Hay una razón por la que el Emperador Celestial jamás tomó una emperatriz.
No fue porque no pudiera amar.
Fue porque la perdió.
Treinta mil años después...
ella despierta sin recordar quién es.
Y él está dispuesto a poner de rodillas a los siete reinos para conseguir que vuelva a mirarlo como antes.
El problema es que ella ya eligió al hombre equivocado.
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Capítulo 12 : Demasiado cerca
Han pasado tres días.
Tres días sin encontrarme con Azrael.
Y resulta ridículo admitirlo, incluso delante de mí misma, pero empiezo a levantar la cabeza cada vez que cruzo un jardín, como si esperara verlo. Como si fuera perfectamente normal buscar al hombre más temido del universo entre las flores.
—Patética —murmuro para mí.
—¿Decías algo?
Levanto la vista. Gabriel me observa desde el otro lado del pasillo con varios pergaminos bajo el brazo.
—Nada importante.
—Cuando dices eso, normalmente termina siendo importante.
—Qué poca fe me tienes.
—La justa.
Sonrío sin querer. Empiezo a creer que la gente de este lugar se ha puesto de acuerdo para responder igual que Azrael.
Qué horror.
Gabriel insiste en que lo acompañe al Archivo de las Memorias. El nombre promete algo fascinante.
La realidad...
es una biblioteca.
Enorme.
Con estanterías tan altas que casi desaparecen entre las sombras del techo.
—¿Me trajiste a ordenar libros?
Gabriel deja los pergaminos sobre una mesa.
—Necesito ayuda.
—Eso ha sonado muy poco heroico.
—Lo es.
—Pensé que me llevarías a descubrir secretos prohibidos.
—Precisamente por eso te traje aquí.
Entorno los ojos.
—No entiendo si acabas de insultarme.
Él sonríe.
—Yo tampoco.
Paso junto a un estante repleto de volúmenes antiguos. Todos llevan sellos distintos, pero uno de ellos llama mi atención. No tiene título. Solo un emblema grabado en plata: un par de alas rodeando un sol negro.
Extiendo la mano.
Gabriel aparece a mi lado tan deprisa que casi me hace dar un salto.
Me sujeta suavemente la muñeca antes de que llegue a tocar el libro.
—Ese no.
Lo miro y después bajo la vista hacia su mano. Él la aparta enseguida.
—Perdón.
—¿Qué tiene ese libro?
—No puedes leerlo.
—¿Por qué?
Guarda silencio. Sé que está buscando una respuesta, pero también que ninguna de las que tiene parece convencerlo.
—Gabriel.
Suspira.
—Porque algunas historias hacen más daño cuando se conocen demasiado pronto.
—¿Y cómo sabes que esa es una de ellas?
Baja la vista hacia el sello del libro antes de responder.
—Porque todavía hay personas que siguen viviendo dentro de ella.
No entiendo esa respuesta, y tengo la incómoda sensación de que él es perfectamente consciente de ello.
Cuando terminamos de ordenar el archivo ya está anocheciendo. O eso creo. En el Purgatorio el cielo nunca llega a oscurecerse del todo; simplemente cambia de color. Hoy tiene un tono plateado que hace que todo parezca suspendido entre el día y la noche.
Salgo del edificio respirando hondo. Entonces cae la primera gota. Después otra. Y otra más. Levanto la cabeza. La lluvia brilla. No es agua transparente; cada gota parece contener diminutas partículas de luz.
—No me digas...
En cuestión de segundos empieza a llover con fuerza. Corro hacia el primer edificio que encuentro, empujo la puerta, la cierro detrás de mí y sonrío con resignación.
—Claro.
—¿Cómo no?
El jardín. Otra vez.
El aroma de las flores blancas llena el aire mientras las gotas golpean el techo de cristal con un murmullo constante. De espaldas a mí, un hombre riega las plantas como si gobernar los Siete Reinos fuera una ocupación secundaria.
—Empiezo a sospechar que este lugar tiene algo contra mí.
Él no se gira.
—Empiezo a sospechar que eres tú quien sigue encontrándolo.
Cruzo los brazos.
—Eso también podría ser culpa del jardín.
Azrael deja la regadera sobre una mesa y solo entonces se vuelve hacia mí.
—Naturalmente.
No puedo evitar sonreír.
—¿Sabes qué es lo peor?
Él espera.
—Que ya empiezo a entender tu sentido del humor.
Durante un instante la comisura de sus labios parece moverse. Muy poco. Lo suficiente para hacerme dudar de si realmente lo vi.
Camino entre las mesas repletas de flores. Algunas nunca las había visto: unas son azules, otras plateadas y otras parecen hechas de cristal. Me detengo frente a una especialmente pequeña, de pétalos blancos y un centro dorado. Es preciosa.
—¿Puedo...?
No termino la frase. Me limito a extender un dedo, pero, antes de que llegue a tocarla, otra mano rodea suavemente mi muñeca. No aprieta. Solo detiene el movimiento.
El tiempo parece detenerse con él.
