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Cámara Encendida

Cámara Encendida

Status: Terminada
Genre:Romance / Malentendidos / Yaoi / Completas
Popularitas:891
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

De día soy el hijo perfecto, el alumno intachable que todos esperan ver. De noche me pongo la máscara y me convierto en Nox: la voz libre que miles esperan escuchar. Todo funcionaba en secreto hasta que mi seguidor más fiel, la única persona que realmente me entiende, resulta ser el mismo hombre que cada día me despierta curiosidad en la vida real. Ahora debo elegir: seguir escondiéndome para siempre, o encender la luz y mostrarle quién soy de verdad.

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CAPÍTULO 6 LAS MENTIRAS QUE SE INTERPONEN

El amanecer no trajo ninguna luz alivio a la habitación de Damián. Abrió los ojos mucho antes de que el sol siquiera empezara a teñir de gris el cielo, con esa sensación opresiva en el pecho que le había acompañado toda la noche, y lo primero que hizo fue estirar la mano instintivamente hacia la mesita de noche para buscar su teléfono. Sus dedos solo rozaron la madera fría y vacía. Se incorporó de un salto, el corazón golpeándole con fuerza contra las costillas, y revisó debajo de la almohada, entre las páginas de los libros que tenía apilados, dentro de los cajones entreabiertos, incluso en el fondo de su mochila. Nada. El aparato no estaba por ningún lado.

En ese momento escuchó pasos pesados acercándose por el pasillo, y luego la voz de su padre, sonando a través de la puerta cerrada con una frialdad que le heló la sangre:

—Lo he guardado en un lugar seguro. Ya no vas a seguir hablando con ese muchacho, ni con nadie que te llene la cabeza de ideas absurdas que no te convienen. Desde este instante tus salidas quedan totalmente canceladas hasta nuevo aviso. Vas a retomar todas tus obligaciones, vas a volver a comportarte como se espera de ti, y te olvidas de las redes sociales, de esa identidad ridícula que inventaste y de él. Todo eso se terminó.

Damián corrió hacia la puerta y tiró del pomo, pero estaba bloqueada por fuera. Golpeó con los puños, primero con suavidad y luego con desesperación, gritó pidiendo explicaciones, preguntó con qué derecho hacía eso, suplicó al menos poder avisar que no podría ir al encuentro que habían acordado. Pero lo único que obtuvo como respuesta fue el silencio absoluto y luego el sonido de los pasos alejándose. Se deslizó hasta quedar sentado en el suelo, apoyando la espalda contra la madera, con las manos temblando sin poder controlarlo. Sabía que Gael estaría esperándolo en el parque, que se pondría nervioso si no llegaba, que pensaría cualquier cosa. Y no tenía ninguna forma de hacerle saber que no era su culpa, que lo habían encerrado, que el miedo que sintió la noche anterior se había convertido en una realidad mucho más cruel de lo que imaginaba.

Mientras tanto, en el banco de madera bajo los sauces, Gael llevaba ya casi una hora esperando. Tenía su cámara apoyada sobre las rodillas y la mirada fija en el camino de tierra por donde siempre solía aparecer Damián. Al principio pensó que simplemente se había retrasado, que quizás le había costado encontrar un momento para salir sin levantar sospechas, o que se había distraído pensando en qué decirle. Pero pasaron los minutos, luego media hora, luego una hora entera, y el sol ya subía alto calentando el pasto sin que hubiera ni rastro de él. Una inquietud amarga y pesada empezó a llenarle el pecho. Intentó llamarle por teléfono, pero la llamada se cortaba al instante como si el aparato estuviera apagado o bloqueado. Le envió docenas de mensajes preguntando si estaba bien, si le había pasado algo, si había cambiado de parecer, pero todos quedaron marcados como enviados y nunca como leídos.

Gael no se quedó quieto. Caminó con paso lento y precavido hasta llegar a la distancia prudente desde donde se podía ver la entrada principal de la casa de los Vera. Se escondió entre los árboles de la acera opuesta y observó durante un buen rato: vio salir al padre de Damián acompañado de un hombre de traje oscuro, señalando la calle y dando instrucciones con gestos tajantes, como si estuviera ordenando que vigilaran cada movimiento que se acercara a la propiedad. En ese momento todo le hizo sentido, aunque eso no alivió en nada la angustia que sentía.

Horas más tarde, cuando ya era mediodía, alguien llamó a la puerta de la casa donde vivía Gael. Al abrir se encontró con ese mismo hombre de traje, que se presentó como abogado de la familia Vera sin dar más explicaciones. Extendió un sobre de papel grueso hacia él y le dijo con tono impasible:

—El señor Damián me pidió que le entregue esto. No tiene nada más que decirle.

Gael abrió el sobre con manos que le temblaban levemente. Dentro había una hoja escrita a mano, y al leer las palabras sintió como si le hubieran asestado un golpe seco directo en el estómago que le dejó sin aire: *“No busques más. Me han hecho ver que no eres buena influencia para mí, que todo esto es un error y que lo mejor es que dejemos de vernos y de hablar para siempre. He decidido obedecer y volver a mi vida como era antes. Por favor, no vuelvas a acercarte a mí, no me escribas ni me busques. Damián”*. Reconocía la caligrafía, conocía cada curva de sus letras por los mensajes que se habían intercambiado durante semanas, pero al mismo tiempo no reconocía en absoluto el tono, la frialdad, la crueldad de esas frases. Aun así, la duda empezó a roerlo por dentro con fuerza: ¿y si realmente Damián se había arrepentido? ¿Y si al final el miedo a su familia había podido más que lo que sentía? ¿Y si él había sido solo una distracción pasajera? Se quedó mirando esa nota durante horas, sentado en el escalón de la entrada, sin saber que cada palabra había sido escrita bajo una amenaza terrible.

