No sé en qué momento exacto mi vida dejó de ser “normal”. A veces pienso que fue un día cualquiera, uno de esos en los que el sol entra por la ventana como si nada pudiera romperse. Pero se rompió. Y no hizo ruido.
Me llamo Dara. Y antes de que todo cambiara, yo era solo una adolescente más con sueños demasiado grandes para mi realidad. Pero mi vida dio un giro de la noche a la mañana. Un giro que me hizo reinventarme, crecer de repente ... pero déjenme contarles algo: No hay dificultades grandes porque los sueños sí se cumplen
NovelToon tiene autorización de Lisi A. A para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 12 El regreso del pasado
Hay personas que regresan cuando ya es demasiado tarde.
No porque hayan dejado de amar.
Sino porque descubren demasiado tarde el valor de lo que perdieron.
Y cuando eso ocurre, suelen aparecer cargadas de arrepentimientos.
De promesas.
De recuerdos.
Y a veces, también de egoísmo.
Porque no siempre regresan para reparar el daño.
Algunas regresan simplemente porque no soportan ver que alguien más ocupa el lugar que abandonaron.
Aquella mañana yo todavía podía sentir el beso de Fabio.
Y eso me hacía sonreír como una tonta.
Incluso cuando intentaba concentrarme en las clases.
Incluso cuando ayudaba a Mateo a desayunar.
Incluso cuando caminaba rumbo a la cafetería.
Por primera vez en mucho tiempo me sentía ligera.
Como si la vida me hubiera regalado un pequeño respiro después de tantos años de tormentas.
Quizás por eso la caída dolió tanto.
Porque nadie se prepara para perder algo justo cuando empieza a creer que puede ser feliz.
La cafetería Aurora estaba tranquila aquella tarde.
Fabio había salido a reunirse con un proveedor y me había dejado encargada del local por unas horas.
Mateo jugaba en una manta cerca de una de las ventanas.
Yo organizaba algunas bandejas cuando la campanilla de la puerta sonó.
Levanté la vista.
Y mi sonrisa desapareció.
Valeria.
Por un instante recordé la discusión de la noche anterior.
Sus palabras.
Sus juicios.
La forma en que me había mirado.
Pero para mi sorpresa, parecía diferente.
Más serena.
Más cansada.
Más humana.
Se acercó lentamente.
—Hola, Dara.
—Hola.
Hubo un silencio incómodo.
Hasta que ella habló.
—Quiero disculparme.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Lo de anoche.
Sus ojos bajaron hacia el suelo.
—No debí decir esas cosas.
Estaba dolida.
Y terminé descargando mi rabia contigo.
No era justo.
No supe qué responder.
Porque sinceramente no esperaba aquello.
Valeria respiró profundamente.
—Sé que probablemente no quieras escucharme.
Pero necesito hacerlo.
Necesito explicarte algo.
Mi primer impulso fue negarme.
Sin embargo, algo en su expresión me hizo permanecer allí.
Quizás curiosidad.
Quizás inseguridad.
Quizás miedo.
No lo sé.
Pero me quedé.
Y ella comenzó a hablar.
—¿Sabes por qué Fabio y yo nunca nos casamos?
Negué con la cabeza.
—No.
Valeria sonrió con tristeza.
—Porque fui una cobarde.
Aquella respuesta me sorprendió.
—¿Cobarde?
—Sí.
Se sentó frente a una de las mesas vacías.
Y por alguna razón terminé sentándome también.
—Cuando conocí a Fabio tenía veintitrés años.
Era joven.
Ambiciosa.
Tenía planes enormes.
Quería viajar.
Vivir en otros países.
Construir una carrera.
Comerme el mundo entero.
Su mirada se perdió unos segundos en algún recuerdo lejano.
—Y Fabio...
Sonrió.
Una sonrisa cargada de nostalgia.
—Fabio siempre soñó con algo más sencillo.
Una familia.
Un hogar.
Una vida tranquila.
La cafetería.
Los hijos que quería tener algún día.
Escuchar aquello hizo que mi pecho se apretara.
Porque sonaba exactamente al Fabio que yo conocía.
—Nos amábamos muchísimo.
Durante años.
De verdad pensé que era el hombre con quien pasaría el resto de mi vida.
Y quizás lo habría sido.
Si no me hubiera asustado.
—¿Asustado de qué?
Valeria soltó una pequeña risa amarga.
—De crecer.
De comprometerme.
De quedarme.
De renunciar a algunos sueños para construir otros.
Bajó la mirada.
—A pocos días de la boda entré en pánico.
Y me fui.
Así de simple.
Lo abandoné.
Aquellas palabras estaban cargadas de culpa.
De una culpa que parecía llevar años consumiéndola.
—Fue el peor error de mi vida.
Su voz se quebró.
—Y me di cuenta demasiado tarde.
Guardé silencio.
No sabía qué decir.
Porque en aquel momento no estaba viendo a una rival.
Estaba viendo a una mujer que vivía con el peso de una decisión equivocada.
Y eso era triste.
Profundamente triste.
—Lo amé, Dara.
La firmeza de aquellas palabras me hizo levantar la vista.
—Lo sigo amando.
Y ahí estaba.
La verdadera razón de aquella conversación.
Valeria se inclinó ligeramente hacia mí.
