Laura murió después de descubrir la verdad.
Durante diez años, su esposo Manuel y su supuesta mejor amiga, Ariana, la engañaron, destruyeron sus sueños y estuvieron detrás de la tragedia que acabó con su familia. Protegidos por el poder de los Betancourt, nunca pagaron por sus crímenes.
Pero Laura despertó diez años atrás.
Esta vez conoce sus secretos. Sabe quiénes son. Sabe lo que harán.
Y no piensa volver a ser su víctima.
Para derrotarlos necesitará el mismo poder que una vez los protegió. Por eso pondrá sus ojos en Don Álvaro Betancourt, el padre de Ariana.
Se convertirá en su amante.
No por amor.
Por venganza.
Laura no vino a negociar. Regresó para destruirlo todo, aunque tenga que quemar su propio corazón en el camino.
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La sombra de la duda
Pasaron los días y la situación en casa de los Betancourt se volvió cada vez más tensa. Rosalía despertó, pero no fue la misma. Andaba silenciosa, con la mirada perdida, como si cada rincón de su propia casa le recordara lo que estaba perdiendo. Álvaro apenas se quedaba allí; siempre tenía una excusa: trabajo, reuniones, viajes de negocios. Y yo era su destino.
Esa tarde, Ariana me llamó temprano. La voz le temblaba al otro lado de la línea:
—Laura… ¿puedes venir? Por favor. No quiero estar sola con ellos.
Fui. Al entrar, sentí el frío en el aire. En la sala, Rosalía estaba sentada, rígida, mirando hacia la nada. Álvaro estaba de pie junto a la ventana. Cuando me vio entrar, sus ojos se iluminaron por un instante, pero se contuvo de inmediato.
—Hola, chica —dijo Ariana, recibiéndome en la entrada y abrazándome fuerte—. Gracias por venir.
—¿Qué ha pasado? —pregunté, fingiendo preocupación.
—Papá le dijo a mamá que va a iniciar el trámite del divorcio —susurró, con lágrimas en los ojos—. De verdad lo va a hacer. Dice que no hay vuelta atrás. Y mamá… no dice nada. Solo asiente. Parece que le han quitado las ganas de luchar.
Subimos a su habitación. Ariana se dejó caer en la cama y escondió el rostro entre las manos.
—No entiendo… —decía entre sollozos—. Siempre dijeron que se querían. ¿Cómo puede cambiar todo tan rápido? ¿Quién es ella, Laura? ¿Qué tiene que no tenga mi madre?
Me senté a su lado y le acaricié la espalda:
—No lo sé, Ariana… quizás no se trata de lo que ella tenga, sino de lo que él ya no encontraba aquí.
—Pero yo no quiero que se separen —me miró con ojos desesperados—. No quiero que mi familia se rompa. ¿Podrías hablar con él? Tú le caes tan bien… escucha lo que le dices. Dile que piense en mí.
Sentí un escalofrío. Me pedía que yo, la causante de todo, fuera a arreglarlo. Y sonreí por dentro.
—Lo haré, Ariana. Prometo que hablaré con él.
Bajé a buscar agua y me encontré con Álvaro en el pasillo. Me tomó del brazo y me llevó hacia su estudio, cerrando la puerta tras de sí.
—Te estaba esperando —susurró, acercándose para besarme—. No sabes cuánto me alegra verte.
Me aparté levemente:
—Álvaro… Ariana me pidió que hablara contigo. Dice que reconsideres lo del divorcio. Que pienses en ella.
Suspiró y me acarició la mejilla:
—No hay nada que reconsiderar, Laura. Mi decisión está tomada. Mi vida está contigo. No voy a volver con una mujer a la que no amo.
—Pero ella sufre —dije, bajando la mirada—. Rosalía… Ariana… me duele verlas así. A veces pienso si hice bien en aceptar todo esto.
Me atrajo hacia sí con firmeza:
—No digas eso. Tú no eres la culpable. Esto se rompió hace mucho tiempo. Tú solo llegaste para mostrarme lo que era vivir de verdad.
Me besó entonces, despacio, con urgencia:
—Ven conmigo. Vamos al departamento. Allí no hay llantos ni reproches. Solo nosotros.
—No puedo irme así como así —respondí—. Ariana espera que regrese pronto.
—Un rato —suplicó, besándome el cuello—. Solo un rato. Te necesito.
Cedí, como él quería. Le dije a Ariana que me había surgido un asunto urgente pero que volvería pronto. Y me fui con él.
En el coche, me tomó la mano y la apretó con fuerza:
—Pronto todo será más sencillo. Ya lo verás. Cuando todo termine, viviremos solo para nosotros. Nadie nos molestará.
Lo miré de reojo:
—¿De verdad crees que será tan fácil?
—Será lo que nos merecemos —respondió con seguridad.
Llegamos al departamento. En cuanto cerró la puerta, me tomó en brazos y me llevó hacia la cama. Esa tarde fue diferente: más intenso, más posesivo, como si quisiera borrar de su mente cualquier rastro de culpa. Me abrazaba tan fuerte que dolía, y repetía una y otra vez:
—Eres mía. Nadie te tendrá jamás. Dilo, Laura. Dilo.
—Soy tuya —respondía, una y otra vez—. Solo tuya.
Mientras él se perdía en mí, yo miraba hacia la ventana y pensaba en Ariana, esperándome en su casa, confiando en mí. Y pensaba en Rosalía, viendo cómo su vida se desmoronaba sin saber quién la empujaba. No sentí piedad. Sentí justicia.
Cuando nos separamos, me abrazó por la espalda, mirando hacia la calle:
—Todo va a cambiar pronto, Laurita. Ya verás.
Me giré hacia él, sonriendo suavemente:
—Estoy contigo, Álvaro. Pase lo que pase.
Pero por dentro ya planeaba el siguiente paso. El divorcio era solo el principio. Luego vendría el resto: su dinero, su reputación, su nombre. Todo lo que su familia tenía y la mía perdió.
Me despedí de él y regresé a casa de Ariana. Me esperaba en la entrada, inquieta.
—¿Qué te dijo? —preguntó apenas verme.
Le tomé las manos:
—Dijo que lo pensará, Ariana. Que te quiere mucho y que no quiere lastimarte.
Sus ojos se iluminaron:
—¿De verdad?
—De verdad —le sonreí—. Dale tiempo. Las cosas se van a arreglar.
Me abrazó, aliviada, sin saber que le daba consuelo la mano que la empujaba.
—Gracias, Laura. Eres la mejor amiga del mundo.
—Sí —susurré contra su hombro—. La mejor.
es increíble como puede manipular así
espero con ansias los siguientes capítulos
con esa familia , y no termines vos perdiendo tu vida en una trampa de ellos 🤔😕