En un mundo en caos al borde de la guerra, Kael entra en una mazmorra llamada Lune con más de 100 pisos. Está mazmorra es la única en todo el continente del imperio, nadie sabe como llegó o quién la creo.
Selene es una Elfa, su misión es asistir a todo aquel aventurero que entre en la mazmorra.
El problema está cada vez que suban un piso, un nuevo reto, un recuerdo olvidado, un nombre, una parte de ellos.
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Capítulo: El silencio después
Selene siguió a Kael al Piso 4 sin decir nada más. El "Señor" que susurró el Guardián le quemaba en la cabeza, pero no preguntó. Kael odiaba las preguntas directas. Se notaba.
El Piso 4 no era un salón. Era un pasillo larguísimo. Paredes de piedra negra, antorchas que no daban calor. Solo sombras.
Caminaron en silencio unos minutos. Solo se escuchaban sus pasos. Y la respiración de Kael... demasiado tranquila para alguien que acababa de domesticar un piso durmiendo.
Selene no aguantó más. Cruzó los brazos.
"¿Vas a explicarme qué pasó allá atrás o voy a tener que adivinar?"
Kael ni la miró. Siguió caminando.
"¿Qué pasó dónde?"
"En el Piso 3, Kael. El monstruo te dejó pasar. Las sombras te rodearon. Me dijiste que te tranquilizaba que estuviera". Lo dijo bajito, casi enojada consigo misma por recordarlo.
Kael se detuvo. Suspiró. Apoyó una mano en la pared.
"Selene", dijo sin girarse. "Hay cosas que la Torre no entiende. Y cosas que yo no recuerdo".
Mentira. Selene lo supo al instante. En 200 años aprendió a detectar cuando alguien escondía algo. Y Kael escondía todo.
"Entonces no recuerdas por qué el Guardián te tiene miedo", murmuró ella, más para sí misma.
Kael finalmente se giró. Media sonrisa, ojos vacíos.
"No. Pero tú sí tienes miedo ahora, ¿no? Te leo en la cara, elfa mirona".
Selene se puso roja. "Yo no-"
"Sí", la cortó él. Suave. Sin burla. "Y está bien tener miedo. Yo también lo tengo".
Esa confesión la desarmó. Kael, con miedo. ¿De qué? ¿De la Torre? ¿De sí mismo?
Antes de que pudiera responder, el pasillo se cerró detrás de ellos. Piedra contra piedra. No había vuelta atrás.
Al frente, una puerta simple de madera. Vieja. Sin símbolos. Sin guardianes.
Kael la miró 5 segundos. Luego metió la mano al bolsillo y sacó algo. Un botón. Viejo, de metal gastado.
Lo sostuvo en la palma. No dijo de qué recuerdo era. No hizo falta.
"Este es el precio del Piso 4", murmuró. "No mana. No fuerza. Solo... esto".
Presionó el botón contra la puerta. La madera crujió y se abrió sola. Sin luz. Sin ruido. Solo oscuridad.
Kael se giró a Selene. Por primera vez en todo el viaje, dudó.
"Adentro no hay monstruos, Selene. Hay recuerdos. Los que la Torre robó de otros antes que nosotros. Los que nadie quiso pagar".
Tragó saliva. Esa parte humana, cansada, volvió.
"Si entras conmigo... vas a ver cosas que no querés ver. De mí. De otros. De la Torre".
Extendió la mano. No para que la tomara. Solo la ofreció.
"Decidí vos. Puedo entrar solo. Como siempre".
Selene miró su mano. Mano callosa, con cicatrices que no tenían forma de espada. Mano de alguien que cargaba más peso del que mostraba.
El pasillo detrás de ellos crujió. La Torre no les iba a dar tiempo.
Selene exhaló. No tomó su mano. Pero dio un paso al frente. A su lado.
"No soy heroína, Kael. Soy una elfa terca que se aburre fácil".
Kael bajó la mano. Asintió. Una esquina de su boca subió.
"Entonces aburrámonos juntos".
Cruzaron la puerta. La oscuridad los tragó.
Del otro lado no había piso. Había un campo. De noche. Con estrellas que no se movían. Y en el centro... miles de botones, relojes, mechones de pelo, anillos, cartas... flotando. Cada uno un recuerdo robado.
Y en el aire, una voz que no era de la Torre susurró:
"Elige uno. O paga con el tuyo".
Kael cerró los ojos. Sabía qué iba a pasar.
Selene dio un paso adelante.