Todo el mundo conoce a Henrry Montenegro.
Heredero del conglomerado empresarial más poderoso del planeta. Soltero más codiciado del mundo. Escándalo favorito de la prensa. Dolor de cabeza permanente de su padre, Augusto Montenegro, el hombre que construyó un imperio valorado en miles de millones de dólares.
En el Holding Montenegro, el dinero y el estatus lo controlan todo... excepto a él. Henrry es guapo, irreverente y magnético; el hijo mayor del implacable magnate parece tener como única misión en la vida arrastrar el prestigioso apellido familiar por las portadas de los tabloides y sabotear la perfecta e intachable imagen corporativa de su dinastía. Para el mundo, Henrry es solo un fiestero inmaduro y cínico que se niega a crecer. Para su padre, es una constante decepción que debe ser alineada a la fuerza.
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Capítulo 21
...AITANA...
Cerré el portafolio con un clic seco en cuanto escuché el portazo de Mía en el segundo piso. Exhalé un largo suspiro, soltando finalmente toda la tensión que traía acumulada desde el estacionamiento de St. Jude’s.
—Organicé esa habitación de chécheres lo más rápido que pude en cuanto me avisaste por WhatsApp —dijo Paola, mi hermana, saliendo de la cocina mientras se secaba las manos con un trapo de cocina—. Menos mal que nunca tiramos a la basura ni vendimos las cosas de nuestro querido hermano Juan Esteban. La cama ya tiene sábanas limpias y le abrí espacio en el armario.
—Gracias, Pao. De verdad me salvaste la vida —le respondí, dándole un abrazo rápido que me devolvió el alma al cuerpo.
Paola se cruzó de brazos, apoyándose contra el marco de la cocina, y miró de reojo hacia las escaleras antes de bajar la voz a un susurro lleno de intriga.
—Bueno, pero ahora dime... ¿Qué hace esa niña aquí, Aitana? ¿De quién se trata?
No quería agobiar a Paola con los detalles más oscuros del mundo de la familia Montenegro, ni con el asunto de la metanfetamina o los arranques histéricos de Henrry. Mantener la confidencialidad no era solo parte de mi trato, sino una forma de proteger a mi propia familia de ese nido de víboras.
—Es por cuestiones de trabajo, Pao —le dije, suavizando el tono para transmitirle tranquilidad—.Es la nieta de don Augusto. Tuvo un problema grave de disciplina en la academia y me dieron la autoridad total para vigilarla. Va a estar tres días aquí cumpliendo una suspensión, bajo mis reglas.
Paola me miró fijamente por un par de segundos, analizando mi expresión. Sabía que cuando me ponía en modo hermético no había forma de sacarme más información, pero también me conocía lo suficiente como para saber que, si había tomado una medida tan extrema, era porque la situación lo requería.
—¿Tres días con una niña rica y malcriada metida en esta casa? —Paola soltó una risita suave y negó con la cabeza, resignada—. Bueno, hermana, tú sabes lo que haces. Ok, te ayudaré en lo que necesites. Si hay que ponerla a hacer cosas en la casa, me avisas.
—Por ahora con que me ayudes a vigilar que no intente saltar por la ventana del segundo piso para buscar un taxi es más que suficiente —bromeé, aunque en el fondo sabía que Mía era capaz de cualquier cosa.
Saqué mi teléfono del bolsillo y abrí el correo electrónico. Samuel ya me había enviado la guía digital con las lecturas obligatorias de Gestión de Proyectos y el cuestionario que Mía debía resolver antes del lunes. Su mensaje venía acompañado de una nota corta:
"Mucho éxito, Aitana. Sé que no es un escenario fácil, pero confío en ti. Avísame si necesitas los textos de apoyo en físico".
Sonreí levemente frente a la pantalla; al menos tenía un terreno firme desde el lado académico.
Guardé el celular de Mía bajo llave en el primer cajón de mi escritorio de la sala y agarré los apuntes que imprimí antes de salir.
Miré el reloj de la pared. Habían pasado exactamente diez minutos. El tiempo de gracia de la princesita Montenegro se había terminado.
—¡Mía! —llamé desde la base de las escaleras, usando mi voz más firme de mentora—. Tu tiempo de acomodarte terminó. Baja con un cuaderno y un bolígrafo. Es hora de empezar a trabajar.
