"Vete de aquí... ¡No quiero volver a ver tu cara en esta casa! No estoy dispuesto a vivir con una tramposa como tú." El grito que resonaba hasta el techo de la habitación tenía el poder de hacer temblar el corazón y el cuerpo de Karla. Con todas sus fuerzas, trataba de contener las lágrimas que ya se acumulaban en sus párpados.
Si para la mayoría de los hombres sería motivo de felicidad descubrir que su esposa sigue siendo virgen, para Jairo, la situación era todo lo contrario; se sentía engañado.
Ya que su matrimonio tuvo lugar después de ser sorprendidos juntos en la habitación de un hotel, y en ese momento, las circunstancias parecían indicar a cualquiera que algo había sucedido con Karla, por lo que, sin más remedio, Jairo tuvo que aceptar casarse con la que había sido novia de su hermano.
Sin embargo, meses después del matrimonio, al tener relaciones con su esposa, Jairo descubrió que ella aún era virgen. Jairo, quien odiaba las mentiras por encima de todo, por supuesto no pudo aceptar esta situación y terminó por echar a su esposa.
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Un panorama encantador
Apenas había cerrado los ojos cuando Thalia volvió a despertar al oír el llanto de su hijo.
—Mi amor... —se incorporó en la cama, tomó al pequeño en brazos e intentó amamantarlo, pensando que quizás tenía sed. Pero el bebé siguió llorando—. ¿Traes el pañal mojado, mi vida? —revisó el pañal, pero estaba seco.
Con Santi en brazos, Thalia se bajó de la cama.
—¿Qué te pasa, hijo? ¿Por qué estás tan inquieto? —murmuró.
Clic. El sonido de la puerta abriéndose desde fuera atrajo su atención.
—¿Rodrigo...?
Rodrigo aún estaba despierto, así que el llanto de su hijo le llegó con toda claridad.
—¿Qué pasó? —se acercó a Thalia.
—No sé, de repente Santi se puso a llorar otra vez —respondió Thalia. Su rostro delataba angustia; temía que el bebé fuera a enfermarse del estómago de tanto llorar.
—¿Qué le pasa a mi campeón, eh? —Rodrigo le acarició la mejilla con suavidad.
—No llores, galán de papá... —siguió acariciándole la mejilla mientras le hablaba.
—Ven con papá, mi vida —Rodrigo tomó al bebé de los brazos de Thalia. Y por extraño que pareciera, una vez en los brazos de su padre, el pequeño dejó de llorar poco a poco.
Thalia se quedó sin palabras al presenciar la reacción instintiva de su hijo, que ahora dormía plácidamente acunado por su padre. Le echó una mirada fugaz a Rodrigo antes de volver a contemplar el rostro sereno de Santi.
—Vete a dormir. Yo me quedo cuidándolo —le dijo Rodrigo.
—Pero mañana tienes que trabajar. ¿Cómo vas a desvelarte cuidando a Santi esta noche? Mejor déjamelo a mí; de todas formas, mañana me quedo en la casa.
—Thalia, Santi es hijo de los dos. Yo también tengo la obligación de cuidarlo. Además, lo hicimos entre los dos, ¿no? Pues lo justo es que lo criemos entre los dos.
Thalia se ruborizó al escuchar las palabras de Rodrigo.
—Ya, no te preocupes por mí. De todas formas, antes de volver a verlos, yo ya pasaba muchas noches sin dormir.
Lo que Thalia no sabía era que, después de su partida, Rodrigo desarrolló insomnio tan severo que necesitaba pastillas para dormir para poder descansar.
—Está bien... —al final, Thalia cedió.
Se subió a la cama, se acostó y se cubrió con la sábana hasta la cintura.
¿Qué quiso decir Rodrigo con eso?, se preguntó, todavía dándole vueltas a sus palabras. No puede ser que Rodrigo haya estado pensando en mí todo este tiempo... Si fue él mismo quien me echó de su lado... Thalia desechó la idea.
Quizás por el cansancio acumulado de todo un día atendiendo a su hijo, al poco rato Thalia se quedó dormida.
—Me extrañabas, ¿verdad, hijo? —murmuró Rodrigo, contemplando el rostro dormido de su pequeño. Instantes después, desvió la mirada hacia su esposa. Se acercó a la cama y, con cuidado, se sentó en el borde—. Debes estar agotada de cuidar a nuestro hijo, amor... —con la mano derecha, apartó un mechón de cabello que le cubría el rostro mientras con la izquierda seguía sosteniendo al bebé.