Encerrado en su habitación, Damián vivía su propio infierno. Unas horas antes, su padre había entrado sin previo aviso, había puesto el papel y un bolígrafo sobre el escritorio y le había dicho con voz baja y peligrosa:

—Escribe exactamente lo que te voy a dictar. Y asegúrate de que parezca convincente. Si no lo haces, o si cambias una sola palabra, voy a encargarme de que ese muchacho desaparezca de tu vida de la peor manera posible. Hablaré con sus maestros, difundiré rumores que arruinen su reputación, haré que pierda cualquier oportunidad que tenga de estudiar o de trabajar en esta ciudad. Tú decides: escribes esto y te quedas aquí tranquilo, o él paga las consecuencias de tu rebeldía.

Damián sintió que el mundo se le venía encima. Sabía que su padre era capaz de cumplir cada una de esas amenazas. Así que tomó el bolígrafo con la mano que le temblaba tanto que casi no podía sostenerlo, y escribió cada frase sintiendo que se rasgaba el pecho en cada palabra. Escribió sabiendo que Gael leería aquello y pensaría que lo había traicionado, que lo había abandonado sin darle ninguna explicación, que todo lo que habían compartido no había significado nada. Cuando terminó soltó el bolígrafo como si le quemara los dedos y se dejó caer sobre la cama, llorando en silencio hasta que le dolieron los ojos y se le secaron las lágrimas.

Pasaron tres días de esa pesadilla. Damián solo recibía comida en la bandeja que le dejaban en el pasillo, y cada vez que le abrían la puerta un instante solo le preguntaban si ya había recapacitado, si ya entendía lo que era bueno para él. No tenía noticias del exterior, no sabía si Gael le odiaba, si se había ido, si le creía esas mentiras. Por su parte, Gael pasaba las horas en vela, dándole vueltas una y otra vez a la nota, sin poder olvidar la forma en que Damián le había mirado, la sinceridad que había en sus ojos, el miedo que le había confesado. No encajaba nada: no era la persona que él conocía. Empezó a sospechar que algo andaba muy mal, que todo era una trampa, pero no tenía pruebas ni forma de acercarse a él para saber la verdad.

Una tarde, cuando ya empezaba a caer la tarde, escuchó la voz de su madre muy bajito al otro lado de la puerta, cuidando que nadie más pudiera oírla:

—Sé que estás ahí, escúchame. Él sigue buscándote, Damián. No se ha creído ni una palabra de lo que le enviaron. Pero tu padre está dispuesto a llegar muy lejos para separarlos a como dé lugar. Ten mucho cuidado con lo que hagas o digas, porque ahora mismo los dos están en peligro. No confíes en nadie más que en ti mismo.

Esas palabras le devolvieron una pequeña chispa de esperanza, pero al mismo tiempo le llenaron de más angustia: si Gael seguía insistiendo, su padre seguramente cumpliría sus amenazas. Damián se sentía atrapado entre dos dolores: el deseo desesperado de gritarle que no se rindiera, que lo esperara, y la necesidad desgarradora de alejarlo para protegerlo de todo el daño que su padre podía causarle.

Esa noche, después de que le dejaran la cena y cerraran de nuevo, Damián se quedó sentado junto a la ventana mirando hacia la calle oscura. De repente vio una luz tenue parpadear dos veces desde la distancia, justo desde donde terminaba el jardín. Se acercó pegando la cara al cristal y ahí lo vio: era Gael, escondido entre las sombras, sosteniendo su cámara y usando el destello del flash como señal, el mismo código sencillo que sin darse cuenta habían usado en sus transmisiones para decirse “estoy aquí, no te olvido”. Damián sintió que el corazón se le salía del pecho. Quiso gritar, quiso golpear el vidrio, quiso bajar corriendo para abrazarlo, pero en ese instante escuchó pasos acercándose por el pasillo. No podía hacer nada más que apoyar la mano contra el cristal, presionando la palma como si con ese gesto pudiera tocarlo, como si pudiera decirle todo lo que no podía pronunciar en voz alta.

Gael vio el movimiento de su mano contra la ventana y supo entonces con total certeza: la nota era una mentira, una vil artimaña. Damián no lo había abandonado. Estía pidiendo ayuda desesperadamente. Pero justo en ese momento vio encenderse los faroles del jardín y salir hacia la calle al guardia de seguridad contratado por su padre, mirando en todas direcciones. Gael no tuvo más remedio que retroceder y alejarse entre las sombras, llevándose consigo la certeza de que la verdadera lucha apenas comenzaba, y que ninguno de los dos tendría ni un momento de paz hasta que lograran romper esas cadenas que los mantenían separados.

La noche siguió su curso, fría y silenciosa. Damián se quedó junto a la ventana hasta que el cansancio lo venció, preguntándose cuánto tiempo más tendrían que soportar esto, cuántas mentiras más tendrían que escuchar, cuánto más tendrían que sufrir antes de que alguien les permitiera simplemente ser ellos mismos. Mientras tanto, Gael caminaba de regreso a casa con la mente llena de planes y de miedos, sabiendo que a partir de ahora nada sería fácil, que cada paso que dieran podría ser peligroso, pero también sabiendo que no se rendiría, aunque eso significara enfrentarse a todo un mundo que parecía decidido a no dejarlos ser felices.

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