En el pueblo costero de Mar Azul, una antigua maldición ha permanecido oculta durante siglos: cada luna llena, una sirena de belleza deslumbrante pero esencia demoníaca emerge de las aguas, trayendo consigo desgracia, locura y muerte. Nadie se atreve a hablar de ella, pero sus susurros llegan a los oídos de quienes tienen el destino marcado. Cuando Lyssa, una joven con la capacidad de escuchar voces del más allá, llega al pueblo para investigar la desaparición de su madre, se cruza con Christhian, un hombre atormentado por un pasado oscuro y un vínculo inevitable con la criatura marina. Entre ellos nace una atracción peligrosa, mezcla de amor y odio, pasión y recelo. Pero la sirena no está dispuesta a compartir lo que considera suyo: es posesiva, cruel y ha tejido una red de hechizos que atrapa a quienes se acercan a lo que ella reclama. Lo que empieza como una investigación se convierte en una lucha por la supervivencia y el alma. La maldición no es solo una leyenda.
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Capítulo 4: Primer encuentro.
La noche había cerrado por completo sobre Mar Azul, y el viento helado azotaba las calles vacías, arrastrando consigo el sonido incesante y profundo de las olas al romper contra las rocas. Lyssa salió corriendo de la casa de don Elías, con el corazón golpeándole con fuerza contra las costillas y las palabras del anciano resonando en su mente como una sentencia. «Ella escucha todo… Christhian le pertenece… tu familia pagó la deuda…». Todo lo que antes parecían relatos antiguos, ahora tenía peso, nombre y un horroroso sentido.
Respiraba con dificultad, no solo por la carrera, sino por la angustia que le atenazaba el pecho. Las calles del pueblo eran un laberinto de sombras y silencio; todas las puertas y ventanas permanecían cerradas, como si cada familia se hubiera encerrado bajo llave para protegerse de algo invisible que rondaba fuera. Los susurros que la habían seguido desde su llegada se habían transformado. Ya no eran murmullos confusos; ahora eran risitas bajas, cortantes y burlonas, que parecían venir de todos lados a la vez: de los rincones oscuros, de entre las ramas de los árboles, del propio aire que respiraba.
«Ya sabes la verdad… Ahora no hay vuelta atrás… Él es suyo… Tú serás nuestra…».
Lyssa se cubrió los oídos con las manos, tratando de bloquear esas voces que solo ella podía percibir, pero fue inútil. Cuanto más intentaba ignorarlas, más fuertes se hacían. Necesitaba llegar a la posada, encontrar refugio, pensar con claridad, pero al girar en una esquina, sus pasos se detuvieron en seco. Una figura alta se recortaba contra el fondo grisáceo del cielo y el mar que se veía al final de la calle. Estaba de pie, inmóvil, como si hubiera estado esperando su llegada todo este tiempo.
Era él. Christhian.
A la luz tenue de la luna, que apenas lograba atravesar las nubes espesas, Lyssa pudo verlo con mayor detalle que la primera vez. Vestía ropas oscuras, sencillas y desgastadas por el viento y la sal, que parecían fundirse con la oscuridad que lo rodeaba. Tenía el cabello negro y revuelto, y sus rasgos eran marcados, de una belleza dura y melancólica, pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos: oscuros, profundos, cargados de una tristeza infinita y de un cansancio que parecía no pertenecer a su edad. Eran ojos de alguien que ha visto demasiado, que ha sufrido demasiado y que sabe exactamente qué es lo que acecha en la oscuridad.
No se acercó. Se quedó allí, parado en medio del camino, bloqueando casi todo el paso, observándola en silencio. Lyssa sintió cómo el aire se volvía más denso, más pesado, entre los dos. No sentía miedo, exactamente, sino una tensión extraña, una mezcla de desconfianza y una atracción inexplicable que la hizo quedarse quieta, clavada en el sitio.
—Te dije que no te acercaras a la orilla —dijo él, rompiendo el silencio con esa voz grave y profunda que parecía arrastrar las palabras, como si le costara hablar—. Y también te dije que no hicieras preguntas. Sin embargo, has hecho ambas cosas.
Lyssa recuperó el aliento y se puso derecha, apretando los puños a los costados para disimular el temblor que recorría su cuerpo. No iba a dejar que él o nadie más la intimidara. Había venido por una razón y no se iría sin respuestas.
—Tenía que saber —respondió ella, con voz firme, aunque baja—. Mi madre desapareció aquí. Dejé su rastro, encontré sus cosas, sus notas… sabía que había algo más que simples historias de pescadores. Don Elías me lo contó todo. Sé quién es ella. Sé lo que es. Y sé que tú estás atado a ella.
Al pronunciar esas últimas palabras, vio cómo la expresión de Christhian cambiaba por un segundo. Una sombra de dolor cruzó su mirada, tan rápida que casi creyó que se lo había imaginado, pero desapareció al instante, reemplazada por una frialdad distante. Él dio un paso hacia ella, y Lyssa tuvo que hacer un esfuerzo enorme para no retroceder. Olía a mar, a sal, y también a algo más… una esencia dulce y peligrosa que le resultaba familiar, como la misma presencia que sentía en el agua.
