Ella reencarna en otra época.. y ahora tiene magia.. tiene su destino ya trazado y decidido por su familia.. ¿podrá cambiar su destino? ¿o seguirá siendo la hija obediente que siempre fue?
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Templo 2
Cuando Aaron llegó a la capital, el cielo comenzaba a teñirse con los colores del atardecer.
Había viajado prácticamente sin descanso.
Su cochero estaba agotado.
Él también.
Pero en cuanto vio las torres blancas del Gran Templo, sintió cómo regresaban las fuerzas que había perdido durante el camino.
Había llegado.
Sin perder tiempo, subió las escalinatas del templo.
Los magos iban y venían recibiendo a los últimos aspirantes.
Aaron buscó discretamente información.
Y después de varias preguntas, finalmente obtuvo la respuesta que había estado temiendo.
—Las admisiones han cerrado.
Por un instante permaneció inmóvil.
—¿Cerraron?
—Sí, mi lord.
El mago inclinó respetuosamente la cabeza.
—Los aspirantes ya han sido registrados.
Aaron bajó la mirada.
Había llegado tarde.
Otra vez.
Cerró los ojos unos segundos.
Y después respiró profundamente.
—Entonces...
Abrió los ojos nuevamente.
—¿Lady Grace Gartner ingresó?
El hombre revisó algunos documentos.
—Sí.
Aquella única palabra provocó emociones contradictorias en su pecho.
Alivio.
Porque había llegado sana y salva.
Y tristeza.
Porque significaba que realmente había cruzado aquellas puertas.
Aaron permaneció en silencio.
Hasta que una conversación cercana llamó su atención.
—Mañana serán las pruebas oficiales.
—¿Vendrán invitados?
—Algunos benefactores y patrocinadores importantes, sí.
Aaron levantó lentamente la cabeza.
Y una sonrisa comenzó a formarse en sus labios.
El cochero, que llevaba varios días acompañándolo, lo miró con resignación.
—No.. mi señor..
Aaron sonrió.
—Sí.
—Mi lord.
—¿Hm?
—Por favor no haga nada impulsivo.
Aaron giró hacia él.
—Voy a hacer algo completamente impulsivo.
Y así fue.
Aquella misma tarde realizó un generoso donativo al templo.
Lo suficientemente grande como para conseguir una invitación oficial a las evaluaciones del día siguiente.
El mago encargado parecía encantado.
—El Gran Templo agradece profundamente su generosidad.
Aaron sonrió.
—Es un placer contribuir.
El cochero cerró los ojos.
Porque ambos sabían perfectamente que aquello no tenía nada que ver con generosidad religiosa.
Aquella noche se hospedaron en una posada cercana al templo.
Por primera vez en varios días, Aaron apenas pudo dormir.
Se recostó mirando el techo.
Recordando.
La terraza.
La nieve.
La playa.
La cabaña.
La despedida silenciosa.
Y las palabras del cochero.
"Lady Grace se fue llorando."
Cada vez que las recordaba, sentía renovarse la determinación dentro de él.
No sabía qué haría después.
No sabía si Grace querría verlo.
No sabía si lograría convencerla de algo.
Pero sí sabía una cosa.
No quería arrepentirse de haberse rendido demasiado pronto.
Cuando el amanecer llegó, Aaron ya estaba despierto.
Vestido.
Preparado.
Esperando.
Mientras tanto, en otra parte del templo, Grace despertó lentamente.
La habitación seguía siendo desconocida.
Sencilla.
Silenciosa.
Durante unos segundos observó el techo antes de recordar dónde estaba.
El templo.
Las pruebas.
El ingreso oficial.
Su nueva vida.
Se levantó despacio.
Se lavó el rostro.
Intentó desayunar.
Pero apenas consiguió probar unos pocos bocados.
No tenía apetito.
El nerviosismo y la tristeza seguían presentes bajo la superficie de su aparente tranquilidad.
Una joven maga llamó suavemente a su puerta.
—Lady Grace.
—Adelante.
