Mariana odió el libro dramático que leyó. Y como castigo, el libro la teletransporta dentro de la historia. dónde ahora es la protagonista muda y tonta.
NovelToon tiene autorización de Melany. v para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 2
Lucero se quedó unos segundos más en el jardín. Se inclinó apenas y acomodó una copa que estaba mal puesta, luego pasó la mano por la tela del mantel como si necesitara sentir algo firme, algo que no cambiara de un momento a otro, después se enderezó y miró alrededor con más atención.
El jardín era amplio, organizado con precisión, había caminos de piedra que llevaban a distintas zonas.
Caminó despacio, alejándose del picnic, sus pasos eran suaves, el vestido se movía con ella, sintió el peso de la tela, el roce en sus piernas, todo era demasiado real, demasiado concreto, no había duda de que estaba viviendo.
Se detuvo cuando vio el estanque.
El agua era clara, se podían ver peces moviéndose con tranquilidad, el borde estaba decorado con piedra, había un banco cerca, era un lugar pensado para sentarse, para mirar, para pasar tiempo en silencio.
Lucero se acercó un poco más.
Se inclinó apenas para ver mejor.
El reflejo le devolvió el rostro que ahora tenía, el cabello rojizo, más intenso de lo que imaginaba, la piel clara, los rasgos delicados, pero sus ojos no eran los de Lucero, esa mirada pertenece a Mariana.
Se quedó mirando unos segundos más.
Escuchó pasos. No le dio tiempo a girarse completamente. Un empujón directo y fuerte.
Su cuerpo perdió el equilibrio de inmediato, no tuvo tiempo de reaccionar, cayó hacia adelante y el agua la recibió de golpe, fría, cubriéndola por completo, el impacto la desorientó por un segundo, sus manos se movieron instintivamente buscando apoyo, su cabello se pegó a su rostro, su vestido se volvió pesado.
Salió a la superficie con dificultad, tomando aire de inmediato, el agua le corría por el rostro, por el cuello, por la espalda, parpadeó varias veces intentando enfocarse.
—Mírate —dijo una voz desde arriba, clara, cargada de desprecio—. Ni siquiera puedes mantenerte en pie.
Lucero levantó la vista.
Fátima.
De pie junto al borde, con los brazos cruzados, observándola como si aquello fuera entretenido. Y lo era para ella.
Su cabello castaño caía recto sobre sus hombros, algunas pecas marcaban su rostro, sus facciones no eran delicadas, pero lo que más destacaba era su expresión, dura, sin suavidad, sin duda, como si cada palabra que dijera ya estuviera pensada para herir.
—Siempre igual —continuó, inclinando un poco la cabeza—. Torpe, muda, inútil.
Lucero no se movió de inmediato, el agua le llegaba al pecho, su respiración seguía algo agitada por la caída, pero sus ojos no se apartaron de Fátima.
—¿Qué pasa? —añadió con una sonrisa leve—, ¿no vas a hacer nada?
El tono era provocador.
—Ah, cierto… no puedes.
Se llevó una mano al pecho en un gesto exagerado.
—Qué pena.
Lucero sintió cómo algo subía dentro de ella, no era solo rabia del momento, era algo más profundo, más acumulado, imágenes comenzaron a aparecer en su mente, no eran suyas, eran recuerdos de Lucero , escenas donde Fátima hablaba, empujaba, señalaba, donde cada día era una forma distinta de hacerle la vida difícil.
Su mirada cambió.
Fátima lo notó.
—Esa cara... —dijo, frunciendo el ceño—. ¿Te crees importante por mirar así?
Lucero se movió.
Sus manos buscaron el borde del estanque.
Salió con rapidez, el agua goteando de su ropa, su cabello pegado a su espalda, sus movimientos ya no eran torpes.
Fátima no retrocedió.
—¿Y ahora qué vas a hacer? —preguntó, con una seguridad que no dudaba—. No puedes ni-...
No terminó cuando Lucero la agarró. Sus manos se cerraron sobre el cabello de Fátima, tirando con fuerza suficiente para hacerla perder el equilibrio.
—¡¿Qué haces?!
El tono de Fátima cambió de inmediato, dejó de ser burlón.
—¡Suéltame!
Lucero no lo hizo.
La jaló hacia el estanque.
Fátima intentó soltarse, sus manos buscaron liberarse, pero no fue suficiente, cayó al agua con un golpe similar al que había recibido Lucero segundos antes.
El sonido fue fuerte.
El agua se movió con fuerza.
Fátima salió a la superficie de inmediato, jadeando, intentando entender lo que acababa de pasar.
—¡Estás loca!
No tuvo tiempo de reaccionar más.
Lucero la empujó hacia abajo. Sus manos en su cabeza, presionando. El agua cubrió el rostro de Fátima.
