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Layla, La Pincesa Guerrera De Al-Jazair

Layla, La Pincesa Guerrera De Al-Jazair

Status: En proceso
Genre:Pareja destinada / Romance paranormal / Época / Aventura
Popularitas:481
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

En los años de mayor esplendor de Al-Jazair, cuando la paz reinaba absoluta tras la gran victoria de Karim y Amara, el palacio real brillaba con una luz que parecía no pertenecer a este mundo. Los jardines eran eternamente verdes y floridos, las fuentes cantaban día y noche, y la gente vivía segura y feliz bajo el gobierno sabio y justo del Rey Zayn y la Reina Elena. Todos conocían y amaban la historia de su hijo mayor, Karim, el príncipe que había salido en busca de su destino, había vencido a la oscuridad y había traído la luz definitiva. Su nombre se contaba en canciones, en libros y en historias que las madres contaban a sus hijos antes de dormir.
Pero había otra historia, la de alguien que vivía en la misma sombra de esa gloria, alguien que tenía la misma sangre, la misma magia, pero un espíritu completamente distinto y salvaje. Era Layla, la hija pequeña de Zayn y Elena, nacida años después que su hermano.

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EL PASO DE CRISTAL

El amanecer rompió sobre las cumbres nevadas con una luz distinta, más brillante, más pura, como si el propio sol reconociera que su heredero se acercaba a su hogar. Layla despertó abrazada al cuerpo cálido y fuerte de Caelen, sintiendo esa paz absoluta que solo él le daba. Él ya estaba despierto, sentado a la entrada de la cueva, observando el camino que tenían por delante, y bajo la luz naciente, su figura parecía irradiar un resplandor propio, una aureola dorada y azul que confirmaba su linaje.

Al escucharla moverse, se giró lentamente, y sus ojos zafiros brillaron con una intensidad que le quitaba el aliento. Ya no quedaba nada del hombre inseguro y olvidado que había sido; ahora, cada gesto, cada mirada, cada palabra, llevaba la marca de la realeza antigua y poderosa que llevaba en la sangre.

—Buenos días, mi princesa —dijo él con esa voz profunda y grave que recorría el cuerpo de ella como una caricia—. Hoy cruzaremos el límite. Hoy entramos oficialmente en las tierras de Aethyr. El lugar donde nací, el lugar que me arrebataron, el lugar que ha estado esperando mi regreso durante veinte años.

Layla se levantó, se acercó a él y se sentó a sus rodillas, dejando que él la abrazara y la cubriera con su calor. Miró hacia el frente, donde el camino se estrechaba entre dos montañas gigantescas, formando un paso natural, majestuoso y aterrador a la vez. Pero lo que más llamó su atención fue que las rocas no eran de piedra común: brillaban, eran traslúcidas, como si estuvieran hechas de cristal puro y antiguo.

—El Paso de Cristal… —susurró ella, recordando lo que había leído en los libros prohibidos de su padre—. La entrada sagrada que solo permite el paso a los de sangre Velarion. Nadie más puede cruzarlo sin perderse o morir.

Caelen asintió, y una sonrisa orgullosa curvó sus labios. Acarició el cabello de ella, apartándolo de su rostro con infinita ternura, y luego bajó la mano hasta su pecho, justo donde sus marcas brillaban ahora con mucha más fuerza que antes.

—Así es —confirmó él—. La magia de mis antepasados protege estas tierras. Pero ahora… ahora que he recuperado mi identidad, ahora que estoy contigo, la magia me reconoce. Y también te reconoce a ti, Layla. Porque llevas la sangre de Al-Jazair, llevas la magia de la luz, eres mi igual y mi elegida. Juntos, nada se nos cerrará.

Se levantó y la ayudó a ponerse de pie. Se vistieron con rapidez, pero con una nueva conciencia de sí mismos. Caelen ajustó su espada, y al tocar la empuñadura, el metal brilló y cambió ligeramente de forma, volviéndose más elegante, más ligero, grabándose en él el águila y la estrella de su casa. Su propia arma le reconocía.

Montaron en sus caballos y avanzaron hacia el Paso de Cristal. A medida que se acercaban, el aire se volvió más ligero, más fresco, lleno de una energía vibrante que hacía vibrar la piel. Al entrar en el desfiladero, Layla sintió un escalofrío que no era de frío, sino de pura magia. Las paredes de cristal brillaban con reflejos dorados y azules, y en ellas podían verse imágenes, como recuerdos grabados en la piedra: grandes fiestas, soldados brillantes, un castillo imponente de torres altas, gente feliz, luz por todas partes… y luego, fuego, humo negro, sombras que atacaban, destrucción.

—Es la historia de mi pueblo —dijo Caelen en voz baja, mientras cabalgaba con la cabeza alta, sin apartar la mirada de aquellas imágenes—. Aquí está todo grabado. La gloria y la caída. Pero ahora… ahora se escribirá el nuevo capítulo.

De repente, una figura apareció bloqueando el camino al final del paso. Era un hombre alto, imponente, vestido con armaduras antiguas de plata y oro, con una capa blanca ondeando al viento. Tenía el cabello blanco como la nieve y una mirada severa, pero profunda y sabia. Llevaba una espada desenvainada, apuntando al suelo, y a su lado, dos lobos de pelaje plateado, grandes y majestuosos, lo acompañaban.

—¡Deteneos! —gritó el hombre, con una voz que resonaba en todo el desfiladero—. Nadie entra en las tierras sagradas de Aethyr sin el permiso de los guardianes. ¿Quiénes sois vosotros que os atrevéis a caminar por donde solo puede hacerlo la sangre real?

Layla sintió que Caelen tensaba el cuerpo a su lado, pero no por miedo, sino por una emoción inmensa. Él detuvo su caballo, desmontó con una elegancia real que deslumbraba, y dio unos pasos al frente, quedando despejado ante el guardián. Se quitó la capa, dejando al descubierto su pecho, donde las marcas de Velarion brillaban con una luz cegadora, respondiendo a la presencia de aquel hombre.

—Soy quien ha estado perdido durante demasiado tiempo —respondió Caelen con voz fuerte, clara y potente, la voz de un príncipe que reclama su lugar—. Soy la sangre de Velarion. Soy el heredero de la Luz Eterna. Soy el hijo de Elion y Seraphina. Soy Caelen. Y regreso a lo que es mío.

El hombre de cabello blanco se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos, mirando las marcas brillantes, mirando el porte, la magia y la autoridad del joven que tenía ante él. Poco a poco, la severidad de su rostro se transformó en asombro, y luego en una emoción profunda que hizo brotar lágrimas de sus ojos. Clavó su espada en el suelo, se quitó el casco y se arrodilló, inclinando la cabeza con la mayor reverencia posible. Los lobos plateados también se agacharon, bajando las cabezas ante él.

—¡Mi Príncipe! —exclamó el hombre con voz temblorosa y llena de felicidad—. ¡Por fin! ¡Los antiguos presagios se han cumplido! ¡El heredero ha regresado! Soy Lord Theron, el último capitán de la guardia real, el último que se quedó aquí para custodiar el camino, esperando este día, esperando que la luz volviera a brillar. ¡Bienvenido a casa, Alteza!

Caelen se acercó rápidamente a él y le ayudó a levantarse, con esa bondad y nobleza que siempre había tenido, aunque no supiera de dónde venía.

—Levántate, Theron —le dijo con ternura—. No soy solo un recuerdo del pasado. Estoy aquí, vivo, y he venido para quedarme. Y no he venido solo.

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