Serena Orlova tiene diecinueve años, es huérfana y trabaja como maquilladora en un exclusivo spa de Moscú. Su vida es sencilla: un departamento pequeño que comparte con Vitória, su mejor amiga y hermana del alma desde el orfanato, y un talento que poco a poco la convierte en la favorita de las clientas más exigentes.
Todo cambia cuando Ivan Sokolov entra a su sala pidiendo una limpieza facial que no necesita. Guapo, arrogante y acostumbrado a conseguir lo que quiere, Ivan no se rinde ante el primer "no" de Serena... ni ante el segundo. Lo que empieza como la persecución obstinada de un hombre demasiado rico y demasiado insistente se convierte en algo que ninguno de los dos esperaba: un amor intenso, visceral e imposible de ignorar.
Pero Ivan esconde secretos que podrían destruirlo todo. Heredero de una fortuna ligada a la Bratva —la mafia rusa—, lleva sobre los hombros un peso que Serena ni imagina. Y cuando una ex manipuladora mueve sus fichas, Ivan toma la peor decisión de su vida: dejar ir a la única mujer que ha amado de verdad.
Sola, embarazada y con el corazón roto, Serena descubre que la fuerza que la sostuvo en el orfanato sigue viva dentro de ella. Pero el orgullo tiene un precio, y el camino de regreso está lleno de verdades que duelen, heridas que sangran y un perdón que parece imposible.
¿Puede un hombre que lo ha destruido todo reconstruir lo único que importa?
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Capítulo 12 — Ella
Ivan
Pierdo parte de mi autocontrol en el instante en que Serena dice que me quiere.
Jalo su cuerpo junto al mío y la beso otra vez. El mundo parece desaparecer a nuestro alrededor. Con facilidad, la levanto en brazos y camino hacia el cuarto. Abro la puerta sin siquiera prestar atención a dónde dejo el celular. Nada importa más que ella.
Serena permanece aferrada a mí, los brazos alrededor de mi cuello. Mientras atravieso el cuarto, mantengo una mano en su espalda, sintiendo su cuerpo tan cerca del mío que se vuelve difícil pensar con claridad.
Pero entonces se aparta solo lo suficiente para mirarme.
— Necesito un baño primero.
La sonrisa tímida que acompaña el pedido hace que mi corazón se desacelere.
— Está bien, zorrita.
La llevo al baño y la bajo al suelo. Serena me observa unos segundos y, cuando se da cuenta de que pretendo acompañarla, sus mejillas ganan un tono rosado que ya aprendí a adorar.
Baja la mirada un instante, claramente avergonzada, y eso solo la vuelve aún más bonita.
La observo en silencio.
No es solamente su belleza lo que me atrapa. Es la forma en que sonríe cuando está feliz. Cómo se muerde el labio cuando se pone nerviosa. Cómo sus ojos brillan cuando se olvida de esconder lo que siente.
Serena es hermosa, pero es mucho más que eso.
Levanta los ojos hacia mí de nuevo, y por un momento solo nos quedamos mirando.
El ruido suave del agua llenando el ambiente parece distante.
Aparto un mechón de cabello de su rostro y deslizo los dedos por su mejilla.
— Te estás sonrojando otra vez.
Pone los ojos en blanco, intentando parecer indignada.
— Y la culpa es tuya.
Sonrío.
— Entonces creo que no voy a parar pronto.
Serena termina riéndose, y en ese instante me doy cuenta de que, más que cualquier deseo, es ese sonido lo que quiero guardar conmigo. El sonido de la mujer que, sin darse cuenta, ya se apoderó de cada espacio de mi vida.
Empiezo a desvestirme, ella hace lo mismo. Se quita el vestido, la lencería roja destaca sobre su piel clara. Ya la había visto solo en lencería, pero ahora me fijo mejor. Los senos grandes, el vientre liso, las caderas anchas y un trasero hermoso. Es la combinación perfecta de la perdición.
Me quito la última prenda y entro a la regadera primero. El agua tibia cae sobre mis hombros mientras observo a Serena por el rabillo del ojo.
