Cuando sus mundos chocan, la atracción es inmediata, explosiva y peligrosa. Lo que comienza como una misión para Scarlett se convierte en una obsesión mutua donde la línea entre el deber y el deseo se desdibuja peligrosamente.
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CAPÍTULO 9
Pasan tres días desde el descubrimiento.
Tres días extraños, suspendidos en una burbuja de tiempo donde el mundo exterior no existe. Alejandro no va a sus negocios. Scarlett no responde a los mensajes de Williams. Ambos se han encerrado en la mansión, como si el simple hecho de salir pudiera romper el frágil equilibrio que han construido sobre las ruinas de la mentira.
Por las mañanas, desayunan juntos. Por las tardes, hablan de todo y de nada. Por las noches, se aman con una desesperación que ninguno se atreve a nombrar.
Pero Scarlett nota algo diferente en su cuerpo.
Lleva una semana con náuseas matutinas. Al principio las atribuyó al estrés, a la tensión de los últimos días. Pero cuando los mareos se intensifican y el olor del café comienza a repugnarle, una sospecha empieza a formarse en su mente.
No. No puede ser.
Pero mientras está en el baño, escupiendo bilis en el inodoro mientras Alejandro duerme, los números bailan en su cabeza. Su ciclo. Su último periodo. Los síntomas que conoce de memoria por los entrenamientos médicos del FBI.
Demasiadas coincidencias.
Esa tarde, mientras Alejandro está en una llamada de negocios que es la primera en días, Scarlett escapa a la farmacia más cercana. Compra la prueba con el corazón latiéndole tan fuerte que cree que los otros clientes pueden oírlo.
De vuelta en la mansión, se encierra en el baño de invitados, el que está al fondo del pasillo, donde Alejandro no la buscará.
Tres minutos.
La prueba dice que solo necesita tres minutos.
Scarlett se sienta en el borde de la bañera, mirando la pequeña tira de plástico apoyada en el lavabo. Los segundos pasan con una lentitud cruel.
Piensa en su vida. En todo lo que ha sacrificado por el FBI. En las misiones, en los arrestos, en las noches sin dormir. Nunca se permitió pensar en un futuro con hijos. Su trabajo era demasiado peligroso, demasiado absorbente.
Pero ahora...
La alarma del teléfono suena. Tres minutos.
Scarlett se levanta con las piernas temblorosas. Toma la prueba. La mira.
Dos rayas.
Dos rayas claras, inconfundibles, definitivas.
Está embarazada.
El mundo se detiene.
Scarlett mira su reflejo en el espejo. Está pálida, más pálida de lo habitual, y sus ojos verdes parecen enormes en su rostro. Se toca el vientre, aún plano, aún sin señales de la vida que crece dentro.
Un hijo. Su hijo. El hijo de Alejandro.
La ironía es tan brutal que casi se ríe. La agente del FBI, la mujer enviada para destruir al mafioso, lleva en su vientre la prueba viviente de su traición y su amor al mismo tiempo.
—Scarlett?
La voz de Alejandro al otro lado de la puerta la sobresalta. La prueba cae al suelo.
—¿Estás bien? Llevas rato aquí.
—Sí
su voz suena extraña incluso para ella.
— Ya salgo.
Esconde la prueba en el bolsillo de sus jeans, se lava la cara, respira hondo. Cuando abre la puerta, Alejandro la mira con preocupación.
—Estás pálida. ¿Te pasa algo?
—Necesito hablar contigo.
Se sientan en la sala. Scarlett en el sofá, Alejandro en el borde de la mesa de centro, frente a ella. Quiere tomar sus manos, pero no sabe si tiene derecho después de todo.
—¿Qué ocurre?
Scarlett saca la prueba del bolsillo. Se la entrega sin palabras.
Alejandro la mira confundido. Luego sus ojos se enfocan en las dos rayas. Luego levanta la vista hacia ella.
—¿Esto es...?
—Estoy embarazada.
El silencio es absoluto.
Alejandro mira la prueba, luego a ella, luego la prueba otra vez. Su expresión pasa de la confusión a la incredulidad, y luego a algo que Scarlett no puede identificar.
—¿No te cuidaste?
pregunta en voz baja.
—No y tu tampoco. Y no he estado con nadie más. Tú lo sabes.
—Lo sé.
Se pasa una mano por el rostro
—Dios, Scarlett. Estás embarazada.
—Sí.
—De mí.
