Valeria Montenegro lo tenía todo: éxito profesional, riqueza, una familia amorosa, un matrimonio estable y una vida perfecta a los ojos de todos. Pero por dentro, su alma se consumía en un vacío profundo y doloroso. Atrapada en una existencia ordenada y predecible, sentía que solo existía, no vivía. Buscaba desesperadamente pasión, emoción y un sentido que nunca encontró en su mundo humano, incluso cuando tomó la valiente decisión de romper con todo para buscar su propio camino. Sin embargo, el destino tenía otros planes. Una noche de tormenta, un accidente fatal le arrebató la vida justo cuando estaba a punto de empezar de nuevo. En sus últimos momentos, su alma gritó un deseo desesperado: "Haré lo que sea, iré a donde sea, con tal de sentir algo real, aunque sea oscuridad, aunque sea muerte".
Su petición fue escuchada.
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Capítulo 18: Nuestra magia .
Caminamos juntos por pasillos que se volvían cada vez más antiguos, más oscuros, llenos de un silencio pesado y cargado de historia. Azrael me llevaba de la mano, guiándome hacia lo más profundo del palacio, hacia lugares que nadie más visitaba, espacios reservados solo para el Rey y para quien él decidiera digno de entrar. Pasamos por salas inmensas llenas de estanterías que llegaban hasta el techo, repletas de libros antiguos, pergaminos y objetos que brillaban con luz propia, guardando conocimientos que habían existido desde antes de que el tiempo tuviera nombre.
—Esta es la Gran Biblioteca —me explicó él, con voz baja, como si temiera romper la quietud de aquel lugar—. Aquí está todo lo que se sabe de este reino, de la magia, de las leyes, de la historia de milenios. Aquí aprenderás todo lo que necesitas saber para gobernar, para defenderte, para entender lo que eres. Porque tu poder es grande, Lysandra, pero sin conocimiento, es como una espada afilada en manos de un niño: puede destruir al enemigo… pero también puede destruirte a ti misma.
Llegamos al final de la biblioteca, frente a una puerta pequeña, de metal oscuro y pesado, sin adornos ni grabados, que parecía formar parte de la pared misma. Azrael puso su mano sobre la superficie, y esta se iluminó con esa luz grisácea y plateada que ya conocía, abriéndose lentamente sin hacer ruido. Cruzamos el umbral y entramos en una sala circular, de techo alto y paredes de piedra lisa, sin ventanas, iluminada solo por esferas flotantes que giraban lentamente alrededor de nosotros. En el centro había un círculo dibujado en el suelo con símbolos que brillaban débilmente, y en el aire se sentía una energía densa, vibrante, llena de fuerza pura.
—Este es el Salón de la Magia —dijo él, soltando mi mano y parándose frente a mí, serio y concentrado—. Aquí es donde aprenderás a controlar lo que llevas dentro. Lo que despertaste antes fue solo una chispa, una pequeña muestra. Pero tu magia es mucho más grande. Es una mezcla de mi esencia y de tu alma humana, y eso la hace única, poderosa y peligrosa. Escúchame bien: tu magia responde a tus emociones. A tu deseo, a tu amor, a tu ira, a tu miedo. Cuanto más fuerte sientas algo, más fuerte será tu poder. Y eso es lo que hace que seas tan especial… y tan vulnerable. Porque si dejas que las emociones te dominen, la magia se descontrolará y podrá hacer daño a quien amas… o a ti misma.
Me acerqué al centro de la sala, parándome dentro del círculo brillante, y sentí cómo la energía del lugar respondía al instante a mi presencia, girando a mi alrededor como una brisa invisible, acariciando mi piel, entrando en mis pulmones, mezclándose con lo que ya llevaba dentro. Sentí ese calor familiar en mi pecho, esa fuerza que crecía y pedía salir, esa luz que ahora sabía que era mía.
—¿Qué debo hacer? —pregunté, mirándolo con atención, dispuesta a aprender, dispuesta a todo.
—Siente —ordenó él, con voz firme pero suave—. Siente la energía del aire. Siente la mía, que te rodea. Siente la tuya, que corre por tus venas. Y ahora… únelas. Mezcla tu fuerza con la mía. Haz que sean una sola cosa. No lo pienses, Lysandra. Siéntelo. Como cuando nos tocamos. Como cuando nos besamos. Como cuando nos amamos. Es lo mismo. La magia es energía. Y el amor… el deseo… es la energía más fuerte que existe.
Sus palabras me sorprendieron, pero al mismo tiempo, tuvieron todo el sentido del mundo. Desde el principio, había sentido que lo que pasaba entre nosotros era mágico, era algo que iba más allá de lo físico. Si nuestra unión nos daba tanta fuerza, si cada vez que estábamos juntos sentía que mi poder crecía… entonces tenía razón. Era lo mismo.
Cerré los ojos y me concentré. Dejé de lado todo lo demás: el miedo a Valerius, las dudas, los recuerdos. Solo pensé en él. En Azrael. En su voz, en su tacto, en cómo me hacía sentir, en ese amor inmenso y desesperado que sentía por él. Y al mismo tiempo, llamé a mi propia fuerza, a esa luz que llevaba dentro, y la empujé hacia él, buscando su energía, buscando unirme a ella, mezclarla, fundirnos.
Y pasó.
Sentí una descarga fuerte, intensa, que recorrió todo mi cuerpo. Escuché a Azrael respirar hondo, sorprendido. Abrí los ojos y vi lo que habíamos hecho.
Entre los dos, flotando en el aire, había una esfera de luz grande, brillante, hermosa. Era una mezcla perfecta: mi luz plateada y gris, y su oscuridad profunda y azulada, girando juntas, entrelazadas, inseparables, creando colores que no existían en ningún otro lugar, brillando con una intensidad que iluminaba toda la sala. Era hermoso. Y era poderoso. Podía sentirlo. Podía sentir que esa esfera contenía fuerza suficiente para mover montañas, para crear vida o para destruirla.
—Perfecto —susurró Azrael, con voz ronca, mirando la luz entre nosotros con una mezcla de asombro y deseo—. Lo has entendido a la primera. Porque tú y yo no somos dos seres separados, Lysandra. Somos dos mitades de una misma cosa. Y cuando nos unimos… no hay nada en el universo que pueda igualarnos.
Dio un paso hacia mí, y la esfera de luz se movió con él, acercándose también, respondiendo a su movimiento. Dio otro paso, y otro, hasta que estuvo justo frente a mí, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, su aroma, su respiración. Levantó la mano y tocó la luz flotante, y esta se deshizo al instante en miles de chispas brillantes que cayeron sobre nosotros como lluvia, tocando mi piel, entrando en mí, llenándome de una sensación increíble de bienestar, de fuerza, de plenitud.
—Esa es nuestra magia —dijo él, bajando la mano y acariciando mi mejilla con suavidad—. Y ahora… ahora que sabes cómo funciona… ahora que sabes que se alimenta de lo que sentimos… quiero enseñarte algo más. Quiero que veas hasta dónde podemos llegar cuando mezclamos la magia con el placer.
Sus palabras me hicieron estremecerme, y sentí cómo mi cuerpo respondía al instante, calentándose, humedeciéndose, deseándolo, igual que siempre, pero ahora con una intensidad mil veces mayor, alimentada por la energía que corría por mis venas. Él sonrió, esa sonrisa hermosa y peligrosa que me volvía loca, y me tomó de la mano, llevándome hacia el centro de la sala, donde el suelo estaba cubierto ahora por sedas suaves y pieles, aparecidas por arte de magia, listas para nosotros.