La muchacha le sonrió.
—Es hora de prepararse.
Llevaba entre sus brazos una túnica blanca.
Hermosa en su sencillez.
Sin adornos excesivos.
Con discretos bordados dorados en los puños.
El símbolo del templo estaba bordado sobre el pecho.
Grace la recibió con ambas manos.
Y por un momento la observó en silencio.
Aquella prenda representaba el final de una etapa.
Y el comienzo de otra.
—Gracias.
—Le queda muy bien.
Grace sonrió suavemente.
Después de vestirse, acomodó su largo cabello rojizo.
Y observó su reflejo en el pequeño espejo de la habitación.
La joven que la miraba era hermosa.
Pálida.
De ojos claros.
Y vestida completamente de blanco.
Parecía una auténtica aprendiz del templo.
[Así que este es mi destino.]
Y, sorprendentemente, no sintió miedo.
Solo una tranquila resignación.
Porque sabía que no tendría problemas para ingresar.
Su magia de luz era real.
Poderosa.
Natural.
Había nacido para aquello.
Respiró profundamente.
Y abandonó la habitación.
Los pasillos del templo estaban llenos de aspirantes.
Algunos hablaban emocionados.
Otros parecían aterrados.
Muchos iban acompañados por familiares o patrocinadores.
Grace caminó sola.
Con las manos entrelazadas frente a ella.
Con una serenidad nacida del cansancio.
Había dejado atrás demasiadas cosas como para temer unas simples pruebas.
Finalmente llegó frente a las enormes puertas del Gran Salón.
El lugar donde se realizarían las evaluaciones oficiales.
Se detuvo unos segundos.
Observando las gigantescas puertas blancas adornadas con símbolos de luz.
Y entonces cerró los ojos.
Pensó en sus padres.
En Grant y Grayson.
En la playa.
Y, sin quererlo, en unos ojos oscuros y una sonrisa imposible de olvidar.
Una pequeña punzada atravesó su pecho.
Pero Grace sonrió débilmente.
[Todo está bien. Tomé mi decisión.]
Y con aquella resignación tranquila que la había acompañado durante toda su segunda vida, avanzó hacia las puertas del Gran Salón, convencida de que aquel sería el primer día del resto de su existencia.
Sin saber que, entre los invitados que comenzaban a ocupar sus asientos, un heredero de duque llevaba despierto desde el amanecer esperando volver a verla una vez más.
Aaron descubrió rápidamente que el Gran Templo era mucho más difícil de atravesar que cualquier salón noble del reino.
No importaba cuánto dinero tuviera.
No importaba que fuera hijo de un duque.
No importaba que hubiera realizado un donativo considerable.
Las reglas seguían siendo las reglas.
Intentó preguntar discretamente.
Buscó a algún mago comprensivo.
Incluso trató de convencer a uno de los jóvenes magos encargados de organizar la ceremonia.
—Solo necesito hablar con ella cinco minutos.
—Lo siento, mi lord.
—Tres minutos.
—No está permitido.
—¿Un minuto?
—No.
—Treinta segundos.
El joven mago suspiró.
—No.
Aaron terminó rindiéndose.
No porque quisiera.
Sino porque realmente no había manera de llegar hasta los dormitorios de los aspirantes.
Finalmente regresó a la zona destinada a los invitados.
Y tomó asiento.
El cochero lo observó con cautela.
—¿Se encuentra bien, mi lord?
Aaron miró las enormes puertas del Gran Salón.
Blancas.
Imponentes.
Inamovibles.
Y después sonrió con cansancio.
—Creo que sí.
—¿Eso significa que se rendirá?
Aaron guardó silencio durante varios segundos.
Luego respondió..
—No.
El cochero suspiró y susurro.
—Por supuesto que no.
Aaron observó el enorme salón ceremonial.
Las columnas blancas que se elevaban hasta el techo.
Los vitrales bañados por la luz de la mañana.
Los altos magos ocupando sus lugares.
Los invitados acomodándose en silencio.
Todo parecía solemne.
