"Dos apellidos enfrentados. Un amor prohibido. Una vida que lo cambiará todo."
Camila Santana siempre supo que su familia odiaba a los Santoro. Creció escuchando historias de traiciones, sangre y ruina. Por eso, cuando la envían al extranjero a los ocho años, cree que escapa de ese infierno. Pero el infierno la espera a su regreso.
Veintitrés años, fogosa y decidida, Camila vuelve a casa para encontrarse con su destino: el hijo de los Santoro. Lo que nace entre ellos es un torbellino de pasión y peligro, de caricias que saben a pecado y miradas que prometen guerra. Pero el odio de sus familias no es un rumor: es una sentencia.
Cuando un embarazo inesperado los une para siempre, Camila deberá enfrentarse a la pregunta más difícil: ¿puede el amor de dos personas vencer al odio de dos apellidos? ¿O su hijo estará condenado a heredar una guerra que no eligió?
Una historia de amor, lealtad y el valor de romper cadenas.
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Capítulo 16 No estoy delgada
Mientras tanto, en el departamento de Rocco, Camila se queda impresionada: ese hombre cocinaba realmente como un dios. Era la comida más rica que había probado desde hacía tiempo.
—Come más, estás muy delgada. No me gustan las mujeres curvilíneas, pero me preocupa tu salud —dijo sirviendo un filete término medio perfecto, como de un hotel cinco estrellas Michelin.
Camila quiso rezongar, pero no le encontraba fallos a su lógica.
—No estoy delgada, es mi constitución —dijo bajito mientras seguía comiendo; no podía parar.
—Para la mina de la ladera, debes comunicarte con Sernal Minería. Son buenos estrategas para la eficiencia del proyecto de minería; tendrán a Metaltech arrinconados con los plazos, tiempos y demás. Si ustedes, como empresa Santana, lo hacen por su cuenta, tendrán más retrasos. —Camila lo miraba y anotaba mentalmente.
—Gracias, realmente aprecio esta información —dijo Camila mientras terminaba de cenar.
—No me agradezcas. De todas formas, no estaba interesado en ese proyecto; mi padre estaba detrás de eso y era porque ustedes lo querían. Tengo otro proyecto más lucrativo —dijo mientras la llevaba al sofá.
Camila se quedó pensando en esa información. Parece que los Santoro, al menos la generación presente, no se sentían tan interesados en esa guerra sin fin.
Pero antes de que ella pudiera reaccionar, Rocco la jaló, la sentó en su regazo haciéndole dar un grito bajito de sorpresa.
—Ahora, conejita, quiero regalarte algo —dijo mientras sacaba una caja de terciopelo del bolsillo. En la caja había unos aretes preciosos, nada ostentosos, pero tenían una delicadeza y suavidad que los hacían destacar.
Camila se sonrojó y dejó de forcejear. Ella no usaba aretes seguido, y Rocco lo había notado. El hombre, que era tan alto y fuerte, con una delicadeza impropia de él, se los puso. En el último, se acercó a su oído, susurrando:
—Quiero que te quedes conmigo esta noche, conejita. Te puedes rehusar, solo dime que no; pero si no lo haces, será un sí.
Camila parpadeó, se quedó callada, se sonrojó. No quería decir no; el orgullo no la dejaba decir el sí.
Los brazos de Rocco se enredaron en su cintura, le dio un beso en los labios. Ella había aceptado. Mientras su gatita se ponía roja como un tomate, le gustaba ese hombre. Sí, lo odiaba, sí, pero cada vez menos. Le temía, solo cuando él la hacía sentir como su gatita rebelde.
La tomó en brazos y la llevó al dormitorio. La deuda aún seguía, pero ya no se sabía si era una deuda, o era un trato, o tal vez solo eran dos personas enamorándose, más de lo que ambos quisieran.
*_*
Mientras tanto, en el departamento de Carola, la pelea había iniciado.
—¿Cómo que mi prima no es suficiente para tu maldito hermano? —Carola le apuntaba con el dedo; estaba furiosa, mientras César estaba sentado en el sillón con cara de circunstancia.
—Es verdad, mi hermano debe tener una mujer a su altura, no una cría malcriada como tu prima. Solo digo la verdad —César la miraba como si esa mujer frente a él estuviese loca.
—Es tu hermano el que no está al nivel de mi prima. Es tan poca cosa que tuvo que hacer una apuesta para poder acostarse con ella. Si fuera tan bueno, lo habría logrado por sus propios méritos. Es un inútil —dijo Carola furiosa.
César se enfureció. Sus hermanos eran su límite, lo único que no se podía tocar. Se acercó a ella y la tomó de la muñeca, acercándola a él. Sus cuerpos chocaron por la inercia del acto, y eso fue todo.
*_*
Al día siguiente, Camila se despertó enredada en el cuerpo de Rocco. Él dormía y se veía más tranquilo y sereno cuando dormía. Ella parpadeó varias veces; había un dolorcito delicioso en su cadera que la hizo hacer un puchero y se sonrojó al recordar esa pose en particular.
—Deja de mirarme —la voz ronca y gruesa de Rocco se escuchó clara y fuerte, haciendo que Camila se tapara con la sábana.
—No seas narcisista, no te estaba mirando, solo no sabía si aún dormías —dijo mientras Rocco, sin abrir los ojos, sonrió.
—Conejita sinvergüenza, me mientes sin piedad. Pero ahora dime, ¿tienes hambre? ¿Quieres que te prepare algo? —dijo desenredándose de su lado.
Camila asomó los ojos y, con una risita traviesa:
—Sorpréndeme.
Y eso fue todo. Rocco fue a la cocina mientras Camila se bañaba. Un desayuno delicioso los dejó con más charlas empresariales, y Rocco le enseñaba y ella aprendía.
Camila se fue de ahí como siempre, como una fugitiva que escapa de la escena del crimen, lo que hacía reír a Rocco . Ese romance, tarde o temprano, saldría a la luz, así que la dejaba en su novela de misterio y amor prohibido.
Camila llegó al estudio fotográfico de Carola, tocó el timbre una vez, dos veces, tres veces, y nada de nada. Hasta que por fin abrió. Carola estaba con una bata, despeinada, confundida, y con unas marcas en su cuello que eran una declaración de guerra.
—Cami… ¿Qué haces aquí? Realmente no esperaba que vinieras tú… —pero fue interrumpida: la voz perezosa de César se escuchó desde la cocina.
—Caro…, muñeca… no hay nada para desayunar. Saldré a traer comida, me visto y salgo.
Carola sintió que le daba un infarto y Camila se abrió la boca sin poder creerlo. Esos dos se habían enredado. Esto estaba mal; esa guerra se había trasladado del campo de batalla de las empresas a las camas.