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El Mafioso Que Me Eligió

El Mafioso Que Me Eligió

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Traiciones y engaños / Mafia / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria del Rosario González

Soraya es una estudiante común cuya vida se rompe cuando la deuda de su padre la vincula con un mundo peligroso dominado por intereses ocultos. Entre Víctor, su novio, y Sebastián, un hombre enigmático ligado a esa deuda, su realidad comienza a distorsionarse.
Lo que parece un triángulo amoroso pronto revela algo más profundo: fuerzas invisibles que intentan influir en su vida, definir quién es y controlar sus decisiones.
Cuando todo contacto con su pasado empieza a cortarse, Soraya descubre que no está eligiendo entre dos hombres, sino entre ser moldeada por otros o reconstruirse desde cero.
Al final, su mayor decisión no es amorosa… es identitaria: dejar de ser definida por todos para convertirse en sí misma.

NovelToon tiene autorización de Maria del Rosario González para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6: El peso de la verdad oculta

​El trayecto de regreso fue un ejercicio de contención agónica. El sedán se deslizaba por las curvas de la montaña con la suavidad de una serpiente, pero el interior, para Soraya, era un huracán contenido. Sentía el roce del papel contra su muslo como si fuera un trozo de hierro candente. Cada vez que Sebastián giraba la cabeza para observarla, ella fingía una fatiga inexistente, ocultando el brillo de una astucia recién descubierta tras sus pestañas.

​Bajo la luz intermitente de las farolas que pasaban veloces, la belleza de ambos se proyectaba de formas contrastantes y casi dolorosas.

​Soraya era una criatura de belleza etérea, casi trágica. Su piel, pálida como el lienzo que aún esperaba ser pintado, contrastaba de forma violenta con la oscuridad del vestido de seda negra que la envolvía. Sus ojos, grandes y expresivos, poseían esa intensidad propia de quienes ven el mundo no como es, sino como podría ser; tenían un brillo húmedo, una profundidad oceánica que parecía cambiar de color según la sombra que los envolviera. Había una fragilidad en la línea de su cuello, una delicadeza en sus muñecas que la hacían parecer una pieza de porcelana antigua, demasiado refinada para un mundo de acero y deudas. Sebastián, al mirarla, no solo veía a su posesión; veía un ideal de pureza que él mismo se había encargado de manchar.

​Sebastián, por otro lado, poseía una belleza que incomodaba. Era una belleza depredadora, esculpida en ángulos rectos y superficies impecables. Sus facciones eran de una simetría tan precisa que resultaban inhumanas: una mandíbula afilada como el filo de un escalpelo y unos pómulos que parecían tallados en piedra de obsidiana. Sus ojos, del color del acero bajo la lluvia, no tenían parpadeo, no mostraban titubeo. Había en él una elegancia fría, un atractivo magnético que emanaba de su propia capacidad para destruir y reconstruir vidas a su antojo. Cuando él se movía, el aire a su alrededor parecía volverse más denso, más estático, como si la realidad misma se inclinara ante su voluntad.

​Al llegar a la jaula de cristal, Sebastián no esperó a que le abrieran la puerta. Se bajó con esa elegancia felina que lo caracterizaba y, al tenderle la mano a ella, Soraya volvió a sentir el contraste absoluto: la calidez febril de su mano contra la temperatura gélida, casi artificial, de la piel de él.

​—Estás en silencio desde el restaurante —dijo Sebastián, su voz un susurro aterciopelado que la obligó a detenerse en el umbral—. El silencio es un lienzo, Soraya. Y el tuyo está lleno de sombras.

​—Solo estoy intentando procesar lo que he visto —respondió ella, evitando su mirada. No podía dejar que él viera el miedo, ni tampoco la determinación que empezaba a arder en su interior.

​—No intentes entenderlo todo aún. A veces, la belleza de la verdad reside en lo que dejamos sin decir. Descansa. Mañana será un día largo.

​Él la acompañó hasta la puerta de su habitación y, tras un gesto lacónico, se retiró hacia su propio estudio. Apenas escuchó el eco de sus pasos alejándose por el corredor de mármol, Soraya cerró la puerta con llave y se dejó caer contra la madera, respirando con dificultad.

​Se deslizó hasta el suelo y sacó el papel doblado. Sus manos, manchadas por el rastro de la noche, temblaban al desdoblar la pequeña nota. El papel estaba ligeramente arrugado por el calor de la mano de Víctor. La caligrafía era rápida, nerviosa, nada que ver con la elegancia pulcra de las cartas que él solía enviarle.

​“No confíes en lo que ves. Sebastián no es el único que tiene contratos. Si te he buscado, es porque eres la única salida. Mira detrás del cuadro del bosque en el estudio mañana a las tres. La verdad sobre tu padre te hará libre, pero también te destruirá. Él está cerca.”

​Soraya sintió que el aire abandonaba sus pulmones. ¿De qué salida hablaba Víctor? ¿Y qué tenía que ver el cuadro que ella misma había pintado, aquel bosque que Sebastián tanto había admirado? La belleza de su arte, algo que ella consideraba su refugio más puro, estaba siendo utilizada como punto de encuentro para una guerra que no alcanzaba a comprender.

​La confusión la invadió, pero una nueva faceta de su carácter comenzó a emerger. Esa belleza frágil, esa chica que pintaba amaneceres, estaba muriendo. En su lugar, una mujer endurecida por la sospecha estaba tomando el control. Se miró en el espejo del tocador. Los ojos que le devolvían la mirada ya no eran los mismos. Había una dureza, una sombra de resentimiento y una chispa de venganza.

​Recordó la forma en que Sebastián la miraba, ese deseo que mezclaba obsesión con una extraña adoración. ¿Acaso él la veía como un lienzo sagrado? ¿Un tesoro que necesitaba ser guardado de un mundo que, según él, no la merecía? La idea le resultó repugnante, pero al mismo tiempo, el ego humano —ese hilo invisible del que Sebastián sabía tirar— sintió un oscuro placer al ser el centro de una lucha de titanes.

​Víctor no era la víctima, ni Sebastián el único villano. Eran dos hombres con ambiciones gigantescas, peleándose por el control de su existencia. Y ella, que siempre había sido el pincel, comenzaba a darse cuenta de que, si aprendía a usarlo, podría ser ella quien terminara dibujando el destino de ambos.

​La noche transcurrió entre vigilias y el sonido lejano de la ciudad que nunca dormía. Soraya guardó la nota en un escondite secreto en la base de su caballete. Mañana, cuando Sebastián estuviera ocupado con sus negocios, ella descubriría qué secretos escondía su propio arte. Si su padre había firmado un contrato, si Víctor la utilizaba como una llave, y si Sebastián la amaba como a un dios o la coleccionaba como a una joya, estaba a punto de salir a la luz.

​La belleza de su rostro, iluminada por el pálido resplandor de la luna que se filtraba por el ventanal, se tornó tensa. Ya no era solo una chica bonita atrapada en una jaula. Era una superviviente que empezaba a entender las reglas del juego. Y en ese juego, la belleza no era una virtud; era una ventaja estratégica que pensaba utilizar hasta el final.

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pryz
Hola belleza, leí y no entendí nada pero parece buena, sigamos adelante 😉
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