—Sí.
—¿Y qué vas a hacer?
La pregunta duele más de lo que Scarlett esperaba.
—¿Qué voy a hacer?
repite.
—Alejandro, es nuestro. No es solo mío.
—Lo sé, pero... tu trabajo, tu vida... yo soy un criminal. ¿De verdad quieres que tu hijo tenga un padre como yo?
Scarlett se levanta de golpe.
—No digas eso.
—Es verdad. ¿Qué clase de vida le puedo ofrecer, Balas, enemigos, peligro constante?
—La misma vida que tú has tenido
responde ella.
—Y mírate. Eres el hombre más fuerte que conozco.
Alejandro se levanta también, acercándose a ella.
—Scarlett, no quiero que nuestro hijo pase por lo mismo que yo. No quiero que crezca en este mundo.
—Entonces cámbialo.
—¿Qué?
—Cámbialo.
Ella lo toma de las manos.
—Tienes poder, tienes dinero, tienes influencia. Úsalo para construir algo diferente. Para que nuestro hijo pueda estar orgulloso de su padre.
Alejandro la mira largamente.
—¿Tú crees que puedo?
—Sé que puedes. Y no estarás solo. Estaré contigo.
Él la abraza con fuerza, enterrando su rostro en su cabello.
—Te amo
susurra.
—Yo también te amo.
Se besan, y es un beso de promesas, de futuros imaginados, de esperanza.
Pero la esperanza dura poco.
Cuando se separan, Alejandro la toma de las manos y la guía de vuelta al sofá.
—Tenemos que hablar de lo otro.
—¿Lo otro?
—El FBI. Williams. Tu misión.
Su voz se tensa.
—¿Qué va a pasar cuando sepan que no vas a entregarme?
Scarlett traga saliva. No había querido pensar en eso.
—Renunciaré.
—Scarlett
Alejandro la mira con seriedad.
—Tú sabes demasiado. Sobre mí, sobre mis operaciones, sobre todo. No van a dejarte ir así nomás. Van a presionarte, a amenazarte, a...
—No voy a traicionarte.
—No es eso lo que me preocupa.
Aprieta sus manos.
— Me preocupa que te hagan daño. Me preocupa que usen al bebé contra ti.
Scarlett siente un escalofrío. No lo había considerado, pero Alejandro tiene razón. El FBI no se detendrá ante nada para conseguir lo que quiere.
—Tengo un plan
dice él de repente.
—¿Qué plan?
—Desaparecemos. Los dos. Esta noche. Tengo contactos, dinero, lugares seguros. Podemos irnos a algún lado donde nadie nos encuentre.
—Alejandro, no podemos huir para siempre.
—Podemos intentarlo. Por nosotros. Por nuestro hijo.
Scarlett lo mira y ve la desesperación en sus ojos. El hombre que controla medio imperio criminal, el hombre que nunca ha suplicado por nada, está suplicándole ahora.
—¿Estás seguro?
pregunta.
— ¿De verdad quieres dejarlo todo?
—Todo. Absolutamente todo.
Acaricia su vientre con ternura.
— Esto es lo único que importa. Tú. Él o ella. Nosotros.
Scarlett cierra los ojos. Las lágrimas ruedan por sus mejillas.
—Sí
susurra.
— Vámonos.
Alejandro la abraza, la besa, la levanta en brazos.
—Esta noche. Cuando oscurezca. Te prometo que todo va a salir bien.
Scarlett quiere creerle.
Pero en el fondo, sabe que nada sale bien cuando se enfrenta al FBI.
Esa noche, mientras preparan una maleta con lo esencial, el teléfono de Scarlett vibra. Es un mensaje de Williams.
-Sé que estás con él. Sé lo del embarazo. Tenemos la mansión rodeada. Si intentan huir, mueren los dos.-
Scarlett siente que la sangre se hiela en sus venas.
—Alejandro...
Él lee el mensaje sobre su hombro. Su mandíbula se tensa.
—Tranquila. Tengo un plan B.
—¿Plan B?
—Sí.
La mira con determinación.
— Pero vas a tener que confiar en mí.
—Siempre confío en ti.
Él sonríe, y es una sonrisa peligrosa.
—Entonces hagamos esto juntos.
Afuera, en la oscuridad, una docena de agentes del FBI esperan la orden de entrar.
Y en una esquina, alejado de ellos, Marcos observa con sus propios hombres.
La noche está a punto de estallar.