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AMORES DE LA ÉLITE

AMORES DE LA ÉLITE

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Romance / Amor eterno / Completas
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

El Precio de la Libertad
En las frías y oscuras mazmorras donde los sueños se apagan, una mujer encadenada guarda el secreto de su propia resistencia. Despojada de todo menos de su dignidad, su llanto no es de debilidad, sino el eco silencioso de un alma que se niega a doblegarse.
Amores de la ÉLITE
Entre salones de baile iluminados por imponentes candelabros, copas de cristal y miradas que lo dicen todo, se mueve la alta sociedad. En este exclusivo universo donde el poder y el dinero dictan las reglas del juego, dos almas se cruzan para descubrir que el lujo más codiciado no se lleva en los dedos ni en las joyas, sino en la intensidad de un amor apasionado. Tres élite se unen la familia Monasterio, la familia Valderrama Morales y la familia Pineda Castillo.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

RESPIRO ENTRE LÁGRIMAS Y LA CHISPA DE REGINA

​El pasillo del ala quirúrgica parecía haber cambiado de textura; la pesada losa de terror que había aplastado a la familia durante horas se había desvanecido, dejando paso a un silencio reverente y cálido, roto únicamente por los sollozos de alivio y el murmullo de los monitores lejanos. El abrazo entre Marcela, Diana y Elena se mantuvo durante largos segundos, un nudo de gratitud, hermandad y dolor compartido que resumía la tormenta de la que acababan de salir ilesas.

​Santiago las rodeaba a todas con un brazo protector, mientras sus hijos —Jimena, Antonella, Bruno y Daniela— se estrechaban los unos a los otros, secándose las lágrimas con las mangas de los abrigos y compartiendo sonrisas temblorosas. A pocos pasos, la teniente Samantha Blake guardaba su tableta en el bolsillo del chaleco, permitiéndose por fin una exhalación profunda que relajaba sus hombros tensos por el estrés táctico.

​El ambiente, aunque todavía cargado de la adrenalina residual de la tragedia, comenzaba a transicionar hacia una frágil y muy necesaria tregua. Y fue justo en ese momento, cuando el aire empezó a escasear para los pulmones de tanto llorar, que Regina Cifuentes decidió que ya había tenido suficiente sobriedad y drama por una sola noche.

​Regina se aclaró la garganta con exagerada teatralidad, se acomodó la chaqueta con un movimiento rápido y, con esa mezcla de picardía y desparpajo que la caracterizaba, rompió el hielo del pasillo con un comentario filoso:

​—A ver, a ver, un momento... Paren el camión —anunció Regina levantando una mano con gracia, llamando la atención de todos los presentes—. Yo entiendo perfectamente que estamos al borde de la catarsis colectiva, que el muchacho se nos salvó de milagro y que estas dos eminencias de la medicina —señaló con la barbilla a Diana y a Elena, que aún respiraban agitadas— se acaban de lucir como si estuvieran sacándole las espinas a una rosa... Pero necesito hacer una pregunta formal y de vital importancia para mi salud mental antes de que me dé un siqueira a mí también.

​Diana, que aún trataba de recuperar la compostura mientras se quitaba la cofia quirúrgica, la miró con las cejas arqueadas, mezcla de agotamiento y resignación divertida.

​—¿Ahora qué se te ocurre, Regina? —preguntó Diana con un hilo de voz, esbozando una sonrisa cansada.

​—No, si yo solo quiero saber —continuó Regina con una chispa pícara en los ojos, cruzándose de brazos y mirando alternativamente a Diana y a Elena— si este par de joyas de la ciencia moderna planean cobrarnos esta cirugíaza de cerebro y corazón a precio de oro, o si por ser amigas de la casa nos van a aplicar el "descuento de consolación con cafecito incluido". Porque, querida Diana, conociéndote a ti y a tus gustos caros para el vino, capaz y nos mandas la factura con intereses de mora antes de que el pobre Andrés mueva el dedo gordo del pie. Y tú, Elena —añadió girándose hacia la neurocirujana con una sonrisa burlona—, no te hagas la disimulada con esa carita de ángel salvador, que abrirle el cráneo a un muchacho terco no debe costar dos lochas en el mercado negro de la medicina.

​Un silencio de un segundo sobrevino en el pasillo, seguido inmediatamente por una carcajada general que estalló de golpe, rompiendo por completo la tensión acumulada.

​Marcela, que seguía arropada por los brazos de Santiago, soltó una risa ahogada entre lágrimas, negando con la cabeza mientras le lanzaba a Regina una mirada de reproche lleno de cariño.

​—¡Regina, por Dios! ¡Mi hijo apenas viene saliendo del quirófano y tú pensando en facturas! —exclamó Marcela, aunque sus labios se curvaban en una sonrisa genuina por primera vez en toda la noche.

​—¡Oigan, oigan, no me juzguen! —se defendió Regina fingiendo indignación, llevándose una mano al pecho—. Hay que mantener la economía familiar estable, ¡imagínense si Andrés despierta con ganas de comer caviar importado para celebrar que sigue vivo! Alguien tiene que pensar en los bolsillos de Santiago antes de que nos hipotequen hasta los floreros del jardín.

​Paulina Betancourt, que hasta ese momento había mantenido la compostura de abogada implacable, soltó una carcajada sonora y le dio una palmada en el hombro a Regina.

​—Bueno, en eso último te doy la razón, Regina. Como abogada defensora de este clan, te digo que si nos toca pagar la factura de dos eminencias juntas, prefiero demandar al hospital por daño emocional antes de que me cobren el microscopio —bromeó Paulina, sacando sonrisas cómplices en todo el grupo.

​Elena Morales soltó una risa franca, sacudiendo la cabeza mientras se acomodaba el estetoscopio al cuello.

​—No te preocupes, Regina. Por esta vez haremos una excepción humanitaria... aunque, pensándolo bien, aceptaría con mucho gusto una buena botella de vino y una cena pagada por Santiago para compensar las canas que nos acaban de sacar en estas cuatro horas de cirugía —respondió Elena con una sonrisa socarrona, mirando al patriarca de los Pineda-Castillo.

​Santiago, sintiendo por fin cómo la presión en su pecho se disipaba por completo, asintió con una sonrisa franca y una tranquilidad que no sentía desde hacía días.

​—Hecho, Elena. Tienen barra libre y la cena pagada en el mejor restaurante de la ciudad en cuanto este necio despierte y nos deje respirar en paz —afirmó Santiago, rodeando con más fuerza a Marcela contra su costado.

​El momento de humor, tan inoportuno en apariencia como sanador en la práctica, cumplió su cometido. Las lágrimas de dolor dieron paso a suspiros de alivio, recordando a todos que, a pesar de las sombras y de los monstruos que aún merodeaban en las calles oscuras de la ciudad, los lazos de su familia y amigos eran lo suficientemente fuertes como para soportar cualquier embate del destino.

​Mientras el grupo comenzaba a organizarse para turnarse en la vigilancia de las habitaciones de Andrés y de Anastasia, la esperanza se instaló firmemente en el aire, recordándoles que, pase lo que pase, el hogar seguía intacto.

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Luisa Franco
la historia promete
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