Bajo lentamente la vista. Los dedos de Azrael descansan sobre mi piel, exactamente en el mismo lugar donde me sujetó durante el ritual. Cuando levanto la cabeza, él también parece haberse dado cuenta. Me suelta de inmediato.
—Perdón.
Parpadeo.
—No pasa nada.
Los dos permanecemos inmóviles. No sé cuánto dura el silencio. Solo sé que, cuando me soltó, sentí un vacío extraño, como si hubiera perdido algo que ni siquiera sabía que tenía.
Azrael da medio paso atrás y vuelve a colocar distancia entre nosotros.
—Esa flor es muy frágil.
Miro la flor. Después vuelvo a mirarlo.
—Empiezo a creer que no hablabas de la flor.
El silencio vuelve a instalarse entre nosotros. Él no responde, y esta vez entiendo que ese silencio es, precisamente, la respuesta.
La lluvia golpea con más fuerza el cristal y el sonido termina envolviendo todo el invernadero. Por primera vez desde que desperté en este lugar no siento la necesidad de llenarlo con palabras.
Simplemente, me quedo allí, a su lado, observando caer la lluvia.
—¿Siempre vienes aquí cuando llueve?
—Sí.
—¿Por qué?
Azrael tarda tanto en responder que llego a pensar que no lo hará.
—Porque aquí los recuerdos hacen menos ruido.
Frunzo el ceño.
—¿Los recuerdos hacen ruido?
Él desvía la vista hacia el jardín.
—Algunos.
No entiendo. Empiezo a sospechar que nunca entiendo nada cuando hablo con este hombre.
Me acerco un paso. Solo uno. Él sigue sin moverse.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Ya la estás haciendo.
Resoplo.
—Eres desesperante.
—Lo sé.
—La verdadera pregunta.
Asiente apenas.
—¿Por qué siempre te alejas después de tocarme?
Esta vez el silencio pesa. Mucho. No porque resulte incómodo, sino porque parece doler. Azrael baja la mirada y, durante un instante, deja de parecer un emperador. Solo veo a un hombre extraordinariamente cansado.
—Porque es lo correcto.
Niego despacio.
—No me sirve esa respuesta.
Él levanta la vista y nuestros ojos vuelven a encontrarse.
—Hay respuestas que cambian vidas.
—¿Y si quiero cambiar la mía?
Algo se rompe en su expresión. Es apenas una grieta, pero está ahí. Da un paso hacia mí y la distancia desaparece por completo. Puedo sentir el calor que desprende su cuerpo. No me toca. Ni siquiera intenta hacerlo. Pero está tan cerca que el aire entre nosotros parece haberse vuelto insuficiente.
Mi corazón empieza a latir demasiado deprisa. No por miedo, sino por algo que todavía no sé nombrar.
Azrael habla muy bajo, como si temiera que alguien más pudiera escuchar aquellas palabras.
—Llevo treinta mil años aprendiendo a vivir sin tocarte.
El mundo se detiene.
No entiendo lo que acaba de decir. Mi cabeza sabe que esa frase no tiene sentido. Mi pecho, en cambio, reacciona antes que mi razón. Siento un nudo en la garganta e intento reírme. Es lo que siempre hago cuando algo me supera.
—Qué forma tan rara tienes de hablar.
Él me observa y, por primera vez desde que lo conozco, veo tristeza en sus ojos. Una tristeza inmensa.
—Antes la entendías.
No sé por qué, pero esas tres palabras me rompen por dentro. No recuerdo haberlas escuchado nunca y, sin embargo, duelen como si acabara de perder algo que alguna vez fue mío.
Me obligo a sonreír.
—Pues parece que morirme bajó bastante mi nivel.
Durante un segundo, Azrael se queda completamente inmóvil.
Y entonces sucede algo imposible.
Ríe.
Es una risa breve. Suave. Casi incrédula. Pero real. Tan inesperada que yo misma termino riéndome con él.
El sonido apenas dura unos segundos.
Después desaparece.
Como si nunca hubiera existido.
—Majestad.
La voz de Gabriel rompe el momento.
Ambos giramos la cabeza.
Él permanece en la entrada del invernadero. Nos observa en silencio. Primero a Azrael. Después a mí.
Y comprende que acaba de interrumpir algo que ninguno de los dos sabe explicar.
—Los estaban buscando.
Azrael recupera inmediatamente la serenidad. La distancia vuelve a instalarse entre nosotros, como si aquella risa jamás hubiera ocurrido.
Asiento.
—Ya voy.
Empiezo a caminar hacia la salida. Cuando paso junto a Gabriel noto que me mira de reojo. No dice nada, pero sé que ha visto lo suficiente para empezar a hacerse preguntas.
Antes de cruzar la puerta, miro por última vez hacia el invernadero.
Azrael sigue exactamente donde lo dejé.
Entre las flores.
Bajo la lluvia.
Observándome marchar.
Y, por primera vez...
soy yo quien siente que alejarse resulta mucho más difícil que quedarse.