Rosa es una joven humana que intenta reconstruir su vida en la moderna e imponente metrópolis de Silverwood tras la misteriosa muerte de su familia. Buscando un momento de escape, se entrega a una ardiente e intensa aventura de una noche con un desconocido de magnetismo animal en el club más exclusivo de la ciudad. Lo que ella cree que fue un encuentro pasajero se convierte en una obsesión cuando despierta con una extraña quemadura en su clavícula en forma de rosa marchita.
NovelToon tiene autorización de Leydis Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 07
Al entrar, la oficina se reveló como un refugio de lujo y poder. Muebles de diseño, una chimenea encendida a pesar del calor exterior y estanterías llenas de libros antiguos que no encajaban en aquel entorno corporativo. Ethan cerró la puerta tras ellos, y el sonido del pestillo encajando sonó como el fin de la libertad de Rosa.
Él la arrastró suavemente hacia el gran ventanal que dominaba todo el piso, el lugar donde la luz del sol se reflejaba en el cristal, creando una aureola a su alrededor. La acorraló contra el vidrio, colocando sus manos a los lados de la cabeza de ella, atrapándola en un espacio donde solo existía él.
—Mira ahí abajo —dijo él, señalando la ciudad que se extendía a kilómetros de distancia—. Ves las luces, la gente, el caos. Todos creen que tienen el control. Pero en este edificio, bajo este techo, las reglas las dicto yo. Y a partir de hoy, las reglas también se aplican a ti.
—No soy tu propiedad —dijo Rosa, levantando la vista, decidida a no mostrar más miedo—. Aunque la marca diga lo que quiera, mi voluntad es mía.
Ethan sonrió, una expresión de pura posesividad que hizo que el corazón de Rosa diera un vuelco. Se acercó aún más, hasta que su pecho rozó el de ella, y ella pudo sentir la vibración de su voz al hablar.
—¿Tu voluntad? —repitió él, bajando el tono a un susurro gutural—. Tu voluntad es el eco de mi deseo. Tu cuerpo, tu sangre, este sello que arde bajo tu blusa... todo me pertenece por derecho de sangre. No lo digas para convencerte a ti misma, dilo para que el mundo lo sepa. Admítelo, Rosa. Admite que este vínculo es lo único que has deseado en toda tu vida, aunque no supieras cómo pedirlo.
Rosa sintió que sus defensas se desmoronaban. La mirada de Ethan era como un espejo en el que ella veía reflejada una verdad que llevaba meses ocultando: una soledad profunda, un anhelo de pertenecer a algo mayor, una sed de esa intensidad que él le ofrecía. El calor de su aliento contra su cuello la hizo estremecerse, y el deseo prohibido comenzó a florecer, negándose a ser sofocado por la lógica o el miedo.
—Admitirlo... —susurró ella, sintiendo que sus rodillas cedían—. ¿Cambiará algo si lo admito?
—Cambiará todo —dijo él, su voz llena de una promesa peligrosa—. Si lo admites, dejarás de luchar contra la marea y aprenderás a nadar en ella. Si lo admites, dejarás de ser una pasante asustada para convertirte en la reina de este imperio.
Él estiró su mano, trazando con el dorso de sus dedos la línea de su mandíbula, bajando lentamente hacia su cuello, donde el halo dorado de la marca seguía brillando, pulsando con una luz que parecía absorber la energía de la habitación.
—Admítelo, Rosa —repitió él, su voz cargada de una exigencia posesiva—. Admite que tu cuerpo ahora me pertenece. Por derecho de sangre. Por destino. Por deseo.
Rosa sintió que la última barrera de su resistencia se quebraba. El poder que emanaba de él no era solo físico; era una autoridad ancestral, un llamado de la naturaleza que su propia sangre, marcada por la rosa de ceniza, no podía ignorar. Cerró los ojos, dejando que la rendición inundara cada fibra de su ser, y en el silencio de la oficina, donde la luz del sol se filtraba como una sentencia, se vio obligada a reconocer la verdad que le quemaba el alma.
—Te pertenezco —susurró ella, apenas audible, pero el peso de sus palabras pareció alterar la atmósfera misma de la habitación.
Ethan sonrió, triunfante. Había ganado la primera batalla, la de la aceptación. Pero sabía, mejor que nadie, que la verdadera prueba apenas comenzaba. La jaula de cristal estaba cerrada, y la Rosa de las Cenizas, finalmente, había encontrado a su guardián.