—Tú lo conoces ahora.
Pero yo conocí todas sus versiones.
Cuando apenas comenzaba.
Cuando no tenía nada.
Cuando soñaba con abrir Aurora.
Cuando trabajaba dieciséis horas diarias.
Cuando se frustraba.
Cuando reía.
Cuando lloraba.
Su voz era suave.
Pero cada palabra parecía cuidadosamente elegida.
—Fui la persona que estuvo a su lado durante años.
Compartimos una vida.
Construimos recuerdos.
Hicimos planes.
Y aunque fui yo quien se marchó...
Nunca dejé de amarlo.
Sentí una punzada extraña en el pecho.
Pequeña.
Pero dolorosa.
Porque era imposible competir contra años de historia.
Contra recuerdos.
Contra una vida compartida.
Yo apenas llevaba unos meses en la suya.
—¿Por qué me cuentas todo esto?
Pregunté finalmente.
Valeria me observó durante varios segundos.
Y entonces respondió con total honestidad.
—Porque quiero recuperarlo.
La sinceridad me dejó sin palabras.
—Voy a luchar por él.
No pienso volver a cometer el mismo error.
No esta vez.
Mi estómago se tensó.
Porque aquellas palabras no sonaban como una amenaza.
Y precisamente por eso eran más peligrosas.
Sonaban como una promesa.
—Valeria...
—No te estoy pidiendo que te apartes.
Me interrumpió suavemente.
—Solo quiero que pienses.
Su mirada descendió hacia Mateo.
Que seguía jugando despreocupadamente en el suelo.
Luego volvió a mí.
—¿Lo amas?
La pregunta me tomó por sorpresa.
—Sí.
La respuesta salió sola.
Sin pensarla.
Sin dudarla.
Porque era verdad.
Valeria asintió lentamente.
—Entonces déjame preguntarte otra cosa.
Y por primera vez sentí verdadero miedo.
Porque algo en su voz me dijo que aquella pregunta iba a doler.
Mucho.
—¿Qué puedes ofrecerle tú a Fabio?
Mi corazón tropezó.
—¿Perdón?
—No intento ser cruel.
Pero piénsalo.
Se acomodó en la silla.
—Yo conozco sus sueños.
Conozco sus miedos.
Conozco a su familia.
Conozco todo de él.
Lo amé durante años.
Y sé exactamente cómo hacerlo feliz.
Aquellas palabras comenzaron a perforar lentamente mis defensas.
—¿Y tú?
Continuó.
—¿Qué puedes darle?
Eres joven.
Tienes toda una vida por delante.
Todavía estás descubriendo quién eres.
Tienes responsabilidades enormes.
Sueños pendientes.
Un hijo pequeño.
Guardó silencio.
Lo justo para que cada palabra encontrara su lugar dentro de mi cabeza.
—¿Estás segura de que lo amas?
¿O simplemente te sientes segura con él?
La pregunta cayó como una piedra en el centro de mi pecho.
Porque no tenía una respuesta inmediata.
Y eso me aterró.
Valeria se puso de pie.
Sabía que había logrado su objetivo.
Lo vi en sus ojos.
No necesitaba seguir hablando.
Las dudas ya estaban sembradas.
—Piénsalo.
Tomó su bolso.
—Porque amar a alguien no siempre significa ser la persona adecuada para él.
Y se marchó.
La campanilla de la puerta sonó una última vez.
Luego desapareció.
Y yo me quedé sola.
Completamente sola.
Miré a Mateo.
Mi pequeño seguía construyendo una torre de bloques.
Ajeno a todo.
Ajeno a la batalla que acababa de comenzar dentro de mí.
Durante toda la tarde intenté trabajar.
Pero las palabras de Valeria seguían regresando.
Una y otra vez.
Como un eco imposible de apagar.
¿Qué puedes ofrecerle tú?
¿Qué puedes ofrecerle tú?
¿Qué puedes ofrecerle tú?
Y por primera vez desde que Fabio me había besado...
Las inseguridades volvieron.
Más fuertes.
Más crueles.
Más peligrosas que nunca.
Porque tal vez yo sí amaba a Fabio.
Con todo mi corazón.
Pero...
¿Era suficiente?
¿Podía una chica que todavía intentaba reconstruir su propia vida convertirse en la compañera que él merecía?
¿O estaba aferrándome a él porque me hacía sentir protegida?
Porque me hacía sentir menos sola.
Porque me ayudaba a cargar un peso que llevaba demasiado tiempo sobre los hombros.
Cuando Fabio regresó aquella tarde, me encontró sonriendo.
O al menos fingiendo hacerlo.
Pero algo en su mirada cambió inmediatamente.
Porque me conocía demasiado bien.
Y supo en un segundo que algo no estaba bien.
—Dara...
Su voz fue suave.
Preocupada.
—¿Qué pasó?
Levanté la vista.
Y por primera vez desde que lo conocía...
No supe qué responder.
Porque la verdadera pregunta ya no era qué había pasado.
La verdadera pregunta era si tenía derecho a seguir ocupando un lugar en su vida.
Y aquella duda acababa de abrir una grieta que podía destruir todo lo que apenas comenzaba a construirse entre nosotros.
Más valiente 👏👏👏👏👏