Ella respira hondo, como si estuviera reuniendo valor para algo mucho mayor que solo un baño.
Despacio, deja la lencería a un lado y entra a la regadera.
Mi corazón late más fuerte.
No por la falta de ropa.
Sino porque es Serena.
Se recoge el cabello en un chongo improvisado, concentrada en la tarea, sin darse cuenta de lo adorable que se ve. Algunos mechones insisten en escapar, y ella intenta acomodarlos con una expresión tan seria que casi me hace reír.
Le doy el espacio que necesita.
O al menos lo intento.
Porque observar a la zorrita ponerse roja de vergüenza se volvió uno de mis pasatiempos favoritos.
Agarro el jabón líquido y comienzo a bañarme mientras Serena hace lo mismo del otro lado de la regadera.
El ambiente está tomado por el vapor, y el agua caliente ayuda a relajar la tensión que todavía existe entre nosotros.
Cuando termino de enjabonarme, me acerco a ella y la jalo suavemente hacia mí, rodeándola con los brazos.
— Sabes que puedes mirar para abajo, ¿verdad? — digo, conteniendo la risa.
Serena abre los ojos enormes de inmediato.
— ¡Ivan!
El tono indignado solo me hace reír más.
Las mejillas de la zorrita se ponen aún más rojas, y ella intenta empujarme sin mucha convicción.
Salgo de la regadera todavía riendo mientras agarro una toalla. Detrás de mí, Serena murmura algo que no alcanzo a entender, pero estoy seguro de que no es un elogio.
Aun así, la sonrisa no se me quita del rostro.
La verdad es que esa ligera inocencia de ella, mezclada con su personalidad fuerte, es una de las cosas que más me encantan. Serena nunca intenta ser alguien diferente de lo que es.
Y tal vez sea exactamente por eso que estoy cada vez más perdido por ella.
Me vuelvo hacia Serena con la toalla en las manos.
Sin prisa, comienzo a secarle los brazos y después los hombros. El vapor del baño todavía flota en el aire, haciendo todo a nuestro alrededor más silencioso, más íntimo.
Cuando levanto la mirada, noto que me está observando.
Serena no desvía los ojos.
Por un instante, el mundo entero parece resumirse a ese intercambio de miradas.
Ella da un pequeño paso al frente.
Después otro.
Y entonces se alza de puntas para alcanzar mis labios.
El beso empieza suave, pero cargado de sentimiento. Sostengo su cintura, atrayéndola hacia mí, mientras ella desliza los brazos alrededor de mi cuello.
Mi corazón se dispara.
Hay algo diferente en cada beso de ella. Como si Serena pusiera en él todo aquello que todavía no logra decir en voz alta.
Sonrío contra sus labios antes de profundizar el beso.
Ella corresponde de inmediato.
Con cuidado, la levanto unos centímetros del suelo, solo para mantenerla más cerca de mí. Serena ríe bajito entre un beso y otro, y el sonido me calienta el pecho.
Sin interrumpir ese momento, comienzo a caminar de vuelta al cuarto.
Apoya su frente en la mía por un segundo, los ojos brillando cuando los encuentra con los míos.
— Estás sonriendo — susurra.
— La culpa es tuya, zorrita.
— Siempre la culpa mía.
— Siempre.
Cuando llego a la cama, recuesto mi cuerpo sobre el de ella. Mi verga duele pidiendo alivio, pero voy a ser paciente... Mi boca domina la suya con firmeza, mi mano pasea por sus curvas, mi boca baja por su cuello dejando un rastro de besos y chupetones, la respiración agitada de Serena golpea mi rostro, aprieto su seno con fuerza antes de chupar el pezón rosado que está endurecido. Paso al otro y hago lo mismo, chupo con fuerza. Serena arquea el cuerpo gimiendo bajito. Me aparto apenas un poco para verla mejor, hermosa.