La noche se hizo más profunda y Santi cayó en un sueño cada vez más profundo. Para que el niño descansara mejor, Rodrigo lo acostó junto a su madre. Después, se acomodó en el sofá y se quedó mirándolos. Quizás vencido por el cansancio, él también se quedó dormido sentado, con la cabeza recargada en el respaldo del sofá.
A las cinco de la madrugada, Rodrigo despertó. Parpadeó varias veces, ajustando los ojos a la luz. Una vez que estuvo completamente espabilado, se levantó del sofá y caminó hacia la cama.
—Te dejo un ratito, mi vida... —susurró mientras acomodaba el cojín protector junto al pequeño. Después de contemplar el rostro de su hijo, pasó al lado de Thalia. Guiado por el instinto, sin darse cuenta fue acercando su rostro al de ella, hasta que un momento después depositó un beso suave en los labios de su esposa. Su sonrisa se ensanchó y murmuró: —Sigue igual de dulce.
Al sentir que Thalia se movía, Rodrigo se alejó rápidamente. No quería que ella pensara que estaba aprovechándose de la situación, aunque eso fuera exactamente lo que acababa de hacer.
Acto seguido, salió de la habitación principal para volver a la suya y cumplir con sus obligaciones de oración matutina.
A las seis y media, Thalia despertó. Miró a Santi, que dormía a su lado, y ya no vio a Rodrigo en la habitación. Se levantó de la cama.
Mientras Santi siga dormido, mejor me apuro a bañarme. Se apresuró al baño antes de que su hijo despertara.
Por temor a que el bebé se despertara en cualquier momento, Thalia se bañó a toda prisa y en veinte minutos ya salía del baño secándose el cabello con una toalla pequeña.
El panorama encantador que apareció ante sus ojos le cerró la garganta a Rodrigo, que tuvo serias dificultades para tragar saliva.
—Acabas de bañarte —dijo, haciendo un esfuerzo por comportarse con normalidad, aunque en realidad el corazón le latía a toda velocidad.
La voz grave de Rodrigo hizo que Thalia reparara en su presencia.
—¡Rodrigo...! —de inmediato tomó lo primero que encontró para cubrirse la parte superior del cuerpo, que había quedado al descubierto.
—¡Perdón, Rodrigo... no sabía que estabas aquí! —dijo Thalia después de conseguir una toalla para taparse los hombros. No quería que él pensara que estaba intentando seducirlo con su apariencia.
—Vístete... Te espero abajo para desayunar juntos —dijo Rodrigo mientras se frotaba la nuca, tratando de calmar sus pensamientos, que ya habían volado demasiado lejos.
Una vez que Rodrigo salió, Thalia se vistió de prisa. Al poco rato, Santi despertó y ella lo amamantó. Después, el bebé volvió a quedarse dormido. Como la mayoría de los bebés de su edad, Santi pasaba gran parte del día durmiendo.
—Doña Inés, le encargo a Santi un momento, por favor —le dijo Thalia a la mujer, que había subido a transmitirle el mensaje de Rodrigo de que bajara a desayunar.
—Sí, señora —respondió doña Inés.
Sin querer hacer esperar más a Rodrigo, Thalia bajó enseguida.
Rodrigo la recibió con una cálida sonrisa. No solo eso: incluso le retiró la silla para que se sentara.
—Siéntate —la invitó sin dejar de sonreír.
—Gracias, Rodrigo —respondió Thalia mientras tomaba asiento.
Rodrigo volvió a su lugar y empezó a servirle comida en el plato a su esposa, con todos los platillos que había sobre la mesa.
—Yo puedo sola, Rodrigo —le dijo Thalia. Si era honesta, no quería malinterpretar las atenciones de su marido. Temía que a la larga le costara controlar sus sentimientos si Rodrigo seguía siendo tan amable con ella, cuando tenía perfectamente claro que él no sentía nada por ella.
Después de eso, ambos desayunaron en silencio hasta que terminaron.
—¿No vas a trabajar? —preguntó Thalia al reparar en que Rodrigo llevaba ropa de estar en casa: una camiseta blanca y unos bermudas hasta la rodilla.