Se escucharon unos pasos lentos y pesados en los escalones de madera. Mía bajó con la peor cara del mundo, arrastrando los pies y sosteniendo un cuaderno de pasta dura rosa y un bolígrafo con un desgano que rozaba lo ridículo.
Se sentó en la mesa del comedor sin mirarnos, tirando las cosas sobre la mesa.
—Ya estoy aquí —refunfuñó, cruzándose de brazos—. Empieza con tu tortura.
Antes de que pudiera abrir la guía de Samuel para explicársela, la puerta de la casa se abrió de golpe con un ruido familiar.
Era María.
Traía una bolsa de pan fresco y una sonrisa enorme que se le congeló en el rostro en cuanto sus ojos se posaron en Mía y su ojo morado.
María se detuvo en seco, parpadeó un par de veces, miró el uniforme de St. Jude's y luego nos miró a Paola y a mí con los ojos como platos.
—Buenas tardes... —dijo despacio, bajando la bolsa del pan—. ¿Y esa niña?
Mía la barrió con una mirada de desprecio absoluto, pero María ni se mutó; estaba demasiado ocupada esperando el chisme.
Paola, que venía saliendo de la cocina, se adelantó para evitar que yo tuviera que dar explicaciones frente a la menor.
—Es la nieta del jefe de Aitana, María —explicó Paola con total naturalidad—. Va a pasar unos días aquí con nosotras por un asunto del trabajo.
—Ah, con razón... —soltó María, soltando un suspiro de iluminación y dándose un golpe suave en la frente—. Eso explica el deportivo rojo que está afuera. ¡Qué boba soy! Juro que por un segundo lo confundí con el de mi amorcito, pero luego vi que ese carro cuesta más que todo el vecindario junto.
Dejé los papeles sobre la mesa de inmediato.
—¿Cuál deportivo, María? —pregunté, frunciendo el ceño y poniéndome de pie.
—Pues uno espectacular que está estacionado allá afuera, Aitana. Ven y te muestro, está justo frente a mi casa —dijo María, haciéndome una seña con la mano y dándose la vuelta hacia la puerta.
Caminé a prisa hacia la entrada, seguida por la mirada curiosa de Mía, que al escuchar lo del carro pareció enderezarse en la silla.
Salí al porche de cemento y miré hacia la acera de enfrente, justo donde quedaba la fachada de la casa de María.
Ahí estaba. Un deportivo de un rojo brillante, completamente fuera de lugar entre las fachadas sencillas y los carros y camionetas pequeñas del barrio. Los vidrios estaban arriba, pero a través del parabrisas alcancé a distinguir perfectamente la silueta inconfundible de Henrry Montenegro.
Tenía el asiento un poco reclinado, una mano en el volante y la mirada fija, peligrosa y posesiva clavada directamente en la puerta de mi casa.
No puede ser verdad. Este imbécil nos estuvo siguiendo todo el camino y ahora está vigilando desde ahí.
—Míralo nada más —susurró Paola a mi lado, dándose aire con la mano—. Si no fuera porque tiene cara de que te va a demandar solo por respirar cerca de su pintura, le pediría que me lleve a dar una vuelta.
—Es Henrry —dije, frotándome las sienes. El dolor de cabeza que me había dado en St. Jude’s estaba regresando con fuerza de rebrotes—. El hermano mayor de esa niña grosera.
Paola ahogó un grito, abriendo los ojos como platos mientras se giraba a mirarme. Ella sabía perfectamente quién era por todas las quejas que le había soltado por teléfono durante la última semana.
—¡¿El jefe troglodita?! ¡Aitana, por los clavos de Cristo! Dijiste que era un patán, pero no me advertiste que era guapo. Aunque... ¿qué hace ahí parqueado? Parece un detective de película barata, pero en un carro que vale tres casas de esta cuadra. ¿Te está vigilando o qué?
—Exactamente eso—respondí, apretando los dientes—. Espérame aquí.
Crucé la calle con paso firme, ignorando el murmullo de los vecinos que ya empezaban a asomarse por las ventanas para ver el espécimen rojo que adornaba la cuadra.
