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El CEO Y La Diseñadora

El CEO Y La Diseñadora

Status: En proceso
Genre:CEO / Malentendidos
Popularitas:5.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Itzel Velasco

Él es un magnate de acero: frío, desconfiado y acostumbrado a controlarlo todo, hasta que ella cruza su camino. Ella es una joven diseñadora llena de talento, que solo busca una oportunidad para que sus diseños de ropa y joyas brillen. Lo que comienza como una simple entrevista se convierte en una atracción inesperada que romperá sus barreras... y despertará en él una obsesión que no sabía que podía sentir.

NovelToon tiene autorización de Itzel Velasco para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9: Trazos que desafían la duda

Las puertas de la sala de juntas se cerraron suavemente tras la señora Elizondo. Quedaron solos en el pasillo, bajo la luz blanca que bañaba los muros de la empresa. Alejandro Varela se quedó quieto un instante, con la mirada todavía en el lugar donde había estado el boceto que Yoselin había dibujado con tanta seguridad. Cuando habló, su voz sonó más baja, sin la formalidad estricta de la reunión.

—Ya puedes retirarte —dijo, señalando hacia la salida—. Por hoy has terminado.

Yoselin dio media vuelta para irse, pero se detuvo antes de dar el primer paso. Recordó lo que había dicho él al enviarla allí: que quería ver de qué estaba hecha, que dudaba que sus diseños encajaran. Se giró de nuevo y lo miró directamente a los ojos.

—¿Y tú? —preguntó con calma—. ¿Todavía estás convencido de que pueda durar en esta empresa?

Alejandro entrecerró los ojos, sorprendido por la pregunta directa, igual que la primera vez que se habían visto. No contestó de inmediato; la observó, como si estuviera sopesando cada palabra que saldría de su boca.

—Ya veremos —respondió al fin, repitiendo casi su misma frase del primer encuentro, pero esta vez sin burla, solo con esa reserva que todavía no abandonaba—. Una reunión no cambia todo lo que pienso.

—Está bien —dijo ella con una pequeña sonrisa—. Entonces ya veremos.

Caminó de regreso a su puesto, sintiendo que cada paso era más firme que el anterior. Al llegar, se sentó frente a la mesa y sacó la libreta donde había esbozado las ideas en la reunión. Lo que había hecho allí era solo una guía rápida; ahora tenía que darle forma real, transformar aquellos trazos apresurados en un diseño completo, con medidas, materiales y detalles que nadie más podría replicar.

Empezó a extender hojas grandes de papel sobre la superficie, las mismas que había preparado con esmero en su casa antes de venir. Tomó lápices de distinto grosor y comenzó a dibujar el vestido en tamaño completo. Repasó la silueta asimétrica que había mostrado a la clienta, definió con precisión cómo caería el tejido sutil sobre los hombros, dónde estarían los pliegues que seguirían el movimiento del cuerpo. No olvidó nada de lo que la señora Elizondo había dicho: nada que se pareciera a lo de los demás, algo que fuera ella misma.

Mientras dibujaba, recordaba cómo Alejandro la había mirado mientras explicaba cada detalle. Al principio estaba escéptico, pero conforme ella iba conectando el diseño con la historia de la clienta, su postura se había relajado apenas, dejando ver que lo que escuchaba tenía sentido. Ahora, al darle forma definitiva al proyecto, sentía que también estaba respondiendo a su duda: no era solo palabras bonitas, tenía el trabajo para respaldarlas.

Pasó luego a las joyas: dibujó con exactitud las líneas irregulares del collar, la forma en que la piedra azul grisácea se integraría al metal sin romper su fluidez, los aretes que terminaban en puntas suaves pero definidas. Anotó al margen el tipo de tela, el peso del metal, el acabado especial que llevaría para que brillara solo con la luz justa. Todo debía coincidir con la promesa que había hecho: una pieza única, sin copias, sin igual.

El tiempo pasó sin que se diera cuenta. El sol empezó a bajar, tiñendo de dorado los ventanales, y el silencio del área de diseño la acompañaba mientras terminaba el último trazo. Al levantar la vista, vio que su mesa estaba llena de hojas, y el diseño ya no era una idea suelta: era un vestido que podía tocarse, que podía coserse, que llevaría la marca de su talento y la respuesta a todas las dudas.

Guardó los bocetos con cuidado, sabiendo que al día siguiente empezaría a buscar los materiales y a preparar los prototipos. Y aunque Alejandro todavía no había dicho que confiaba en ella, ni mucho menos, Yoselin sabía algo que él todavía no admitía: el primer paso ya estaba dado. Y ese vestido sería la prueba definitiva de que lo diferente no siempre es lo equivocado.

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