Sagrado.
Y por primera vez desde que comenzó aquella persecución insensata, Aaron sintió miedo.
Porque si Grace atravesaba oficialmente aquellas puertas...
Si completaba el ritual...
Si era aceptada...
Quizás realmente la perdería.
Apoyó los codos sobre las rodillas.
Y bajó la mirada.
—Asistiré a la ceremonia.
Murmuró.
—Y recién cuando las puertas del templo se cierren...
Respiró profundamente.
—Me resignaré.
El cochero permaneció en silencio.
Porque aquella frase significaba mucho.
Significaba que Aaron estaba dispuesto a aceptar la decisión de Grace.
Pero solo cuando ya no quedara absolutamente ninguna posibilidad.
Solo entonces.
Una hora después, el Gran Salón quedó completamente en silencio.
Las enormes puertas comenzaron a abrirse lentamente.
Todos los invitados dirigieron su atención hacia la entrada.
Los aspirantes comenzaron a ingresar.
Vestidos con las mismas túnicas blancas.
Uno tras otro.
Ordenadamente.
La diferencia entre nobles y plebeyos desaparecía bajo aquellas vestiduras.
Todos eran simplemente candidatos al Gran Templo
Aaron se puso de pie inmediatamente.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
Sus ojos recorrieron desesperadamente cada rostro.
Cada figura.
Buscándola.
Y finalmente la vio.
Cabello rojizo claro.
Largo.
Hermoso.
Cayendo suavemente sobre la espalda.
Grace Gartner.
Vestida completamente de blanco.
Aaron sintió que olvidaba respirar.
Sin embargo...
Ella no levantó la vista.
No observó a los invitados.
No miró a las personas sentadas alrededor.
No buscó entre la multitud.
Simplemente caminó.
Con las manos entrelazadas frente a ella.
Con la cabeza ligeramente inclinada.
Siguiendo al grupo.
Como alguien que avanzaba hacia un destino aceptado desde hacía mucho tiempo.
Aaron la observó en silencio.
Y algo dentro de él se quebró un poco.
Porque aquella no era la Grace que reía bajo la nieve.
Ni la mujer que lo besaba mientras lo llamaba loco.
Ni la joven que sonreía en la playa.
Aquella era la hija obediente.
La hermana mayor.
La niña que había sido educada para sacrificarse.
La Grace que siempre ponía a otros antes que a sí misma.
Y por primera vez comprendió verdaderamente cuánto había cargado ella sola.
Mientras tanto, Grace caminaba sin mirar alrededor.
No tenía fuerzas para hacerlo.
Había llorado demasiado.
Había pensado demasiado.
Y si levantaba la vista...
Temía encontrar algo que debilitara su decisión.
[Ojalá seas feliz.. Aaron]
Sintió una punzada en el pecho.
Pero siguió caminando.
[Todo estará bien.]
[Tomé esta decisión.]
[Tengo que seguir adelante.]
Sus pasos resonaban suavemente sobre el mármol blanco del Gran Salón.
Uno.
Después otro.
Y otro más.
Cada paso parecía alejarla un poco más de la vida que había imaginado junto a él.
Aaron la observaba desde los asientos destinados a los invitados.
Apenas a unos metros de distancia.
Y aun así parecía inalcanzable.
Ella no lo vio.
No levantó la cabeza.
No notó la mirada fija sobre ella.
No vio al heredero del ducado Hoffman apretando las manos sobre sus rodillas mientras luchaba contra el impulso irracional de ponerse de pie y detener aquella ceremonia.
Porque él había prometido resignarse.
Cuando ya no quedara ninguna posibilidad.
Cuando las puertas finalmente se cerraran.
Y mientras Grace avanzaba resignada hacia el altar donde comenzaría oficialmente su evaluación, Aaron comprendió que aquel momento sería el más difícil de toda su vida.
Porque amarla significaba, quizás, aprender a dejarla ir.
Y todavía no sabía si tenía la fuerza suficiente para hacerlo.
Mala actitud la de los padres