Conforme me acercaba, vi a Henrry acomodarse las gafas de sol con una lentitud exasperante, como si estuviera esperando mi llegada. Di dos golpes secos en el vidrio del copiloto.
El mecanismo eléctrico bajó la ventanilla sin el menor ruido. El aire acondicionado del vehículo me golpeó el rostro, con ese olor a cuero nuevo y a su colonia típica.
—¿Se te perdió algo, Montenegro? —le solté, apoyando las manos en el marco de la puerta y asomando la cabeza—. Porque si estás buscando el VIP del club de golf, te informo que diste tres giros a la izquierda de más.
Henrry se bajó las gafas un centímetro por el puente de la nariz, mirándome con esa sonrisita perezosa y cínica que me daban ganas de abofetear.
—Solo estoy haciendo mi propio control de calidad, Vega —respondió, arrastrando las palabras con una calma teatral—. Mi padre dijo que no interfiriera en la disciplina que le estás dando a Mía, y no lo estoy haciendo. Pero no dijo nada sobre estacionar mi auto en una vía pública. El espacio aéreo de este... pintoresco sector no te pertenece, que yo sepa.
—Estás llamando la atención de todo el barrio. En cinco minutos los niños van a usar tu capó como cancha de fútbol o los muchachos de la esquina van a venir a preguntarte si el carro viene con seguro contra todo riesgo —le advertí, cruzándome de brazos—. ¿Vas a pasar los tres días de la suspensión metido en este cascarón de dos plazas?
—Si es necesario, sí —contestó, enderezándose en el asiento y quitándose las gafas por completo. Sus ojos brillaron con una chispa de burla—. Además, el ambiente es fascinante. Acabo de ver pasar a un hombre vendiendo aguacates con un megáfono a las cuatro de la tarde. Es como un documental de National Geographic, pero en vivo. Deberías cobrar entrada.
—Qué gracioso. Te recuerdo que mientras tú juegas al espía idiota, tu hermana está adentro a punto de empezar una guía de tres horas de Gestión de Proyectos que le mandó Samu —ataqué, usando el nombre del profesor a propósito.
La sonrisa de Henrry se borró al instante. El toque de humor ácido se evaporó de la cabina, reemplazado por esa tensión densa y posesiva que siempre aparecía cuando Samuel entraba en la ecuación.
—No me menciones al maestro de escuela, Vega —siseó, inclinándose un poco hacia mi dirección—. Ya te dije lo que pienso de que mezcles tus asuntitos con la educación de Mía.
—Y yo te dije que no me importa lo que pienses —le respondí, sosteniéndole la mirada.
Nos quedamos en silencio, pero la distancia entre nosotros de pronto se sintió extrañamente corta.
Yo seguía apoyada en el marco de su auto, tan cerca que podía notar el ritmo constante de su respiración y la forma en que sus ojos bajaron un segundo hacia mis labios antes de regresar a mi mirada, con una fijeza que me hizo pasar saliva con dificultad.
Me aclaré la garganta, enderezando la espalda de golpe para romper el magnetismo extraño que se había instalado en el auto. Henrry desvió la vista hacia el volante, acomodándose el puño de la camisa con una rigidez repentina, visiblemente afectado también por el cambio de ambiente.
—Como sea —dije, recuperando mi tono frío—. Si te vas a quedar aquí a derretirte bajo el sol, al menos ten la decencia de no estorbarle la entrada a María. Muévete unos metros atrás.
—No me voy a mover, Vega —respondió él, recuperando su máscara de indiferencia, aunque la voz le salió un poco más ronca de lo habitual—Pero gracias por la sugerencia de estacionamiento. Ahora regresa adentro antes de que tu alumna se escape por la cocina.
Le di una última mirada y crucé la calle de regreso, sintiendo el peso de sus ojos clavados en mi espalda todo el camino. Cuando entré a la casa, María seguía parada junto a la ventana, con una ceja alzada y los brazos cruzados.
—Bueno —dijo mi amiga, dándose la vuelta con una sonrisa maliciosa—. Para ser un troglodita clasista, hay que admitir que te mira de una manera muy inusual. ¿Se va a quedar ahí?
—Sí —respondí, agarrando los papeles del comedor y tratando de ignorar el calor que me subía por el cuello—. Se va a quedar ahí como tarado. Mía, abre el cuaderno. Empezamos ya.