—Ese viejo debería haber mantenido la boca cerrada —murmuró él, mirando hacia la oscuridad como si temiera ser escuchado—. Lo que te haya dicho… no entiendes la mitad. No es solo una historia, Lyssa. Es una condena que se vive día a día, hora tras hora, sin descanso. Ella no es un monstruo que se pueda matar ni ahuyentar. Ella es parte de este mar, de este pueblo… y de todos los que hemos tenido la desgracia de llamar su atención.
Christhian bajó la mirada hacia ella, y en sus ojos brillaba una mezcla de rabia y desesperación.
—Y ahora, por tu culpa, ella ha puesto sus ojos en ti. Antes eras solo una presencia extraña que llegaba del exterior. Ahora eres una amenaza. Alguien que conoce su secreto, alguien que busca lo que ella ha reclamado. Y lo que ella considera suyo… no lo comparte. Y lo que considera una amenaza… lo destruye.
—No le tengo miedo —mintió Lyssa, aunque por dentro el pánico empezaba a crecer—. Si ella se llevó a mi madre, o si la tiene prisionera como dicen… voy a recuperarla. Y si tú eres su prisionero también… quizás yo pueda ayudarte.
Christhian soltó una risa seca, amarga, carente de cualquier alegría. Dio otro paso más, acortando la distancia entre ambos hasta que Lyssa pudo sentir el calor que emanaba su cuerpo, extrañamente caliente para estar bajo ese viento helado. Se inclinó hacia ella, y su mirada se hizo intensa, casi feroz, pero cargada de una extraña urgencia.
—¿Ayudarme? —susurró, y su voz se quebró levemente—. Nadie puede ayudarme. Y mucho menos tú, que acabas de entrar en la jaula. Escúchame bien, porque es la única vez que te lo diré y es la única forma en que podrás sobrevivir: recoge tus cosas, vuelve al autobús, vete de Mar Azul y olvida que este lugar existe. Olvida el nombre de tu madre, olvida lo que has visto, olvida lo que has oído. Vete ahora, esta misma noche, antes de que salga la luna llena. Porque cuando ella despierte por completo… no te dejará irte. Y yo… —se detuvo, tragando saliva, y por un instante pareció que iba a decir algo más, algo que le costaba mucho admitir, pero se obligó a sí mismo a volver a la frialdad— yo no podré protegerte. Porque yo soy el primero que le pertenece.
Lyssa lo miró fijamente, y en medio de todo el miedo y la confusión, comprendió algo más profundo. Detrás de esas palabras duras, detrás de esa advertencia, había algo más. Christhian no solo le hablaba por obligación o por miedo a la sirena. Le hablaba con desesperación, como si intentara salvarla de un destino que él mismo sufría y del que sabía que no había retorno.
—No me iré —repitió ella, suave pero decidida—. No puedo. Mi lugar está aquí, ahora lo sé. Y tú… tú tampoco eres tan suyo como crees. Porque si lo fueras de verdad, no estarías aquí advirtiéndome. No te arriesgarías a su ira solo para decirme que huya.
Por primera vez, vio algo cambiar en la mirada de él. Una chispa de sorpresa, quizás incluso algo parecido al reconocimiento. Pero duró muy poco. El sonido de una campana lejana, o quizás el comienzo de ese canto aterrador que había escuchado en casa de don Elías, llegó flotando desde el mar. Christhian se tensó de golpe, sus músculos se pusieron rígidos, y sus ojos se oscurecieron aún más, llenándose de una angustia profunda.
—Ya viene —susurró él, apartándose de ella bruscamente, como si tocarla o estar cerca de ella fuera un peligro mortal—. Has elegido tu camino, Lyssa. Pero recuerda esto: la sirena no solo exige pertenencia… exige amor. Y si no lo obtiene, lo arranca a la fuerza. Y yo… —la miró una última vez, con dolor y algo que parecía odio, pero odio dirigido a sí mismo— yo soy la mano con la que ella castiga a los que desobedecen. Aléjate de mí. Por tu propio bien.
Sin esperar respuesta, Christhian se dio la vuelta y se perdió entre las sombras de un callejón estrecho, caminando con pasos rápidos y pesados, dejando a Lyssa sola en la calle vacía. Los susurros a su alrededor se habían vuelto frenéticos, entusiastas y malignos.
«Se le ha advertido… pero se ha quedado… Él ya siente algo… Ella lo sabe… Ella siempre lo sabe…».
Lyssa apretó los dientes y siguió caminando hacia la posada. La advertencia estaba clara, el peligro era real, y la presencia de Christhian solo había hecho que todo fuera más complicado, más oscuro y mucho más peligroso. Pero también había confirmado una cosa: en medio de esa maldición, había secretos, luchas y sentimientos que la propia sirena no podía controlar del todo. Y esa era, quizás, su única oportunidad.