¿Cuánto peso puede soportar un secreto antes de romperte por dentro?
Al principio, Jester y Yelina eran dos extraños unidos por un amigo en común. No había chispas, ni conexión, ni interés. Pero el roce diario y la complicidad silenciosa fueron tejiendo un lazo que ninguno de los dos vio venir. Se volvieron refugio, confidentes, mejores amigos.
Y fue ahí, en la calidez de esa cercanía, donde Yelina se perdió. Enamorarse de él fue inevitable; aceptar que nunca sería correspondida, una dolorosa certeza. Para salvar la amistad que tanto le costó construir, Yelina decide condenarse al silencio. Una historia sobre el amor que prefiere callar para no perder lo que más quiere en el mundo.
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Confidencia A Media Noche
La cena fue un éxito rotundo. Jester había preparado un lomo al vino tinto con puré rústico que nos dejó a todos sin palabras. Caliope no escatimó en elogios, asegurando que estudiaría enfermería con más ganas solo para poder pagarle un restaurante propio en el futuro, lo que desató las carcajadas de Gonzalo. La complicidad del grupo era innegable; parecíamos conocernos de toda la vida.
Después de cenar, Gonzalo y Caliope se enfrascaron en una acalorada y divertida discusión en la sala sobre una serie de televisión. Jester y yo nos quedamos en la cocina, encargándonos de limpiar el desastre que había quedado tras la preparación. Él lavaba los platos y yo me encargaba de secarlos y guardarlos. El sonido del agua corriente y el murmullo lejano de nuestros amigos creaban una burbuja de intimidad que me resultaba tan reconfortante como aterradora.
—Gracias por ayudarme, Yadira —dijo Jester, pasándome una copa húmeda—. Sé que Gonzalo y Caliope prefieren debatir el destino del universo antes que tocar una esponja.
—No es nada —respondí, secando el cristal con cuidado—. Me gusta ser útil. Además, la cena estuvo increíble, era lo mínimo que podía hacer.
Jester sonrió, apagando el grifo y secándose las manos con un paño. Se apoyó contra el fregadero, mirándome con curiosidad.
—¿Sabes? Al principio pensé que eras un poco seria —confesó con total honestidad—. Pero me doy cuenta de que solo eres tímida. Cuando sonríes de verdad, todo tu rostro cambia. Deberías hacerlo más seguido.
Sentí un vuelco en el estómago. El cumplido, directo y sin pretensiones, me desarmó por completo. Dejé la copa sobre la encimera, temiendo que se me cayera de las manos por el temblor que de repente se apoderó de mí.
—A veces me cuesta abrirme con las personas —admití en voz baja, mirando mis propias manos—. En mi trabajo tengo que mostrar una imagen perfecta, fuerte y segura. Supongo que cuando estoy fuera de la pasarela, simplemente me escondo un poco para protegerme.
Jester asintió lentamente, mostrando una empatía que me conmovió. Dio un paso hacia mí, acortando la distancia que nos separaba.
—No tienes que esconderte conmigo, Yadira. Ni con Gonzalo, ni con Caliope. Con nosotros puedes ser exactamente quien eres, sin presiones de ser perfecta —dijo con voz suave, su tono cargado de una sinceridad abrumadora.
Su mirada fija en mis ojos me pareció el refugio más cálido del mundo. Por un segundo, la distancia entre nosotros pareció disiparse y la tentación de dar un paso más y confesarle lo que su cercanía me provocaba fue casi insoportable. Quería decirle que su presencia me daba una seguridad que nunca había sentido, que me estaba enamorando de su risa, de sus manos, de su forma de ver la vida.
Pero la timidez y el miedo al rechazo volvieron a levantar sus muros de inmediato. ¿Y si él solo me veía como la amiga de Gonzalo? ¿Y si confesar mis sentimientos arruinaba la hermosa dinámica que acabábamos de construir? Jester me miraba esperando una respuesta, y yo solo alcancé a asentir, forzando una sonrisa suave que ocultaba el torbellino de emociones que amenazaba con desbordarme.
—Gracias, Jester. Significa mucho para mí —susurré, guardando la última copa y sellando, sin saberlo, el primer eslabón de mi silencio.
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