Separo sus rodillas exponiendo su coño rosado, está levemente mojada con su excitación, esparzo con los dedos estimulando su clítoris, llevo el dedo a mi boca y chupo, no resisto y me inclino para chupar su coño, su sabor llena mi lengua. Serena separa más las piernas dándome una mejor vista, chupo su clítoris y ese es el final. Se viene en mi boca agarrando firme mi cabello. No paro, sigo penetrándola con la lengua hasta que pierde las fuerzas...
Podría venirme solo con esa visión, pero me contengo. Me pongo de rodillas en la cama, agarro un condón y me lo pongo. Recuesto mi cuerpo sobre el de ella. Y vuelvo a besarla.
Recargo la frente contra la suya.
— Me dices si algo te incomoda. ¿Está bien?
Entonces deposito otro beso en sus labios. Leve. Prolongado. Un beso que pide permiso antes de profundizar cualquier sentimiento.
Me acomodo en su entrada y empujo. La punta de mi verga entra fácil, ella gime bajito contra mi cuello. Respiro hondo porque es estrecha. Sostengo firme su cintura y me entierro hasta el fondo de su coño. La invasión le arranca el aliento a Serena, su coño me aprieta estrujando mi verga. En el primer momento no me muevo. Ella busca mi boca desesperada, la beso. Cuando Serena abre los ojos, una lágrima escurre, llevo una mano a su rostro y la seco.
Muevo las caderas despacio, ella gime bajito, poco a poco gano velocidad y sus uñas me arañan la espalda. La resistencia de su coño contra mi verga cede un poco, ya entro y salgo con más facilidad dentro de ella. Doy una embestida lenta, Serena se estremece debajo de mí, hago eso hasta que se viene, pero cuando ella se viene es mi fin. Yo también me vengo besando su boca.
Salgo de dentro de ella con todo el cuidado del mundo. Retiro el condón, está manchado de sangre. Su coño está levemente hinchado y enrojecido. Cuando Serena nota la sangre, cierra las piernas de forma automática, visiblemente sensible e incómoda.
Sin decir nada, me levanto y le extiendo la mano.
— Ven conmigo, zorrita.
Acepta mi mano.
Seguimos directo al baño. Serena entra en silencio, y la acompaño. El ambiente se llena solo del sonido del agua cayendo.
Mientras se lava, noto una breve mueca de incomodidad. Mi pecho se aprieta.
— ¿Te lastimé?
La pregunta sale antes de que pueda contenerla.
Serena levanta los ojos hacia mí. Por un instante, solo me observa. Entonces sonríe.
Y es esa sonrisa.
Esa que ilumina todo alrededor.
— No — responde suavemente. — Solo dolió un poco.
La tensión que estaba atrapada en mi pecho finalmente disminuye.
Sostengo su rostro entre mis manos y la atraigo hacia mí, besándola despacio. Un beso largo, tranquilo, sin prisa. Solo porque necesito sentir que está bien.
Cuando nos apartamos, Serena bosteza.
Sonrío.
— Alguien está cansada.
Pone los ojos en blanco, divertida.
En ese instante, el timbre insistente de mi celular retumba en algún lugar del cuarto.
— Necesito contestar.
Le doy un último beso en la frente antes de salir del baño.
El agua todavía escurre por mis hombros mientras atravieso el cuarto buscando el aparato. Encuentro el celular sobre la cómoda y contesto de inmediato.
— Señor.
Reconozco la voz de uno de los soldados.
— La cena ya llegó.
— Gracias. Puede dejarla en la puerta.
— Sí, señor.
La llamada termina.
Me pongo solo un bóxer y camino hasta la puerta del departamento. Al abrir, encuentro los empaques en el suelo como pedí.
— Gracias.
El soldado hace un gesto respetuoso antes de alejarse por el pasillo.
Vuelvo adentro cargando la cena.
El olor de la comida se esparce por el departamento.
— Zorrita — llamo hacia el baño. — Espero que tengas hambre.
Pocos segundos después, Serena aparece en la puerta, el cabello todavía en el chongo despeinado y el rostro sonrojado por el baño caliente, usando una camisa mía.
Y, en ese momento, verla ahí, cómoda y sonriendo, me parece mucho mejor que cualquier momento que haya vivido