Los movimientos comenzaron de inmediato, intentó liberarse, golpeó el agua, buscó apoyo, pero Lucero no cedió, su agarre era firme, su expresión no mostraba duda.
Los recuerdos seguían ahí, no eran imágenes suaves, cada momento donde Fátima disfrutaba hacer daño, todo se acumulaba en ese instante.
Fátima logró sacar la cabeza por un segundo.
—¡Suéltame!
Pero volvió a hundirse.
El agua se agitaba. Los segundos se alargaron.
—¡Lucero !
La voz cortó el momento. Fuerte y autoritaria.
Isolda. La concubina del padre de Lucero.
Apareció con rapidez, su vestido recogido ligeramente para no mojarse, su expresión no mostraba sorpresa, sino enojo.
Se acercó sin dudar y agarró a Lucero del brazo, tirando de ella con fuerza.
—¡¿Qué crees que estás haciendo?!
El agarre fue brusco.
Lucero fue separada.
Fátima salió del agua tosiendo, buscando aire, su rostro rojo, su cabello desordenado, su expresión ya no era de superioridad, era de furia.
—¡Madre!
Isolda la miró apenas un segundo, luego volvió su atención a Lucero.
Y la abofeteó. El golpe fue seco.
—¡¿Te has vuelto completamente loca?!
Su voz no era baja, no intentaba ocultarla.
—¡Atacar a tu propia hermana!
Lucero giró el rostro por el impacto, el ardor se sintió de inmediato, pero no bajó la mirada.
Isolda lo notó.
—Encima me miras así.
Su tono se volvió más frío.
—Siempre fuiste un problema, pero esto ya es demasiado.
—¡Intentó matarme! —intervino Fátima, aún tosiendo, su voz temblaba entre enojo y susto.
Isolda se inclinó hacia ella de inmediato.
—Tranquila, estoy aquí.
La sostuvo del brazo.
—No te preocupes. Esto no se va a quedar así.
—¿Qué está pasando aquí?
La voz llegó desde atrás.
Gisela, madre de Lucero.
Se acercó con rapidez, su mirada pasó de Fátima empapada a Lucero, luego a Isolda, su expresión cambió de inmediato.
—¿Qué ocurrió?
Isolda no dudó.
—Tu hija perdió el control —dijo, señalando a Lucero—, atacó a Fátima sin motivo.
—Eso no es cierto —respondió Gisela de inmediato, su tono firme aunque su postura mostraba tensión.
—¿Ah, no? —Isolda alzó una ceja—, entonces explícame por qué mi hija estaba bajo el agua.
Fátima intervino.
—Me empujó —dijo, señalando a Lucero—, sin razón.
Gisela miró a Lucero. Sus ojos buscaban algo, una respuesta, una señal.
Lucero sostuvo la mirada. No podía hablar. Pero no desvió los ojos.
Gisela volvió a mirar a Isolda.
—Esto no es tan simple.
Isolda soltó una risa breve.
—Claro que lo es, tu hija es inestable.
—Basta —la voz de Gisela subió apenas, lo suficiente para marcar límite.
Isolda entrecerró los ojos.
—Ten cuidado con cómo me hablas.
El ambiente se tensó más.
—Voy a informar al conde Ernesto —continuó Isolda con frialdad—, esto no puede pasar desapercibido.
Gisela apretó las manos.
—No es necesario llegar a eso.
—Lo es —respondió Isolda sin dudar—, o prefieres que crea que esto es algo menor.
Fátima se acercó un poco más a su madre.
—No quiero estar cerca de ella —dijo, mirando a Lucero con rechazo.
Isolda asintió.
—Y no tendrás que estarlo.
Volvió a mirar a Gisela.
—Esto no se queda así. Vamos.
Fátima la siguió, aún molesta, aún lanzando una última mirada cargada de rencor.
Cuando se fueron, el silencio quedó pesado.
Gisela no habló de inmediato. Se acercó a Lucero con cuidado. Sus manos temblaron un poco al tomar su rostro.
—¿Estás bien?
Su voz bajó. No había reproche Solo preocupación. Lucero la miró.
El golpe seguía ardiendo. El cuerpo aún húmedo.
Pero no apartó la mirada.
Gisela suspiró.
—Ven.
La tomó del brazo con suavidad.
—Vamos a cambiarte antes de que te enfermes.
Su voz no era fuerte, pero sí constante, como si no pudiera permitirse quebrarse.
Mientras caminaban, Lucero la observó con más atención.
Gisela estaba cansada.
Se notaba en sus ojos, en la forma en que sostenía la postura, en cómo hablaba midiendo cada palabra, pero aun así estaba ahí, cuidándola, sin dudar.
Es inteligente y sensata y buena persona 🥰🥰