masticar.
—Eso me recuerda... ¿Toda esa carne es para ti solo? —expresó con genuina sorpresa—. Aunque, pensándolo bien, es lógico que alguien tan gigante como tú necesite consumir grandes cantidades de comida.
—Es una buena oportunidad para probar cosas nuevas.
La mitad de la tarde transcurrió sorprendentemente rápido, casi en un paradeo. Como no vi indicios de que el jerbo tuviera intenciones de marcharse, aproveché su disposición y le pedí que me guiara a un par de lugares más. Él utilizaba su teléfono celular como si fuera un mapa interactivo, y yo necesitaba precisamente esa herramienta.
Fuimos primero a una tienda de tecnología.
—En oferta tenemos este modelo, sencillo pero elegante. Es el más popular entre los jóvenes —explicó el vendedor, mostrándome un aparato reluciente.
—¿Qué lo diferencia de los otros que son más baratos? —inquirí de forma directa.
—Por supuesto, posee funciones actualizadas que sus versiones anteriores no tienen. Es el más recomendado por su excelente cámara.
—¿Para qué querría yo una excelente cámara? —Enarqué una ceja—. Solo deme aquel modelo básico. No voy a pagar extra por la versión estilizada de una estúpida cámara.
También visitamos un par de locales de bisutería. Absolutamente todo brillaba allí dentro; las lámparas del techo hacían un trabajo impecable para volver radiante la experiencia. Entre las opciones que llamaron mi atención, encontré un collar de cuentas negras a juego con una pulsera rústica. La vendedora incluso se ofreció a hacerme una perforación en la oreja, pero al desconocer ese proceso y escuchar la premisa de que debían atravesarme la carne con una aguja, me negué rotundamente.
Los accesorios resultaron bastante baratos en comparación con el dineral que gastó el jerbo en un montón de dulces a base de semillas.
Al final del día, con el pesado bolso de la carne a la espalda, el celular optimizado en el bolsillo y la bisutería nueva ya puesta, sentí que había exprimido la jornada como nunca. El beneficio de tener comida y herramientas superó con creces mi irritación matutina.
—Vete —le dije al jerbo al notar cómo revisaba un mensaje en su pantalla de forma compulsiva—. Dimos vueltas por todos lados. ¿No crees que el paseo ya ha terminado?
Apenado, desvió la mirada y comenzó a juguetear con las manos.
—No es eso... Solo pensé que dentro de dos días es su cumpleaños, y me estoy arrepintiendo de haber decidido ignorarlo...
Me lamí los labios. Había olvidado por completo su trágica historia de amor unilateral. De todos modos, yo ya iba de regreso a casa para refrigerar mis provisiones, así que le hice un ademán de despedida con la mano.
—Claro. Supongo que es normal. Iré a casa; invítame cuando haya otra buena película en cartelera.